Sociedad

PUEBLOS ORIGINARIOS

La violencia machista en el espacio andino

Martes 25 de noviembre de 2014 | Edición del día

Cada 30 horas una mujer es asesinada en Argentina. Esta cifra es todo un símbolo de la violencia patriarcal en su aspecto más atroz. Diariamente los noticieros muestran una avalancha de imágenes sobre las desapariciones, violaciones, asesinatos de mujeres que habitan en las grandes ciudades. Se trata de noticias que insumen horas y horas en los medios de comunicación. Noticias que observamos maestros y niños en el televisor del comedor de una escuela ubicada a más de 4.000 Msm, en plena puna jujeña.

Un día de otoño llega Marisa, ella cuenta que tuvo que trasladarse de su escuela rural cercana a la frontera con Bolivia, porque fue amenazada de muerte luego de haber denunciado la violación de una alumna. María, violada desde los 5 años por su padre y su abuelo, luego de muchos años pudo desahogarse con su maestra. A pesar de la denuncia los declararon inimputables y siguen viviendo en el mismo pueblo que la niña.

Mirando las cerros rocosos de la puna inmensa recuerdo lo que contaba Jorge, en otro pueblito cercano a la frontera chilena: una niña fue violada por un maestro que años después volvió a trabajar al mismo sitio, la niña ya mujer hizo todo lo posible para que él no volviera, pero sólo tuvo como respuesta una amenaza, sino se callaba a su pequeña hermana que ahora asistía a esa escuela podría pasarle lo mismo.

Pedro, docente que también colaboró en la denuncia de una violación, decidió trasladarse de su escuela rural por las presiones que recibía de un sector de la comunidad. Rosa, una niña que concurría a colaborar en la venta de empanadas de la iglesia evangelista local, era violada por el pastor a cargo de la misma quien la ataba de pies y manos, hasta que un abuelo lo vio y denunció. El pastor en complicidad con la policía huyó.

Charlando con Marisa, que vive su traslado como un castigo por visibilizar la violencia, nos preguntamos dónde están los derechos de estas niñas. Es verdad que conmueven los “casos” que acontecen en las ciudades, pero también duele profundamente el dolor de estas niñas y mujeres a las que este sistema capitalista nunca les dará justicia.

Duele porque son mis hermanas de género, de clase y de etnia, duele porque hoy me las imagino en sus pueblos enfrentando solas la violencia machista.

Esta violencia es la muestra más cabal de cómo el capitalismo y el patriarcado han llegado hasta los lugares más recónditos. A pesar de ello, algunos intelectuales indios y no indios hablan con demasiada facilidad sobre conceptos como dualidad o complementariedad entre el hombre y la mujer andinos. Más allá de estos discursos el porcentaje de hechos de violencia hacia la mujer es alto en la puna jujeña.

Y esta violencia no es sólo física y psicológica. Mujeres y niñas sufren diariamente la violencia estatal que vulnera sus derechos básicos a la salud, a una educación que respete la pertenecía a una comunidad indígena, a la alimentación, a tener un trabajo en blanco y bien remunerado, a acceder fácilmente a métodos anticonceptivos que permitan adoptar decisiones acerca de la maternidad. Así también, el derecho fundamental al territorio que los distintos gobiernos niegan sistemáticamente.

Si bien las mujeres andinas en tiempos anteriores a la llegada al poder de los Incas y la posterior conquista española, ocupábamos roles importantes en la comunidad, esto fue modificándose progresivamente al mismo tiempo que se fue consolidando en estas tierras la división entre aquellos que vivían para trabajar y aquellos que vivían del trabajo de los otros.

Pienso, no… esas niñas y mujeres no están solas, somos miles los hombres y mujeres, indígenas y no indígenas que queremos destruir este sistema atroz.







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