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Red Internacional

A 35 años de Cosas mías.La última hazaña del Abuelo

Después del éxito junto a Calamaro y Cachorro López, Miguel le dio el último aliento de vida a Los Abuelos de la Nada con nueva formación y un disco de culto. El recuerdo de Kubero Díaz y Willy Crook.

Juan Ignacio Provéndola@juaniprovendola

Viernes 26 de marzo | 14:00
La formación de Los Abuelos de la Nada que grabó Cosas Mías.

Hace poco se recordó el nacimiento de Miguel Abuelo de una manera sorprendente: incluso fue tendencia en redes sociales. El 21 de marzo pasado -inicio calendario del otoño- hubiese cumplido 75 años. Y este viernes, curiosamente, es el aniversario de su muerte: ocurrió el 26 de marzo de 1988. Un mes abuelero que, como nunca antes, parece cerrarse (o abrirse) el sábado 27 con la "vuelta" de Los Abuelos de la Nada al ruedo. Un show en el teatro Ópera, el mismo lugar donde la formación más emblemática había grabado en 1985 su último disco, en vivo. Ahora, con Gato Azul Peralta -hijo de Miguel- en voz, solo queda de aquella época el tecladista Juan del Barrio.

Sin embargo, la cuenta crece cuando se recuerda Cosas Mías a 35 años de su edición: esa etapa final y maldita de Abuelo, de canciones oscuras y una alineación que -por qué negarlo- hubiese gustado oírla más de lo poquito que duró y sonó. De allí aparecen en la formación actual el mítico guitarrista Kubero Díaz y también Jorge Polanuer, saxofonista que reemplazó a Willy Crook tras su estadía de un año. “Me fui de Los Redondos después de la salida de Oktubre y Miguel, que acababa de sacar Cosas mías me dijo que fuera a tocar con él, con ese tono de gallito petiso. Fue un vínculo hermoso, intelectual y espiritual.”, recuerda el actual líder de los Funky Torinos. “Tenía principios, una palabra que prefiero a ‘códigos’, porque esos son penales. Era muy generoso, listo y callejero. Y todo, tarde o temprano, lo convertía en poesía, porque elevaba las conversaciones y evitaba los conflictos mediante la ironía, algo a lo cual yo adherí. Tenía una alquimia verbal para cambiar cualquier conversación deprimente en algo gracioso: no le importaba meter humor mientras diseccionaba un cadáver”.

Tapa del disco "Cosas Mías".
Tapa del disco "Cosas Mías".

El 26 de marzo de 1988, cuando su cuerpo evanesció en una clínica de Munro, Miguel Abuelo con 42 años se convirtió en parte de esa triste trilogía que entre diciembre de ’87 y el mismo mes del ’88 también se llevó a Luca Prodan y a Federico Moura. Un año redondo en el que, para muchos, terminó esa década en Argentina, al menos en términos socio-culturales: el femicidio de Monzón y la muerte de Olmedo en Mar del Plata (ciudad postal de la década: calculen sino, la cantidad de las películas que se filmaron ahí), los carapintadas, la hiperinflación y la aparición de Menem, cerrando la saga con saqueos de fin de año, móviles periodísticos en el lugar de los hechos, temor total en la sociedad y paranoia. El país estaba cambiando porque el mundo estaba cambiando. ¿Algo similar a lo que ocurre ahora? Quizás lo podamos evaluar dentro de 35 años.

Sigo escuchando lamentos de esta región dura

Como sea, Miguel se fue antes de que todo estallara, pero dejó para siempre Cosas mías, una obra bajo el nombre de Los Abuelos de la Nada que fue algo así como el equivalente a Superficies de placer para Virus: un disco “despedida” a mid tempo, con un ámbito melancólico, frases casi que presagiando el futuro de su cantante y que toman nuevo valor con el paso del tiempo. En el caso particular de Los Abuelos, significó el cierre de Miguel con una formación completamente distinta a la trilogía del éxito tras su vuelta a Argentina (AbuelosVasos y besosHimno de mi corazón): ya no estaban Andrés Calamaro ni Cachorro López. Dos hit-makers que le dieron mucho a Abuelo y a esa “segunda” formación de Los Abuelos: la época pionera de fines de los 60’, fue revalorizada recién gracias a ese combo ochentero, su impronta y las canciones que dejaron para siempre. Recién ahí empezó a rescatarse la obra de Los Abuelos iniciáticos con apenas dos simples editados, pero que sirven para entender el viaje por el que andaba Abuelo en aquel entonces.

En los ’80, dos décadas y varios viajes más tarde, flasheó con los sonidos de la época, teclados, sintetizadores, baterías con pads electrónicos. No tenía prejuicios con nada. Por eso, le dio espacio a Calamaro y se dejaba llevar por Cachorro, sobre todo en el estudio de grabación. Mérito para Miguel, quien supo salirse del ego y abrir el juego. Pero cuando los dos decidieron irse cada uno con su historia (Andrés y su carrera solista, López acompañando el éxito continental de Miguel Mateos), Abuelo tuvo que barajar y dar de nuevo. Y, en uno de los pocos casos de la historia, logró reconvertir de cero un sello ("su" sello: Los Abuelos de la Nada) a la altura de las circunstancias. La prematura muerte de Miguel y el tiempo hicieron de Cosas mías un disco de culto de Los Abuelos, finalmente a la altura de la exitosa trilogía que lo había precedido. Con músicos prácticamente nuevos y completamente distintos a quienes reemplazaban, ese disco se escucha hoy... y también “suena” a Los Abuelos. Unos Abuelos modelo ’86, última postal musical de Miguel.

Aún perduraban de esa etapa anterior (la era 1981-1985) el saxofonista Alfredo Desiata (ocupaba el espacio que había dejado Daniel Melingo) y el infaltable Polo Corbela en batería. Juan del Barrio dejó el lugar secundario que tenía en los teclados desde que participó en Himno de mi corazón y, tras la partida de Calamaro, dio un paso al frente componiendo además gran parte de la música de Cosas mías (“Juan es un músico muy completo, su aporte fue clave para la calidad de ese disco y, en lo personal, recuerdo que fue muy lindo trabajar con él”, reconoce hoy Kubero Díaz).

En el bajo, Miguel hizo una apuesta fuerte: decidió llenar el hueco dejado por Cachorro López con un jovencito inexperto, aunque sangre de su sangre. Chocolate Fogo, su sobrino, convivía en la misma casa junto a Gato Azul, su hijo, más cercano a la generación del bajista que la de su padre. Aunque menos que Del Barrio, Fogo le dio su fuego al último Abuelo con algunas composiciones que sumaron a Cosas mías como “Región dura” y “Semental de Palermo”. El segundo es celebrado como una oda picaresca al tío hormonal; el primero, en cambio, suena como cruda despedida: “En el espejo del mundo no me veo muy claro / Dios desafina la orquesta y yo intento sonar”.

“Mira qué loco, nunca se me ocurrió, no pensé eso”, analiza Kubero sobre esta sentida canción. “Pero bueno, puede ser: si te fijas en sus últimas fotos, Miguel tiene un reloj en la mano o en la rodilla, incluso mirándolos. Está en todo momento con la historia del tiempo. Con Juan del Barrio lo notamos recién ahora. Quizás ya estaba contando los minutos, ¿no? Como si estuviera consciente de cosas que nosotros no veíamos. Y que, ojo, tampoco sabíamos, eh. Porque todo pasó en un mes: estábamos tocando en el programa de Badía y el loco tenía 40 grados, pero después la fiebre no le bajaba… y así se fue...”

Vendí mi inocencia a un precio que no entendían

El contrahit de ese disco, sin embargo, fue una canción cien por cien escrita y compuesta por Abuelo. ¿Por qué contra-hit? Porque, a diferencia de otros éxitos compartidos o directamente creados por Calamaro y Cachorro (“Mil horas”, “Lunes por la madrugada”, “Costumbres argentinas”, “Sin gamulán”), este no se hizo popular en las radios o en las discos, sino en las tribunas: antes de que el rock se futbolizara (un fenómeno que los sociólogos fechan de lleno más bien en la década siguiente), el tema con el que abre el álbum -y al que le da el nombre- entró en el corazón de los tablones y las hinchadas, un ámbito que todavía era lejano a cierta sofisticación de un rock argentino todavía de clase media.

En ese oscuro ska con la hiperquinética base de Fogo y la Les Paul de Kubero distorsionando con el trémolo, Miguel tira frases que quedarán para siempre. Desde “Te quiero así, me gustas viva” hasta “yo no pedí nacer así, son cosas mías”, pasando por una estrofa cargada de sutileza y brillante poesía: “Esta vida gira así, sin cabezas por la vida / pocos juegan lo que tienen… y envidian lo que imaginan”. ¡Te quiero así, Miguel!

Miguel en banda

“Yo vivía en La Plata, pero a Miguel lo conocí en un teatro de la calle Corrientes en 1969 o 1970, cuando era parte de la ópera Hair. Al poco tiempo comenzó a venir ya como solista a festivales que organizábamos con La Cofradía de la Flor Solar en el estadio Atenas o en el Comedor Universitario. Tengo una imagen de él, de esa época platense, que no me la olvido más: cantando "Pipo, la serpiente", una canción fantástica... "estoy aquí parado, sentado y acostado... han cruficidado". Pahhh. Me ponía la piel de gallina cuando lo escuchaba”.

Miguel nació en Buenos Aires, Kubero en Nogoyá, pero no fue en ninguna de esas dos ciudades donde aceitaron una relación que devino en amistad: primero, como se dijo, se frecuentaron en La Plata, pero finalmente trabajar conexión musical al otro lado del Atlántico, en Ibiza, donde ambos coincidieron en la década del ’70 y algún tiempito de los ’80.

“En Ibiza hicimos de todo: desde el primer festival de rock en toda la historia de las Islas Baleares hasta un proyecto al que le pusimos La Cofradía de la Nada”, reseña Díaz. “Miguel se volvió a Argentina a principios de los ’80 y yo me quedé allá… pero que en 1984 saca su disco solista Buen día, día y me dedica una canción que me llega profundamente: ‘Días de Kuberito Díaz’. Encima ese año había ido con Los Abuelos a Ibiza a grabar Himno de mi corazón en un estudio que estaba muy cerquita de donde vivía, así que participé en algunos coros. Al poco tiempo se le van casi todos sus compañeros y me dice: ‘Quiero que vuelvas a Argentina, quiero que toquemos, quiero que hagamos algo’. Y fue imposible decirle que no”.

LID - En esa canción que mencionás, “Días de Kuberito Díaz”, dice: “Largá un poquito de melodía”. Casi como si te estuviera anunciando algo, ¿no?

KD - Bueno, en la canción “Rock & Roll sobre la alfombra” se oye clarito que, mientras hago el solo, me dice “¡Más, Mike!”. Me acuerdo que lo grabé de mañana, estaba medio bajoneado, ninguna versión me convencía. Entonces Miguel se acerca y me dice: “Che, negro, ¿vos sabes cuánto nos sale la hora de grabación?”, jajaja. Me metió un poco de presión y terminó saliendo ese solo. ¿Pero qué loco, no? Porque cuando grabó su disco solista con esa canción que me dedica y la frase de “larga un poquito de melodía”, era totalmente impensado lo que pasaría luego: si bien era un trabajo de Miguel, Los Abuelos aún estaban en su apogeo, en el momento cumbre de su éxito. Pero al año siguiente se queda literalmente en banda. Por eso su idea inicial para seguir en la música era llamarse así, Miguel Abuelo en Banda. ¡Si los demás lo habían dejado en banda! Después se dio cuenta del nombre poderoso que tenía, volvió a usar Los Abuelos de la Nada y así grabamos la versión final de Cosas mías. Y digo “versión final”, porque antes habíamos grabado un pre-demo cuando todavía estaba la idea de ese otro nombre…

En efecto, Miguel Abuelo y sus flamantes compinches fueron a Avatar, el estudio que entonces tenía el ex Manal Claudio Gabis, a registrar algo de lo que tenían. “Miguel ni siquiera tenía las letras. Improvisaba sanatas sobre la música para construir las melodías de voz… ¡sobre las cuáles después hizo unas letras increíbles! La idea era ver cómo sonaba todo y ver si funcionaba esa banda, justamente la de Miguel Abuelo en Banda, jaja. Las versiones eran diferentes, quizás más relajadas”, recuerda Kubero sobre esa especie de maqueta de la que lamentablemente no se tiene registro (¡atentos, buscadores y coleccionistas!).

Pero luego, tal como explicó Díaz, Miguel vuelve a apostar por Los Abuelos de la Nada, graba Cosas mías y se lanza al ruedo. Si bien la repercusión no fue la misma que antaño (quisieron presentarlo a fines de 1986 con cuatro funciones en el Ópera, nuevamente esa sala marcando un mojón histórico, aunque sin la convocatoria esperada), el combo siguió llevando adelante un repertorio que incluía la obra flamante, clásicos anteriores y algunos cambios de músicos.

Miguel Abuelo, que en los ’80 cantaba “ninguna bala parará este tren”, solo pudo ser detenido por el VIH, un virus que irrumpió en la década sin mucho conocimiento sobre su origen y nulas posibilidades de sobrevida. A pesar de todo, Abuelo y su banda ya estaban trabajando en la idea del sucesor de Cosas mías. Incluso una canción quedó flotando en el aire para siempre gracias a que la llegaron a presentar en aquel programa de Badía al que Kubero hace mención: verano de 1988, Miguel volando de fiebre y el conductor diciendo: “Todo lo mejor para el ’88, Los Abuelos a seguir para adelante, es un año más el que viene y será sin dudas el mejor…”

Se trata de “Mi estrella y yo”, una canción cantada a dúo con Chocolate Fogo (quien iba a ser parte de este nuevo encuentro, pero falleció durante la pandemia), y cuya letra también parece guardar cierto aviso de despedida, aunque al mismo tiempo un mensaje para siempre: “Mi estrella y yo, más tu libertad, son cosas que siempre me hacen brillar…”




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