Cultura

UN DÍA COMO HOY

La tregua de Navidad de 1914

En medio de las bombas, la sangre, el fango, las balas y el terror de la Primera Guerra Mundial, surgió una pequeña chispa de luz entre la muerte.

Óscar Fernández

@OscarFdz94

Viernes 25 de diciembre de 2020 | 13:53

Imagen: comercial de chocolates ingleses Sainsbury’s conmemorando 100 años del evento.

¿Qué originó la Primera Guerra Mundial?

Corría el verano de 1914 cuando el archiduque de Austria-Hungría y heredero al trono, Francisco Fernando de Habsburgo-Lorena, y su esposa Sofía fueron asesinados en Sarajevo por el nacionalista serbio Gravilo Princip, desatando así la primer gran matanza de la historia: la Primera Guerra Mundial, un conflicto a una escala mucho mayor que en años anteriores nadie se habría imaginado. Ya desde principios de siglo se venían gestando crisis en el norte de África y en los Balcanes en los que las burguesías europeas se disputaban el control de los recursos y de tener colonias y países aliados para expandir sus mercados.

Desde 1878 se venía gestando el conflicto, como lo describiría Otto von Bismarck: “Europa es hoy un polvorín y sus líderes son como los hombres que fuman en un arsenal… Una sola chispa desatará una explosión que nos va a consumir a todos… No puedo decir cuándo ocurrirá esa explosión, pero puedo decir en dónde… ¡Una estupidez en los Balcanes la hará estallar!”. El asesinato del heredero austríaco sólo fue la gota que derramó el vaso de una serie de escaladas y competencias entre los burgueses europeos.

Primero Austria exigió compensaciones a Serbia por el asesinato a su heredero, las cuales fueron aceptadas, pero a pesar de ello, Austria comenzó a hacer demandas cada vez más exorbitantes que llevaron a declararle la guerra a Serbia por “incumplimiento”. Debido a que Rusia se consideraba protectora de Serbia (ambas eran naciones eslavas), el zar se vio obligado a declararle la guerra a Alemania si éstos atacaban a Serbia (esto a pesar de que ambos monarcas, el zar y el káiser, intentaron por todos los medios evitar la guerra debido a su parentesco).

Como Rusia era aliada de Francia, ésta le declaró la guerra a Alemania y aquélla le respondió de igual forma. El 3 de agosto, los alemanes entraron en Bélgica, que era neutral, para penetrar en Francia, por lo que el rey belga pidió auxilio a su homólogo inglés. Así, las alianzas creadas a finales del siglo XIX arrastraron a Europa a un baño de sangre.

Pero a pesar de que el zar, el káiser y el rey de Inglaterra eran primos (producto de los matrimonios hechos por la Reina Victoria), una paz firmada a instancias de la monarquía tampoco habría resuelto las cosas, puesto que, como lo describiera León Trotsky en 1917, “el zar y sus Centurias Negras [los regimientos reaccionarios con los que hacía los pogromos] lucharon para defender su poder, tan sólo por eso. La guerra, los planes imperialistas de la burguesía rusa, los intereses de los Aliados eran de una importancia menor para el zar y su camarilla. Estaban dispuestos a firmar la paz en cualquier momento con los Hohenzollern y los Habsburgo, a fin de liberar a su regimiento más leal y poder hacer la guerra a su propio pueblo”. [1]

Si la matanza capitalista era evitada, iba a ser a costa de descargar (de todas formas) la crisis sobre las masas trabajadoras, como venían haciendo los países de Europa desde 1848. La guerra comenzada en 1914 era para decidir el destino de las colonias en los campos de batalla de Europa. No tenía otro objetivo más que repartirse el planeta a base de fuego y cañones.

Empezó así una orgía de discursos nacionalistas y de exaltaciones hacia la población de los países europeos y de historias de masacres por parte del enemigo (alemanes que violaban mujeres, ingleses que mataban niños, etc.). Grandes masas desfilaban alegres y con ramos de flores que daban las mujeres (sus madres, hijas y esposas) con la promesa de sus gobiernos de que la guerra terminaría antes de Navidad.

Los combates iniciaron, las ciudades se evacuaban, los edificios se volvían fortalezas y las balas zumbaban por todos lados. Los soldados terminaban horrorizados del espectáculo que estaban protagonizando (luego serían diagnosticados, por primera vez en la historia, con el infame Desorden de Estrés Postraumático, el PTSD). Los meses transcurrieron, y pronto todos se dieron cuenta de que la guerra duraría más de lo que habían pensado. Mil kilómetros de trincheras se abrieron en el suelo como una enorme herida en Europa.

La Navidad de 1914

Entraba el invierno y la nieve empezó a causar estragos en las filas: gangrena, hipotermia, pie de trinchera y pulmonía eran las causas de muchas bajas (más que las cargas del enemigo). El 19 de diciembre, se lanza una ofensiva que deja tanto a Aliados como a alemanes exhaustos y desmoralizados; para tratar de subir la moral, el gobierno inicia una campaña para mandar a las líneas del frente víveres: ropa, tabaco, chocolate, etc. Con la baja moral, el alto mando teme que las tropas se rebelen el día de Navidad.

La noche del 24, los soldados aliados se sorprendieron al ver la trinchera del otro lado llena de decoraciones. Los alemanes habían decorado su puesto con arbolitos de Navidad y cantaban villancicos (quizá con un poco de alcohol en el cuerpo). Los aliados reconocieron la canción y respondieron uniéndose en su lengua natal. Por una noche, lo que sonaba en el campo de batalla no eran las bombas y los gritos de los heridos, sino villancicos. Europa tuvo, verdaderamente, una Noche de Paz.

Más de uno fantaseó que a la mañana siguiente se firmaría el armisticio y todos volverían a casa, otros sabían que la guerra no se decidiría esa noche, por lo que no tuvieron inconveniente en cantar con quienes creían que eran sus enemigos. Entre la nieve y la neblina, surgió una figura de la trinchera enemiga; los soldados ingleses se prepararon para disparar, pero se sorprendieron al ver algo extraño: el soldado no tenía en su mano una granada o un rifle, sino un árbol decorado con velas. Fue a partir de la Tregua de Navidad que la tradición del Árbol navideño comenzó a extenderse en Europa, puesto que hasta ese entonces era desconocido fuera de Alemania.

Curiosos, los soldados ingleses se asomaban hacia la Tierra de Nadie y veían a los soldados que consideraban sus enemigos lanzarles saludos y buenos deseos. Muchos salieron de las trincheras y ambos bandos se dieron la mano. Entonces, el alemán que (supuestamente) "violaba mujeres" de pronto tenía nombre, rostro y era tan humano como el inglés con el que dialogaba.

Mientras los soldados, hambrientos y cansados, se juntaban en medio del fango y la nieve, el Alto Mando y el gobierno (el rey, el káiser, el zar y el presidente, que disfrutaban de una cena caliente con los generales) veían esta imagen con furia. El armisticio no declarado podía aletargar el transcurso de la guerra. Debido a los constantes ataques de los días anteriores, se permitió recoger a los muertos de la Tierra de Nadie y se les enterró juntos; los soldados rezaron el Salmo 23 (“El Señor es mi pastor, nada me faltará…”) e incluso en algunas partes del frente llegaron a intercambiarse regalos (cascos, abrigos, botas, etc.) y hasta jugaron un partido de fútbol. Hubo retratos de los soldados de ambos frentes y la Tregua llegó a extenderse hasta Año Nuevo e incluso febrero en algunas partes del Frente Occidental. A raíz de este evento se han hecho películas como Joyeux Noël y el comercial conmemorativo de Sainsbury’s. Son imágenes conmovedoras que provocan al lector soltar más de una lágrima…

Pero a diferencia de las Sagradas Escrituras, el “milagro” de la Tregua de Navidad no cayó del Cielo: fue el resultado de la composición de los ejércitos. La burguesía se ha dedicado a deformar este suceso como un fenómeno inédito, un milagro adulando a la “humanidad y humildad” de los soldados o, peor aún, a la “caballerosidad” típica del siglo XIX que todavía permeaba en 1914 como resabio de la Belle Époque a la que la guerra mundial dio muerte.

La realidad es que la urgente necesidad de tener suficientes hombres para la guerra forzó a muchos obreros y campesinos a enlistarse en el ejército bajo la promesa de una buena paga. Una vez que llegaron al campo de batalla, comprendieron de la manera más cruda que aquella no era su guerra, razón por la cual, a diferencia de los oficiales aristocráticos, los obreros no marcharon sonrientes al frente de batalla. No tenían la disciplina que caracterizaba a los soldados porque antes que ser militares, eran miembros de la clase obrera que se reconocieron entre sí aquella fría mañana de Navidad de 1914.

Lecciones a sacar: ¡por una internacional de la revolución socialista!

Una parte fundamental del desarrollo de la Primera Guerra Mundial fue la falta de perspectivas. Ayer como hoy, el problema es el mismo: no hay una internacional que se proponga a destruir el poder del capital. La Segunda Internacional, aquella que fundara Federico Engels en 1889 (pocos años antes de su muerte), debido a que creció en un contexto de crecimiento capitalista, y a pesar de que tenía grandes partidos de masas legalizados y que participaban en las elecciones y con grandes sindicatos y federaciones bajo su control, comenzó a tener tendencias reformistas y centristas en su interior. Floreció el nacionalismo y el social-chovinismo y fueron estas alas derechistas las que llevaron a la clase obrera de Europa a la carnicería.

Algunos socialistas (como Kautsky) se pasaron al lado del pacifismo y veían con recelo la perspectiva de una revolución violenta y abogaban por la instauración del socialismo por medio de elecciones sin disputar el poder económico del capital; otros (como fue el caso del Partido Socialista Italiano y de Mussolini en particular, antes de que girara a la derecha y hacia el fascismo) pensaban que la orden del día era ir a la guerra contra Alemania, el gran país capitalista, bajo la premisa de que la derrota germana significaría la derrota capitalista.

El ala izquierda de la Internacional tardaría un año en reagruparse en los congresos en Zimmerwald y Kienthal (en 1916) para impulsar la creación de una Internacional revolucionaria. Con una organización semejante, con presencia en los sindicatos, en las fábricas y en los centros de trabajo y estudio, el llamado a la carnicería habría sido rechazado y en las líneas del frente habrían pululado militantes socialistas que, ante una situación frágil como lo fue la Tregua de Navidad, habrían hecho un llamado a la paz entre la clase obrera, al internacionalismo y a hacer la guerra civil contra las burguesías de sus respectivos países.

Sólo el partido bolchevique en Rusia, disciplinado y organizado, obteniendo la mayoría en los Soviets y en los sindicatos, obteniendo la victoria en el gobierno por medio de una revolución, pudo hacer el llamado a la paz en Europa y a hacer la guerra contra el Gran Capital.

La tarea de los revolucionarios es la misma que la de hace 106 años: forjar una internacional para la revolución socialista que haga un llamado a la paz y contra el baño de sangre de la burguesía. Por una internacional que levante un programa contra las guerras reaccionarias, como recientemente sucedió en Nagorno Karabaj, donde las burguesías de Azerbaiyán y Armenia se disputaron el control de la zona armados desde la oligarquía de Rusia (surgida tras la restauración capitalista), por un lado, y Turquía e Israel por otro.

Por una internacional que tenga una estrategia para derrotar a formaciones reaccionarias como el Estado Islámico, que mantiene dividida a la clase obrera de Oriente Medio entre suníes y chiitas y musulmanes y “herejes” (cristianos y otras religiones minoritarias). Por una internacional que tenga manera de dar autodeterminación a los pueblos oprimidos, como el pueblo kurdo que está dividido entre sirios, turcos, iraníes e iraquíes; como el pueblo palestino, cuyas direcciones homologan a sus pares israelíes y mantienen dividida a la Palestina histórica porque temen la alianza entre la clase obrera israelí y las masas oprimidas del Estado Palestino; como el pueblo zarahui, que está dominado desde los años 70 por Marruecos y con la complicidad de Europa; como el pueblo catalán, que desde hace años pelea por la autodeterminación; como el pueblo irlandés, que sigue dividido entre católicos y protestantes-ingleses.

Sólo una organización internacional con partidos de combate y con presencia en las universidades, las fábricas, en la juventud, en el movimiento de las mujeres, de la diversidad sexual, que se alíe a las masas campesinas y pueblos originarios puede acabar con el capital. Por eso es necesario impulsar un Movimiento por una Internacional de la Revolución Socialista.



[1Trotsky, L. “Dos rostros: Fuerzas internas en la revolución rusa”.







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