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Red Internacional

La crisis abierta durante la pandemia impactó sobre la salud mental de los niños, niñas y adolescentes. Sus lazos sociales, esparcimiento, y su progresiva autonomía. El último informe de Unicef refiere que uno de cada cinco jóvenes de entre 15 y 24 años se siente deprimido. Resulta esencial que se contemple la salud mental y los cuidados que necesitan desde los distintos gobiernos.

Gloria PagésHermana de desaparecidos | CeProDH | @Gloria_Pages

Nancy MéndezLic. en Trabajo Social UBA | Redacción Zona Norte Gran Buenos @NancyMariele

Jueves 28 de octubre | 09:48

Juan expresa no sentirse bien con su apariencia, está sin ganas de salir, las reuniones que organizan los amigos no lo entusiasman, prefiere jugar online. Antes de la pandemia pasaba varias horas jugando y durante la pandemia esto se incrementó, su cuarto está acondicionado con todos los aparatos electrónicos necesarios para mantenerse “entretenido”.

No realiza ningún deporte, se angustia y le cuesta dormir, es consciente de que necesita terapia, pero se niega constantemente. Sobre esto nos cuenta María, ella trabaja en Equipos de Orientación de una escuela Secundaria en el Partido de San Fernando. Refiere que de manera cotidiana debe enfrentarse a situaciones como esta en las escuelas donde trabaja.

La situación emocional, las angustias y distintas ansiedades son recurrentes en las escuelas primarias y secundarias en distintos puntos del país. Algunos adolescentes no volvieron a la presencialidad aun, otros mantienen un ausentismo alternado o asisten a clases porque algún adulto responsable en la familia los lleva todos los días. Pero es inevitable el malestar emocional que transitan.

Unicef y Gallup publicaron los primeros resultados de una encuesta internacional realizada por entre niños y adultos de 21 países –que se adelanta en el informe Estado Mundial de la Infancia 2021– Dicha encuesta señala que uno de cada cinco jóvenes de entre 15 y 24 años de los encuestados dijo que a menudo se siente deprimido o tiene poco interés en realizar algún tipo de actividad.

Lorena Castro es docente de primaria en el barrio de Barracas de la Ciudad de Buenos Aires y expresa la misma preocupación por la ausencia de dispositivos estatales para contener a niños y niñas. A la escuela en la que trabaja van muchos chicos que viven en Villa Zavaleta. Un asentamiento precario ubicado en la Comuna 4 de la Ciudad de Buenos Aires, abarcando sectores de los barrios de Barracas y Nueva Pompeya. Es la villa más grande y con más población de la capital argentina, superando a la Villa 31.

Lorena nos cuenta que “la situación es muy compleja, en la CABA, que paradójicamente se la conoce como la ciudad con más profesionales de salud mental en el mundo, con un promedio de 1 cada 60; pero en la Villa 21-24 (Zavaleta) sólo hay 12 profesionales de la salud mental, para más de 70 mil habitantes”.

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Cecilia Ruiz es profesora de nivel medio y delegada escolar. Trabaja en tres escuelas y tiene cerca de 200 alumnos entre la escuela IPEM 169, de Ciudad Juan Pablo II, Córdoba Capital, la IPEM 400 en barrio 1 de Mayo e IPEMYT 319 en barrio 319.

Ella nos cuenta que en las escuelas públicas de Córdoba “son contadas las que tienen un Equipo de Orientación Escolar (lo que se conocía como gabinetes de distintos profesionales), solo hay coordinadores y preceptores que tienen formación docente y no específica en salud mental y que son los que en muchos casos contienen los pibes, pero además están a cargo de todo lo relacionado a administración, contenidos curriculares, promoción de los alumnes etc.”

Con respecto a cómo fue el encuentro con los estudiantes, ella refiere que la falta de contención material repercute en su subjetividad, y a su vez en la convivencia entre pares y con los adultos en la escuela :

“Los pibes y pibas sintieron muy fuerte el abandono del Estado, sin conectividad ni dispositivos para seguir las clases, sin tampoco el comedor, solo una caja de alimentos totalmente insuficiente. Este desprecio genera resentimiento, que después se traslada a sus pares y a las y los docentes, porque a veces somos vistos como quienes les mandamos tareas que no pueden hacer porque no tienen cómo ni con qué, de esos chicos nosotros a veces no sabíamos si estaban comiendo, por ejemplo”.

Por último, Cecilia agrega un dato que se repite constantemente cada vez que hablamos con un familiar, docente o amigo de algún adolescente: No hay un psiquiatra infanto juvenil en ninguna salita u Hospital de mi distrito, y en caso de que alguno lo tenga, los turnos tienen una espera que se torna ridícula, si hablamos de salud mental.

“Solamente en un hospital público tienen psicólogo y para los turnos hay que ir a sacarlos personalmente a la madrugada y tardan meses... Pero lo peor de todo, es que no hay quien ‘derive’ a ese alumno o alumna a un psicólogo”.

Lucia López es Licenciada en Psicología, ella trabaja como psicóloga de manera particular en el partido de San Isidro y San Fernando de la zona norte del conurbano bonaerense, nos cuenta que sus precios son accesibles porque trabaja con una población que hace un esfuerzo enorme en poder pagar la consulta semanalmente, y que es consciente de lo que significa este tratamiento para los adolescentes a quienes atiende.

“ Estos chicos y chicas si no se atienden conmigo deberían ir a un hospital público, y los que trabajamos en el campo de la salud mental o tuvimos un familiar que necesito contar con algún psicólogo o psiquiatra, sabemos lo que eso significa. Prácticamente es inexistente la figura de un psiquiatra en un hospital de la zona, por eso sigo estirando lo que puedo, la situación de ansiedad y síntomas que se ven con la pandemia en el consultorio es alarmante, concluyó.

El presupuesto del Estado Nacional

De la revisión del presupuesto del Estado Nacional surge que en la actualidad hay 4 entidades con gasto en salud mental: el Ministerio de Salud (a través de la actividad “Apoyo y Promoción de la Salud Mental” del Programa 42), los 2 hospitales monovalentes sujetos a la jurisdicción nacional (Colonia “Dr. Manuel A. Montes de Oca” y al Hospital Nacional en Red especializado en Salud Mental y Adicciones “Lic. Laura Bonaparte”) y la Secretaría de Políticas Integrales sobre Drogas de la Nación Argentina (SEDRONAR).

El presupuesto original de esta actividad entre 2014 y 2020 registró una reducción del 86,41%, y si tomamos los presupuestos vigentes esa disminución alcanza el 94,2%. Si bien para el año 2021 el presupuesto original aumenta un 277,14% en relación con el presupuesto vigente de 2020, este está lejos de equiparar los valores del año 2014, pues aún es un 78,14% menor que el vigente de dicho año, y ni hablar de la situación de emergencia que se abrió con la pandemia.

No se sabe si hay un gasto en salud mental por fuera de los mencionados organismos (por ejemplo, en los hospitales generales que brindan atención en esta especialidad), al no identificarse cuáles son esos recursos en los documentos presupuestarios, de los distintos gobiernos.

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Sabemos que si hablamos de salud integral debemos problematizar las condiciones materiales de vida. Sin embargo ante este emergente el Estado es responsable de administrar los recursos necesarios para atender la demanda de profesionales de la salud mental que aumentó como era previsible en el marco de la pandemia, pero como vimos, está muy por debajo de la demanda que existe al respecto.

Infancias y adolescencias transitaron el encierro en hogares donde la pérdida del trabajo, la pérdida de algún familiar, o situaciones de violencia abonaron la incertidumbre y los miedos en un sector de la población donde el vínculo con sus pares, es un sostén fundamental que se vio durante la pandemia interrumpido. La ausencia de espacios de recreación, deportivos y culturales colaboró en profundizar los padecimientos de les jóvenes. La escuela, gracias a les trabajadores de la educación, es en muchos casos y a pesar de enormes deficiencias, un espacio de contención, genera una pertenencia y es percibido como un lugar que hay que defender. Fueron los sectores más vulnerados a quienes la ruptura de ese contacto afectó de manera más aguda.

Entonces, ¿Por qué cuesta tanto hacer una consulta con un psicólogo y psiquiatra infanto juvenil en un hospital público?, ¿por qué no existen equipos interdisciplinarios gratuitos que puedan trabajar con la escuela y la familia de estos adolescentes?

Los recortes presupuestarios y la precarización que viven los trabajadores de la salud, es otro de los eslabones más de una cadena donde la atención de la salud mental está absolutamente alejada de los sectores de trabajadores y populares, y donde las prepagas y las obras sociales parecen ser las únicas beneficiarias mientras el estado abandona su intervención en esta materia.




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