Cultura

EL TELESCOPIO

La rebelión de los andadores, sueño de una vejez color libertad

El deseo de una vejez coloreada de dignidad de la mano de Puig, que acompaña pensamientos y realidades.

Viernes 9 de agosto | 11:49

Imagen: Otto Dix. 1921.

Llegué al teatro después de muchos años sin ver una obra, sin saber con qué me encontraría. Solo sabía que era un espectáculo sobre la última novela de Manuel Puig, “Cae la noche tropical “, publicada en 1988.

Al leer el programa mis amigos y yo nos miramos: “Vale ¡es sobre vejez!”, algo así salió entre risas.
La vejez ¿casi mi sinónimo?, hasta en un sábado a la noche aparece como la sombra que nunca se va y siempre me interpela, desde que empecé a trabajar en ámbitos donde lo inaccesible es moneda corriente para los adultos mayores.

Con un escenario cálido y bellísimo, lleno de plantas y remembranzas de los años ´80, dos hermanas de 80 años en el calor de Río de Janeiro parlotean sobre las aventuras amorosas de la psicóloga del piso de arriba, entre recuerdos, presencias y ausencias propias y ajenas.

Inmediatamente sobrevolaron imágenes de mi madre y mi tía en alguna de sus extensas e interminables conversaciones telefónicas donde abundan los altibajos emocionales, llenas de reproches, culpas y perdones; todo en milésimas de segundos.

Pensé en esas chicas de la obra social, que mientras esperan recibir casi de favor la cuota de salud que necesitan, intercambian como grandes sabiondas sobre enfermedades, medicinas y muerte. Trilogías de las más clásicas si las hay entre quienes atraviesan esa edad, que pulsea más seguido con la finitud de tiempo.

Y en el devenir de las escenas que transcurrían en una montaña rusa emocional donde estas viejas de la obra comienzan a ser protagonistas de su propia historia y con su propia voz, hasta llegar a la libertad de decidir ser, aun con 80 años, una interminable y zigzagueante hilera de fotos vinieron a mí.

Mi bobe Clara, que sobrevivió a la guerra y a la persecución nazi y a sus 70 años fue a la escuela para aprender el idioma de su nuevo país y disfrutar de sus nietos.
Mi otra abuela, Rosa, que no escapó a los mandatos patriarcales y tuvo que ser esposa y madre abnegada.

Recuerdo siempre a Virginia, la afiliada que vivía feliz en un banco de la Plaza Congreso y la llevaron a un hogar para que esté mejor, pero estuvo peor.
Pienso en Sofía que sortea los juegos del hambre; una vez por semana me visita en la oficina y me cuenta qué pudo comer con la plata que tenía. Al instante me trae la memoria el grito de los “450” de Norma Plá, que pedía una jubilación digna en los ´90. Aún sigue siendo indigna vientitantos años después.

Y mientras leo el libro de Puig (que compré inmediatamente y lo recomiendo) pienso en esas madres y abuelas que, junto a sus bastones y andadores, siguen combatiendo por verdad, memoria y justicia.
Y no olvido a aquellas mujeres que murieron y mueren por no poder decidir sobre sus cuerpos con libertad; una vejez truncada, una vida truncada.

Y los chicos de Monte, Santiago, Luciano, Johana y tantos y tantas que no lidiarán con las chocheras de sus padres viejos, porque les arrebataron la vida las armas del Estado.

Fin del libro. Sigo pensando junto a las vejeces que me acompañan y las que nunca llegaron. Las arrugas no pesan, las canas brotan como racimos en primavera. Las carnes caídas se regocijan de placer y las dentaduras postizas escupen gritos de justicia en las calles.

Es tiempo de rebelión de andadores y bastones, porque la vida debe ser plena y dignamente habitada hasta el último suspiro, como lo hizo una de las chicas de Puig.

Gracias Manuel.







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