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Red Internacional

OPINIÓN.La pandemia y el nacionalismo de las vacunas

El “nacionalismo de las vacunas” reproduce las rivalidades y tensiones geopolíticas que se vienen acumulando desde la crisis capitalista de 2008. En última instancia, es un espejo de la competencia capitalista y de la irracionalidad de un sistema que todo lo que toca –desde la superfluo hasta lo indispensable para la vida- lo transforma en mercancía y ganancia.

Miércoles 16 de diciembre de 2020 | 23:27

Durante noviembre se aprobaron algunas de las cientos de vacunas contra el Covid 19 que están en carrera, entre ellas la que fabrica el laboratorio Pfizer (y su socio alemán BioNTech). Si bien estas vacunas recibieron una aprobación de “emergencia” por parte de las agencias nacionales de certificación, por lo que la primera administración a gran escala podría considerarse como una especie de “fase 3” extendida, sin dudas son un paso importante en el camino de salida de la pandemia.

La buena noticia contrasta con dos realidades ominosas. Una, que a pesar del apuro las vacunas llegaron tarde y en el cortísimo plazo la pandemia sigue golpeando con renovada vitalidad. La otra, que el acceso a las vacunas, como a cualquier otra mercancía, está reservado por ahora a las grandes potencias, mientras que el resto de los mortales que habitamos países dependientes, semicoloniales, o pobrísimos –es decir más de la mitad de la población mundial- tendremos que seguir participando. O al menos será así para los miles de millones que no pertenecemos a las elites privilegiadas.

Empecemos por la primera. El hemisferio norte, es decir grosso modo las principales potencias occidentales, está atravesando la segunda (o tercera) ola de coronavirus. Algunos como el Reino Unido y Estados Unidos han comenzado a vacunar a grupos de riesgo, probablemente en los próximos días siga Alemania, pero es un hecho que no alcanzarán un porcentaje significativo de inmunización en los próximos meses.

La mayoría de los países europeos tuvieron que restablecer confinamientos, restricciones y hasta toque de queda, como Francia, nada menos que después de las protestas masivas contra el giro autoritario del gobierno de Macron. En Alemania, Angela Merkel apareció casi suplicando a la población que incremente los cuidados, y algo similar ocurre en Londres.

El panorama en Estados Unidos es todavía más desalentador. Sigue arriba en el podio de países con mayor cantidad de contagios y ya superó los 300.000 muertos. El presidente electo Joe Biden parece estar cerca de conseguir que el congreso apruebe un nuevo paquete de estímulo de 900.000 millones de dólares, una parte irá para sostener el seguro de desempleo, medidas de contención, como los bancos de alimentos, y quizás otra ronda de “cheques helicóptero” que van directo a los bolsillos de los beneficiarios. Los republicanos se debaten entre ejercer su rol opositor y votar políticas con simpatía popular, que eventualmente les permitan retener la mayoría en el senado.

La expectativa de Biden es que estas medidas actúen como un “puente” entre la situación de crisis social actual y una eventual recuperación. Claro que el impacto de la “corona crisis” es selectivo, como sucede en toda sociedad de clases. Según un estudio publicado en Washington Post, 45 de las 50 principales corporaciones incrementaron sus ganancias y engrosaron los bolsillos de sus accionistas, pero a la vez despidieron colectivamente a 100.000 trabajadores. El ejemplo más impactante es el de Berkshire Hathaway, el grupo dirigido por Warren Buffett, que ganó 56.000 millones de dólares en los primeros seis meses de la pandemia, mientras que una de sus compañías despedía a 13.000 trabajadores.

En América Latina, que se mantuvo durante varios meses como epicentro de la pandemia, el alivio fue efímero, con rebrotes en la mayoría de los países, sin que se haya agotado aún el ciclo de la primera ola.

En cuanto a las vacunas, la prometida luz al final del túnel no ilumina para todos por igual. Según Oxfam (que integra la People´s Vaccine Alliance junto con Amnistía Internacional, Global Justice Now y otras instituciones ligadas a “organismos multilaterales”) unos 70 países pobres y de ingresos medios bajos solo podrán vacunar el año que viene a una de cada 10 personas, mientras que las potencias occidentales –Estados Unidos, Canadá y varios países de la Unión Europea- ya adquirieron las dosis para vacunar en promedio al menos tres veces a toda su población durante 2021. Las estimaciones son que el 82% de la producción de Pfizer y el 78% de la de Moderna ya están vendidos a los países avanzados, por lo que los países más pobres tendrían que esperar hasta 2024 para inmunizar a su población. Si bien Oxford/AstraZeneca comprometió un porcentaje mayor para los países “emergentes”, solo alcanzaría al 18% de la población mundial.

En octubre, Sudáfrica y la India presentaron en la Organización Mundial del Comercio una moción para liberar las patentes de las vacunas contra el Covid 19, hoy propiedad de monopolios farmacéuticos, para que se pueda fabricar de manera genérica. Esa propuesta fue rechazada inmediatamente por Estados Unidos, la Unión Europea, Gran Bretaña, Noruega, Suiza, Japón, Canadá, Australia y Brasil entre otros.

Los argumentos no son solo “humanitarios” sino económicos y se refieren a la financiación estatal que han recibido las grandes corporaciones farmacéuticas para desarrollar las vacunas contra el Covid 19: Moderna recibió 2.500 millones de dólares; AstraZeneca 2.000 millones y Pfizer 455 millones del gobierno alemán, además de 6000 millones en compromiso de compra adelantada de Estados Unidos y la Unión Europea.

El “big pharma” defendió su derecho al lucro en una nota de opinión en New York Times, donde se reafirma que las patentes son el incentivo para que los inversores gocen de un período de exclusividad –lo que explicaría desde el punto de vista de las corporaciones que hoy haya vacunas en tiempo récord-, y que el monopolio sería relativo porque hay unos 214 proyectos de vacunas en todo el mundo, aunque nobleza obliga, aclaran que solo 7 se han aprobado o están cerca. Los otros 207… te los debo.

La grieta no es solo entre “ricos y pobres” sino que enfrenta a “occidente” con China y Rusia, que aprovechan el nacionalismo de las grandes potencias para ejercer algo de su “soft power” por medio de una suerte de diplomacia de las vacunas, y de paso hacer importantes negocios.

El gobierno chino prometió hacer accesible sus vacunas como “bien público global”, y designó a Paquistán y otros países del sudeste asiático y África como prioritarios, aunque está en duda su capacidad de producción a gran escala. A diferencia de Estados Unidos y Rusia, China aceptó integrar el fondo COVAX, una suerte de mecanismo de cooperación de la Organización Mundial de la Salud para garantizar un piso de vacunas para los países de ingresos medios, bajos y pobres. Muchos analistas ven en este posicionamiento de Xi Jinping una continuidad de proyectos con ambición hegemónica ante la defección de Estados Unidos de su rol de liderazgo, un equivalente en el terreno sanitario a la Ruta de la Seda.

En el caso de Rusia, Putin espera vender cientos de millones de dosis de su vacuna Sputnik V en los “países emergentes”. Algunos son aliados tradicionales de Rusia que integran su zona de influencia, como las ex repúblicas soviéticas de Bielorrusia y Uzbekistán, pero la mayoría ve que es su única oportunidad frente al nacionalismo de las grandes potencias occidentales. Además del beneficio económico, Putin espera recomponer el estatus geopolítico de Rusia y extender su influencia incluso en América Latina, el patio trasero norteamericano.

La OMS y otras burocracias de “organismos multilaterales” que sirven de cobertura al dominio imperialista despiadado, alertan que la respuesta nacional y la competencia podría tener como efecto colateral prolongar la pandemia que solo podría tener una solución global.

El “nacionalismo de las vacunas” reproduce las rivalidades y tensiones geopolíticas que se vienen acumulando desde la crisis capitalista de 2008. En última instancia, es un espejo de la competencia capitalista y de la irracionalidad de un sistema que todo lo que toca –desde la superfluo hasta lo indispensable para la vida- lo transforma en mercancía y ganancia.

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