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Red Internacional

Desde el año 2011, se estableció el 12 de abril como el Día Internacional de los Vuelos Espaciales Tripulados, en conmemoración del primero protagonizado por el cosmonauta ruso Yuri Gagarin, en 1961. En Rusia se celebraba la fecha conocida como "la noche de Yuri".

Martes 12 de abril | 10:33

"¡Poyéjali!", dijo Yuri cuando se produjo el despegue desde el centro espacial de Baikonur, en la entonces república soviética de Kasajistán. "¡Allá vamos!" expresó con una sonrisa y la incertidumbre de una misión pionera que su amplia experiencia como piloto de la Fuerza Aérea soviética no alcanzaba a disipar. Regresando o fusionándose con el polvo estelar, su nombre quedaría grabado en la Historia: cualquiera fuera el resultado, la proeza lo convertiría en héroe.

"La Tierra es azul. Pobladores del mundo, salvaguardemos esta belleza, no la destruyamos.", dijo Gagarin inspirado en la imponente imagen que le descubría su escotilla.

Luego, la Iglesia se encargó de arrojar un manto de dudas sobre otra de las frases que le adjudicaron al cosmonauta: "Aquí no veo a ningún Dios."

Бога нет, en ruso "No hay dios", poster soviético que muestra a Gagarin en el espacio sobrevolando cúpulas de templos de distintas religiones.

Fueron 108 minutos, casi dos horas en las que el aliento de millones de seres humanos quedó suspendido en el infinito. Casi dos horas en las que la burocracia que gobernaba la entonces Unión Soviética festejó por la competitividad de su desarrollo científico y tecnológico. Casi dos horas en las que John F. Kennedy, el presidente norteamericano, ardió de envidia y empezó a pergeñar la misión Apolo a la Luna.

El hijo de campesinos rusos tenía apenas 27 años y ya hacía mucho tiempo que había dejado de ser obrero metalúrgico para iniciar su carrera como piloto. Hacía muy pocos años, sin embargo, que Estados Unidos y la Unión Soviética habían trasladado el campo de batalla de su guerra fría al cosmos.

De los campos de trabajo forzoso al universo

Increíble que detrás de la gran hazaña que dejaría una huella indeleble en la memoria de la humanidad, hubiera un ingeniero escéptico y pesimista que solía repetir "Todos desapareceremos sin dejar rastro". Era Sergei Korolev, de 54 años, quien había sido deportado a los campos de trabajo forzoso en Kolyma en 1938, durante la brutal "Gran Purga" ordenada por Stalin. El ingeniero permaneció durante 8 años en distintos campos destinados para científicos hasta que fue liberado por pedido de un antiguo jefe que conocía su brillante trabajo profesional y lo quería en su equipo.

Bajo la conducción de Korolev, la Unión Soviética lanzó el primer misil balístico intercontinental y también el primer satélite artificial de la Tierra, el Sputnik 1, en 1957. Fue el responsable de la misión que puso en órbita espacial al primer ser vivo, la célebre perra Laika, como también al primer ser humano, que fue Yuri Gagarin. Dos años más tarde, Korolev lanzó al espacio a la primera cosmonauta, Valentina Tereshkova y en 1964 fue responsable de la primera misión con varios tripulantes.

Sin embargo, nadie sabía su nombre porque en la Unión Soviética temían que pudiera sufrir un atentado contra su vida por parte del espionaje norteamericano, donde lo conocían como "El Diseñador Jefe". Incluso, la burocracia stalinista se opuso a su nominación para el Nobel para preservar su identidad.

De quien no hubo ni rastros en su vida, dejó una gran huella para la posteridad.

Yuri Gagarin con Sergei Korolev

Necesito un teléfono

Con el conocimiento y el trabajo del equipo comandado por Korolev, Yuri atravesó la oscura noche del espacio infinito, en esas casi dos horas en las que completó una órbita alrededor de la Tierra, antes de abrir la escotilla y eyectarse de la nave a 7 kilómetros del suelo y a 2800 kilómetros de dónde había partido.

Anna Tajtarova recogía papas en la granja colectiva, con su nieta Rita cuando un hombre con un extraño traje anaranjado y un enorme casco se le acercó, enredado aún en su paracaídas. "¿Vienes del espacio?", preguntó asombrada. "Sí, pero no tengan miedo, soy un ciudadano soviético como ustedes, que bajé del espacio y necesito encontrar un teléfono para llamar a Moscú."

La noche de las dos horas más largas de la Historia abría paso a un luminoso día.

Paradójicamente, Yuri Gagarin que sobrevivió a una misión en la que corrió serios riesgos, murió al estrellarse con su avión durante un entrenamiento.

La pequeña cuota de azar que le permitió sortear las dificultades que se presentaron con su nave en el espacio, es invocada supersticiosamente desde entonces, por todos los rusos que se lanzan al espacio. El ritual consiste en repetir aquel gesto mundano que improvisó Gagarin cuando descendió de la camioneta que lo llevó a la estación de despegue, al bajar el cierre de su traje de astronauta y orinar en la rueda trasera derecha del vehículo. Los astronautas que repiten aquello antes de tripular sus naves espaciales saben que, más que una necesidad fisiológica, se trata casi de una agnóstica plegaria.




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