Sociedad

Tribuna Abierta

Soledad Acuña: la ministra odiadora de docentes

Para la ministra Soledad Acuña los docentes son enemigos de su gestión y sus declaraciones remiten a la época de la dictadura.

Daniel Brailovsky

Doctor en Educación, profesor investigador de Flacso/Arg. y maestro de nivel inicial y de música.

Martes 17 de noviembre | 17:05

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La ministra de educación de la Ciudad de Buenos Aires, Soledad Acuña, ha concedido una entrevista virtual con el diputado Fernando Iglesias. Tras la difusión de ese material, hubo legisladores que presentaron un pedido de renuncia de la ministra, se la denunció formalmente ante el INADI, se firmaron centenares de declaraciones de repudio por parte de organizaciones de derechos humanos, sindicatos, cuerpos profesionales de educadores, de psicólogos, de investigadores, del CESGE (el organismo que nuclea a las autoridades de los IFDs, y cuya existencia la ministra literalmente “niega”). ¿Por qué esas declaraciones generaron semejantes reacciones? ¿qué fue lo que dijo?

Creo que lo que causó el mayor enojo fue la sinceridad con que transparentó su teoría de que los docentes - sus prácticas, sus derechos, sus teorías, pero también su origen social, su pertenencia de clase – son el mal a erradicar, son los verdaderos enemigos de su gestión. La raíz del problema, dijo, es la ideologización de izquierda del profesorado. Y dijo también que “la izquierda ha tomado la formación docente”. Y lo ha dicho de un modo que a muchos nos hizo acordar a un famoso manual de la dictadura llamado “Subversión en el ámbito educativo”. El manual hablaba de detectar y denunciar elementos subversivos, Soledad Acuña habla de erradicar prácticas adoctrinantes mediante la denuncia activa de las familias. Por ejemplo: si la profe de sociales, basándose en el curriculum, decide hacerles leer a sus alumnas y alumnos la carta de Rodolfo Walsh, si se enseñan los derechos de las infancias o si se discute leyendo distintos diarios comparando sus versiones de la realidad, las familias deben denunciar.

Y deben hacerlo, además, aprovechando esta transparencia de las prácticas escolares que trajo la enseñanza remota. La ministra ha dicho también que esta virtualidad (tan esperada y deseada por ella, pues considera que esta digitalización forzosa de la enseñanza es un avance pedagógico) “hizo posible que las familias empezaran a ver qué pasaba en las aulas, pues antes no se enteraban de todo esto”. “Ahora”, sigue diciendo, “las familias pueden denunciar a los docentes”. A continuación, habla desde su lugar de madre y dice que “cuesta que las familias hagan denuncias formales contra sus docentes por bajar línea, y lo entiendo, porque yo también soy mamá, es difícil denunciar a los docentes de tus propios hijos”. Pero insiste en hay que hacerlo, hay que denunciar “para que podamos intervenir, sino los docentes se dedican a militar antes que a formar”. Todo esto es textual, aunque cueste creerlo. Para Soledad Acuña, el problema es que no se denuncia lo bastante a los docentes, y que “las decisiones de política educativa las toman los sindicatos” (sic). Literalmente dijo también que no se quiere sentar en la misma mesa que los sindicalistas. Que no corresponde discutir con los representantes sindicales ningún tema de política educativa.

La ministra, recordemos, estudió ciencias políticas, nunca se formó ni ejerció como docente, nunca pisó un aula (del lado del pizarrón), pero aun así ha expresado su preocupación por el hecho de que “la mayoría de los docentes de secundaria no son docentes”, sino profesionales volcados a la docencia. Y ha dicho que los docentes (los que sí estudian la carrera docente) son “cada vez más grandes, eligen la docencia como tercera o cuarta opción, después de fracasar en la universidad” y tienen “bajo capital cultural”. De este modo naturaliza la idea de que el único modo de mejorar la formación docente es el reclutamiento selectivo, es decir, lo que hacen las escuelas “de elite”: elegir a los alumnos provenientes de sectores sociales privilegiados. Olvida (o más probablemente ignora) que existe algo llamado “educación superior desde una perspectiva de derecho” que viene siendo largamente estudiado en el ámbito de la investigación. Esta perspectiva no va en contra de la calidad de la formación docente, no significa (como ella cree) que cualquiera se recibe de cualquier cosa sin haber adquirido las competencias profesionales requeridas: significa que la educación superior se mira y se gestiona desde el punto de vista de impulsar una ampliación de derechos. Es así como se marca la diferencia entre un sistema educativo que mejora la sociedad y uno que administra méritos; entre uno que permite oportunidades educativas para cualquiera y otro en el que sólo pueden estudiar los ricos, y que conduce a una sociedad aristocrática, más injusta y más desigual.

Me sentí aludido dos veces en su entrevista. La primera, porque yo mismo dejé la universidad en mi primer intento, y “caí” en el profesorado (en el querido normal Nro. 1, uno de los 29 que Soledad Acuña quiere cerrar). Y la verdad es que no siento que fracasé por haber cambiado de rumbo en esa oportunidad. Me dediqué durante quince años a un oficio que abracé amorosamente, la docencia en el nivel inicial. Y la base sólida que me proporcionó el profesorado me permitió después volver a la universidad, con un renovado espíritu académico, para seguir mirando al jardín desde la formación y la investigación.

Y también sentí que la ministra hablaba de mí cuando dijo que hay una minoría de “zurdos gritones” que nos expresamos en contra de sus políticas privatizadoras. El problema es que, aunque le caiga mal, somos muchos los que le vemos la hilacha a este discurso, a estas políticas. Cuando hace un tiempo, este ministerio quiso cerrar todos los profesorados de la ciudad, destituir sus mecanismos curriculares, democráticos, largamente construidos y reemplazar todo eso por una universidad aristocrática gestionada directamente por…ella (la Unicaba), pues claro, un poco gritamos.

En esa oportunidad su gobierno lanzó una encuesta en twitter (también era “obligatorio” responderla para acceder a trámites en el sitio web oficial) donde se preguntaba: “¿estás de acuerdo con que la formación docente sea universitaria?”. Y claro, el 80% dijo que sí. Yo también hubiera dicho que sí, de haber ignorado que la verdadera pregunta era otra. Pues bien: esa es la mayoría silenciosa por la que la ministra se cree apoyada.

Mientras tanto, aunque sea indignante todo lo que la ministra dijo, es más grave lo que no dijo acerca de la crisis educativa en la ciudad: la falta de inversión, el récord de presupuestos educativos consecutivos siempre a la baja, el crecimiento espectacular del sector privado, los convenios oscuros con el sector empresarial y la “oenegeización” de las políticas. Además de la obstinada insistencia con la “Unicaba”, a la que rebautizaron como “Universidad de la Ciudad” para tratar de despegarse de la mala publicidad que le da ese origen perverso.

Los años de su gestión han mostrado un permanente ímpetu por implantar cuanta propuesta o corriente gerencialista y privatizante apareció en las vidrieras: el impulso del emprendedorismo como ideología educativa, la idea de que lo más importante es dar robótica desde el jardín (porque queda lindo en el cartel gigante y les permite cubrir la cuota de tecnología sin dar continuidad a los programas de distribución de equipos), las capacitaciones en “liderazgo”, en “neurociencia”, en entrenamiento para la “autogestión emocional”, en fin, todo lo que aleja la docencia y la educación de su lugar social, de su lugar formativo. Las políticas de Soledad Acuña y su equipo quieren escuelas a cargo de educadores dóciles, que no piensen, que se amolden al discurso gerencialista como único lenguaje posible.

Freire hablaba del educando como oprimido y criticaba al docente tradicional porque decía que no lograba dialogar. Acuña mira al alumno (y a sus familias) como clientes, al docente como “vago”, y critican a la escuela por “no adaptarse”, como si las escuelas fueran el lugar donde se consolidan los trending topics. Son dos maneras muy distintas de “criticar” a la escuela. Pero nuestras aulas son lugares donde se honran las tradiciones nobles y donde se cuestionan las tradiciones rancias. Y también donde se impulsan los cambios emancipadores y donde se tratan de frenar los cambios marketineros, espurios, superficiales, mentirosos y malintencionados.

Es necesario que la ministra renuncie, porque las y los educadores no estamos dispuestos a renunciar a la enseñanza, que es lo que sostiene nuestra vocación y nuestra forma de amor al mundo.