Cultura

CINE // OPINIÓN

La memoria de Raymundo. Ni olvido ni perdón

En el marco de la 30º edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, se presentó el libro “Compañero Raymundo”. Una reflexión sobre la utilización de este espacio por las autoridades del Incaa.

Jueves 5 de noviembre de 2015 | Edición del día

En el marco de la 30º edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, se presentó el martes 3 de noviembre el libro “Compañero Raymundo”. En el mismo se profundiza lo que se conoce sobre la obra del realizador de Cine de la Base a través de la apertura de su archivo personal, gracias a su esposa Juana Sapire, co-autora del libro junto a Cynthia Sabat. Este material forma parte de la iniciativa del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales de editar cuatro libros bajo el lema “Hasta la memoria siempre” sobre los cineastas Raymundo Gleyzer, Fernando Birri, Gerardo Vallejo y Jorge Cedrón.

La presentación de esta colección se dio conjuntamente con la exposición de algunas copias restauradas de estos mismos autores. Films como Tire dié, La historia oficial, Ceramiqueros, entre otros, forman parte de esta selección. Una iniciativa interesante, pero sobre todo, necesaria, por supuesto. Merecida ante tanta lucha y talento. La restauración y conservación de un material que no puede, y no debe morir. Pero aplaudir esta decisión no implica olvidar. Muchísimos realizadores, se enfrentan a la precariedad técnica con la que se trabaja hoy en día en términos de conservación.

Un panel conformado por las distintas cabezas que comandaron esta iniciativa (el cual se llevó a cabo antes del correspondiente a los autores de los libros) exploró y subrayó los diversos logros conseguidos en la actual gestión. Y es detrás de todo esto dónde se vislumbra una gran contradicción: en el planteo de la construcción de la memoria impulsado por el INCAA, ya que no se trata solamente de recuperar y conservar las obras que se hicieron en un pasado, sino también de preservar las producciones presentes y futuras. En su plan de fomento a la producción, no hay hoy en día un apoyo real a la conservación de las obras de nuevos realizadores, ni los que pasan por el INCAA ni mucho menos los que producen sus películas de manera independiente o por fuera del abrigo de sus alas. Las nuevas producciones no se conservan en fílmico, con condiciones de temperatura y humedad adecuadas, ni tampoco en digital. Con esto, no se avizora un futuro distinto, en el que generaciones futuras tengan que retomar la misma tarea de encontrar, restaurar y preservar el material producido en la actualidad. Así, no sólo no se detiene la inercia de muchísimos años de hacer las cosas mal en este sentido, sino que se continúa accionando del mismo modo.

Pero el panel no se detuvo ahí. Sino que todos los presentes se turnaron para mencionar el 22. Este espacio generado por los autores de los libros y los cineastas sobre los cuales se escribe en ellos, se vio comprometido por una actitud partidaria que llegó al extremo de llamar a votar en apoyo a la continuidad del Frente para la Victoria como única alternativa posible de que estas políticas culturales sigan viviendo. Un sabor amargo se iba generando entonces en quienes estábamos allí. Una mezcla intensa entre lo que sucedía en el panel y el lugar elegido para la presentación. El espacio Aldrey, denunciado por el grupo Colectivo Raymundo Gleyzer, símbolo de la corrupción del gobierno de la provincia de Buenos Aires, y marco de trabajadores encadenados a su entrada, hoy, ahora, reclamando por sus derechos.

Es fácil imaginar vivo a Raymundo. Pensar en un espacio de lucha de los trabajadores, es pensar en él. Ver uno de sus films, es ver lo que sucede, ahora, y siempre. Su sola imagen está hermanada para siempre con las causas que viven en silencio o bajo represión. Es fácil imaginarlo, con su cámara al hombro, al lado de los trabajadores de Lear, o de los vecinos agrupados en contra de la minería a cielo abierto, o de la lucha de los pueblos originarios. La conservación de su obra, una vez silenciada, pero nunca aplacada, es también, la conservación de su memoria, claro. Pero el marco de esa memoria, debe respetar su lucha, no utilizarlo políticamente.

Es fácil imaginarlo, él mismo dijo: “Nosotros no hacemos films para morir, sino para vivir, para vivir mejor. Y si se nos va la vida en ellos, vendrán otros que continuarán…” Continuemos.







Temas relacionados

Festival de Mar del Plata   /    Cine   /    Opinión   /    Mar del Plata   /    Cultura

Comentarios

DEJAR COMENTARIO