Cultura

EL TELESCOPIO

La luz de un frasco

Historia mínima (aunque no tanto) en la salita de un barrio de la periferia de La Plata.

Viernes 29 de noviembre de 2019 | 10:11

imagen: Caro Daglio

En las historias mínimas de hoy está Ramón.

Ramón tiene 49 años. Nos conocemos hace dos, cuando me tocó atenderlo por primera vez. Si me preguntan porqué viene a la salita Ramón, yo les digo que por todo.
Es diabético, hipertenso, obeso, tiene el corazón agrandado y los pulmones llenos de agua. Le falta el aire. Se le hinchan los pies. Duerme poco y mal. Cada vez que viene lo llenamos de pastillas y de papeles. Le pedimos estudios que no puede hacer porque se olvida, porque se pierde, porque en los hospitales se aburre de esperar, porque no cree que pueda mejorar en algo. Nos odia un poco pero sigue viniendo. Por meses enteros sólo nos hacemos compañía.

La de Ramón es una historia que se repite acá, en el consultorio de pacientes crónicos de los suburbios de Romero. A veces me aburro de él, me frustro. A veces le meto una garra descomunal y desproporcionada digna de un grupo de autoayuda.
A él le pasa lo mismo conmigo. Se aburre, se frustra y se vuelve a entusiasmar.

Es que somos cíclicos. Y la vida pasa mientras tanto.

Hoy cuando lo vi anotado en la lista de pacientes a atender debo confesar que me ofusqué un poco, es de esos pacientes que requiere especial atención. Que se puede descuajeringar en cualquier momento.
Pero cuando entró lo noté distinto. Un brillo diferentes en sus ojos miopes. Me quería contar algo pero yo no dejaba silencios libres. Maldita costumbre.
Hasta que me callé. Y me contó.

Me contó que faltó a la consulta del mes pasado y perdió los turnos que habíamos conseguido para el ecodoppler y nutrición (¡con lo que cuesta conseguir los turnos!) porque se fue a Misiones.

Me contó que organizaron un reencuentro con sus 11 hermanos después de 10 años de no verse, cuando se abrazaron la última vez en el velorio de su padre.
Que de chicos eran muy unidos, porque la vida les mostró todas las mierdas juntas, y si entre hermanxs se pelean los devoran los de afuera. Se volvió adulto de golpe. A los 18 llegó a La Plata para probar mejor suerte. Trabajó más de 10 años en un frigorífico del que lo echaron sin razón y con 4 hernias de disco de trabajar sin faja. Desde entonces vive de Changas. "Y de la miseria que los gobiernos nos dan."

Me contó también toda la odisea de ir a Ramallo en tren para encontrarse con uno de sus hermanos y de ahí viajar a Rosario. Y de ahí a Chajarí. Flor de asado se comieron en Chajarí, y ahora sí, salieron en tres autos para Posadas, Misiones. La excusa era visitar de sorpresa a una hermana, la 11.

Porque en las familias grandes llevamos números.

Me contó que conoció las Cataratas y lloró. Que no podía entender dónde se guardaba tanta agua junta. Me relató con especial poesía lo que sentía al verla caer. Nunca lo había escuchado hablar tanto.
"Eso sí es vida, este viaje me lo quedo en el cuerpo para siempre"

Cerré la historia clínica que perturbaba el paisaje entre los dos y le dije que me cuente más. Me gustan los detalles.

Me contó de la tierra colorada, los chipás, la vegetación, los limones rojos y otras cosas más. Me contó de los calores litorales y que ni un poco de aire le faltó. Me decía que allá se respira mejor.
Me contó que no se acordaba lo que le apasionaba pescar. El anzuelo, la carnada, la espera, el pique.

Que cruzó a Paraguay. Que no compró nada en la frontera porque no tenía plata pero que ya pensó en volver para hacer unos negocitos revendiendo algunas cosas.

Se trajo una bolsa de residuo llena de tierra roja. Roja brillante. Roja del hierro oxidado dicen. O de la sangre derramada pienso yo. Roja que mancha y marca.

Al llegar de vuelta al barrio y a su húmeda y calurosa casilla, antes del mate y las anécdotas con la familia que esperaba ansiosa los cuentos luego de la primera salida de Ramón en diez años, lavó el único frasco de mermelada vacío y viejo q andaban por ahí, le sacó la etiqueta con una virulana y agua caliente, lo dejó secar y lo llenó de Misiones. De Misiones, hermanos, asado, chipá y quilombo. No vaya a ser cosa que se olvidara de lo importante.
Lo puso en el alerito de la ventana, la que da a la 514, del lado de adentro, ahí donde da el sol casi todo el día. La conozco de las veces que fui a llevarle los turnos, o a pedirle que nos de una mano con los pibes del barrio.

Faltan 3 meses para que cumpla 50 y quiere llegar con 15 kilos menos. Dice que se lo prometió a su hermano menor.

Y yo, que hace dos años lo intento de las más creativas formas pero que sólo había logrado con él espasmódicas muestras de entusiasmo, en ese rato entendí todo.

Las ganas de vivir no vienen solas.

Las de Ramón se guardan en ese frasco de mermelada al ladito de la ventana, para que se trague todo el sol romerense de noviembre a febrero, hasta cumplir el medio siglo.

El frasco que le hace acordar todos los días que la vida es otra cosa.

Que la carnada, el anzuelo, el viento, el agua,el asado, la ruta, la risa, el chipá, los encuentros y los abrazos deben pasar a ser medicación obligatoria.







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