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La guerra y la izquierda reformista: necesitamos un Zimmerwald del siglo XXI

Santiago Lupe

UCRANIA

La guerra y la izquierda reformista: necesitamos un Zimmerwald del siglo XXI

Santiago Lupe

Ideas de Izquierda

Vivimos días de una “unión sagrada” belicista a la que sucumbe la mayor parte de la izquierda reformista. Otras voces se oponen desde posiciones pacifistas y con ilusiones en la vía diplomática. Es urgente impulsar un polo de la izquierda internacionalista que llame a parar la escalada belicista con el desarrollo de una movilización independiente de la clase trabajadora y los pueblos de Rusia y Ucrania y los países imperialistas.

El espíritu belicista sigue creciendo en el continente europeo. Tras el anuncio del histórico rearme de la principal potencia imperialista europea, todos los gobiernos de la UE cierran filas detrás de las sanciones económicas, el refuerzo de los contingentes de la OTAN en la región y el envío de armas al ejército ucraniano. La barbarie guerrerista del nacionalismo reaccionario ruso es el principal combustible a esta ola. El grueso de los medios de la derecha y el “progresismo”, saludan el resurgir de la Europa imperialista en clave militarista.

Una gran parte de la izquierda reformista del continente sucumbe a esta vorágine. Grupos estalinistas o populistas justifican la agresión rusa sobre Ucrania como una acción defensiva ante el avance de la OTAN y la UE en las últimas dos décadas. Son posiciones marginales en el Viejo Continente, aunque tienen más auditorio en el seno de la izquierda socialista de los EEUU o en el populismo latinoamericano.

En Europa, la amplia mayoría de la izquierda reformista y del progresismo se alinean detrás de sus propios gobiernos imperialistas. Sucumben a la demagógica defensa de Ucrania que es una nueva versión de la “unión sagrada” de la “Europa democrática”. No hay todavía una guerra generalizada en el horizonte inmediato, pero la situación recuerda a otros oscuros episodios de la historia. Cuando el apoyo de las direcciones obreras reformistas al guerrerismo de sus Estados imperialistas llevó a catástrofes como la Primera Guerra Mundial.

De la traición de la socialdemocracia y la II Internacional en 1914, apoyando que los obreros del continente se matasen entre sí en aquella gran guerra imperialista, emergió también otra izquierda que se plantó. La Conferencia Internacional de Mujeres contra la Guerra, organizada por Clara Zetkin en marzo de 1915 aprobó la consigna de “guerra a la guerra”. En septiembre 38 delegados de 11 países se reunieron en la Conferencia de Zimmerwald.

El ala pacifista, encabezada por Martov, no quería romper con los partidos socialdemócratas y evitaron una condena a la traición de la II Internacional. En el ala revolucionaria se encontraban Lenin, Trotsky o Rosa Luxemburg. Todos coincidían en impulsar la movilización independiente y revolucionaria de las masas para poner fin a la guerra imperialista. Lenin, planteaba abiertamente convertirla en una guerra civil, entendida como revolución. Trotsky y los espartaquistas de Luxemburg y Liebknecht, propusieron plantearlo como una “lucha revolucionaria por la paz”.

Hoy, la mayoría de quienes se oponen al belicismo lo hacen desde unas coordenadas muy diferentes de las de Zimmerwald, y en particular a las de su ala revolucionaria. Generalmente hablan desde tesis pacifistas burguesas o pequeñoburguesas, de la vuelta o fortalecimiento de las vías diplomáticas y el mayor protagonismo que, en este sentido, debería tener la UE.

Así lo hacen figuras como Pablo Iglesias o Jean-Luc Mélenchon, sectores de Podemos o Die Linke, formaciones como EH-Bildu o la CUP, referentes políticos izquierda abertzale vasca y la izquierda independentista catalana, o grupos de la extrema izquierda como Anticapitalistas.

Su plante al guerrerismo es sin duda un elemento progresivo. Pero su ilusión en una UE de los pueblos, la paz y la democracia a cargo de sus Estados imperialistas suenan un tanto naif en el momento en que los gobernantes hablan cada vez más como Comandantes Jefe o el jefe de la diplomacia europea, Josep Borrel, daba por muerta cualquier vía de diálogo. O, en el caso de Podemos, una verdadera impostura, ya que siguen siendo parte del gobierno imperialista del PSOE, con cuatro ministros compartidos con el Partido Comunista de España.

Por otro lado, no podemos obviar que algunas de estas propuestas son planteadas como vías alternativas para fortalecer el imperialismo propio y el europeo en el mundo. Mélenchon es un fiel representante de esto. La opción de la no beligerancia de hoy, es presentada como la mejor defensa de los intereses de su propio imperialismo y de marcar distancias con el estadounidense. Unas tesis compartidas por un Iglesias que lleva semanas lamentándose de que la UE no disponga de una política exterior propia.

El Zimmerwald que pide Iglesias...

Pablo Iglesias, desde su podcast en el diario Público, viene tomando esta misma analogía histórica. Considera que existe un fuerte “humor social” a favor del belicismo. Contra este “momentum 1914” apela a establecer un nuevo “momentum Zimmerwald”, una oportunidad para refundar (por segunda vez en menos de 10 años) la izquierda europea. Si antes fue en clave de revivir la vieja socialdemocracia de posguerra, hoy se trataría de hacer lo mismo con el pacifismo progresista de comienzos del siglo XX.

El Zimmerwald del exvicepresidente del gobierno de la quinta potencia imperialista europea no tiene nada que ver con el de Lenin, Trotsky o Luxemburg. La utopía reformista de Iglesias espera imponer, desde una movilización ciudadana de presión sobre sus gobernantes, un retorno a las vías diplomáticas, un fortalecimiento del rol independiente de la UE y una Conferencia de Paz entre los Estados beligerantes.

Una posición que lo condena a la trágica impotencia de los reformistas en tiempos de crisis. La misma que desplegó en su paso por Moncloa, donde acabó asumiendo el grueso de la agenda social-liberal e imperialista del gobierno Sánchez. Aspira ahora Iglesias a que las tendencias a la mayor competencia y choques armados y comerciales entre potencias, que son intrínsecas al sistema capitalista y se vienen agudizando desde la crisis de 2008, pueden ser apaciguadas sin romper ni chocar con este orden social. Se trataría, simplemente, de que los buenos gobernantes actuaran racionalmente y por el bien común.

La izquierda de Zimmerwald tenía claro que para parar la guerra el único camino era la lucha de la clase trabajadora contra sus propios gobiernos imperialistas, no las súplicas a que se detuvieran e iniciaran negociaciones. Solamente la perspectiva de la revolución socialista, de la conquista de gobiernos obreros, era una perspectiva realista para detener esa maquinaria de muerte y abrir paso a un modelo social al servicio de resolver los grandes problemas sociales y democráticos pendientes.

Finalmente, la I Guerra Mundial llegó a su fin. El primer triunfo de la historia de una revolución obrera en Rusia fue un hecho fundamental para ello. No solo para lograr la paz en el Este por la voluntad de los bolcheviques de finalizar la contienda sin anexiones. Sino también, para acelerar el fin de las hostilidades del resto de potencias ante el temor de que la revolución se extendiera por Europa, como pasó, aun siendo derrotadas, en Hungría o Alemania.

Las negociaciones de paz entre las potencias imperialistas no fueron garantía de paz y democracia precisamente. Supusieron la posposición del combate hasta dos décadas más tarde. La pelea por la hegemonía mundial quedó irresuelta, los perdedores, empezando por Alemania, condenados a reparaciones que alimentaron el monstruo del nacionalismo reaccionario. Estos fueron los “logros” de las vías diplomáticas entre Estados imperialistas y la utopía reaccionaria de la Sociedad de las Naciones. ¿Qué les hace pensar a los pacifistas de la diplomacia de hoy que sería diferente en el siglo XXI?

... y el Zimmerwald que necesitamos

Lenin definió a comienzos del siglo XX que las características fundamentales de nuestra época eran las crisis, las guerras y las revoluciones. Estas premisas se vienen reactualizando, al menos, desde la crisis de 2008.

Como en 1914 o en los años 30, las tendencias a crisis de todo tipo -económicas, climáticas, sanitarias- son un hecho reconocido hasta por los mayores apologistas del capitalismo. También el crecimiento de las tendencias a mayores enfrentamientos entre los Estados.

En estos días asistimos a un salto en esta dinámica. Con un conflicto armado de consecuencias imponderables y una guerra económica que puede llevar a un dislocamiento del mercado mundial y una lógica de bloques como en los años previos a la II Guerra Mundial.

Lo que las distintas versiones del pacifismo de la izquierda reformista no ven, ni quieren que suceda, es que ante los padecimientos a los que nos condenan los capitalistas y sus Estados, está inscripto en la situación la posibilidad de que se den nuevos procesos agudos de la lucha de clases e incluso revoluciones.

En la última década, ha habido procesos revolucionarios desviados o derrotados, como los desencadenados por la “Primavera árabe”, las revueltas de 2019 en adelante en diversos países de América latina o las grandes huelgas obreras contra Macron en Francia. Aunque todavía están por detrás de la situación, hasta el FMI advertía del peligro de que el escenario que dejaba la pandemia podría ser el caldo de cultivo para un mundo repleto de revueltas.

Es hacia esta perspectiva hacia la que tenemos que orientar los esfuerzos para detener la actual guerra y la escalada belicista que le sigue. Que la intervención de las masas, la lucha de clase, las revueltas, devengan en revoluciones triunfantes que pongan fin a un orden social que no es capaz de garantizar la supervivencia de la humanidad en las próximas décadas.

En estos momentos, una izquierda de Zimmerwald del siglo XXI debería, en primer lugar, proponer una salida independiente de los distintos bandos reaccionarios en pugna en la guerra de Ucrania. Ni el gobierno autocrático de Putin ni el gobierno proimperialista de Zelensky y de las distintas fuerzas nacionalistas reaccionarias, subordinadas a las potencias de la OTAN, pueden dar una salida progresiva ni duradera a los problemas de fondo detrás de esta crisis geopolítica y militar.

Una izquierda que, en Ucrania, plantee una resistencia a la ocupación rusa no subordinada a la OTAN y la UE, como defiende Zelensky, basada en el desarrollo de la autoorganización obrera y popular, que se oponga a la rusofobia y reconozca plenos derechos, incluida la autodeterminación, de aquellos territorios de mayoría rusófona. Y que, en Rusia, pugne por desarrollar una gran movilización obrera y popular para detener la maquinaria de guerra y en defensa de la independencia de Ucrania, que sea el punto de partida para terminar en forma revolucionaria con el régimen reaccionario de Putin.

Una izquierda que, al mismo tiempo, impulse un fuerte movimiento contra la guerra en los países imperialistas por la salida de las tropas rusas, el derecho al asilo de todos los refugiados ucranianos y rusos que huyan de la persecución de Putin o deserten de la movilización militar, el levantamiento de las sanciones económicas, la paralización y retirada de la intervención militar sea con el envío de tropas a la región o armas y contra la escalada de rearme de los ejércitos europeos.

Si los capitalistas nos conducen a guerras y grandes padecimientos económicos derivados de ellas y sus crisis, hay que poner en pie una izquierda que retome la bandera de “guerra a la guerra”. Que apueste por la lucha fraternal e internacional de los distintos pueblos y la clase trabajadora contra los gobiernos imperialistas, para detener esta escalada e imponer un programa que descargue sus consecuencias sobre los capitalistas, con medidas como la nacionalización bajo control obrero de todo el sector energético o la escala móvil de salarios según el aumento de los precios.

Retomemos pues las banderas del ala revolucionaria de Zimmerwald, la lucha por una perspectiva socialista y por imponer gobiernos de trabajadores que pongan fin a un orden social que solo nos conduce a la barbarie.


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Santiago Lupe

@SantiagoLupeBCN
Nació en Zaragoza, Estado español, en 1983. Es director de la edición española de Izquierda Diario. Historiador especializado en la guerra civil española, el franquismo y la Transición. Actualmente reside en Barcelona y milita en la Corriente Revolucionaria de Trabajadores y Trabajadoras (CRT) del Estado Español.