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Red Internacional
Miércoles 14 de octubre de 2015 | Edición del día

Cada espectador sabrá, o lo sabrá su conciencia, por cuánto tiempo perduran, o en qué momento de Mi amiga del parque cesan, sus recelos, sus prevenciones, sus escozores, su suspicacia. Me es más difícil pensar que alguien pueda verla entera sin que algo de ese orden aparezca y defina un lugar de visión. Porque Ana Katz dispone sabiamente su relato de manera tal que, al menos en un principio, quien ve la película no puede sino plantearse una reticencia (si es que no directamente desconfianza) hacia las hermanas R. Esos dos personajes resultan un tanto inciertos, notoriamente equívocos, algo turbios, poco fiables; las hermanas pronto muestran su facilidad para la artimaña, la astucia, la pequeña pillería. Sobre todo por la manera en que esos dos caracteres contrastan, en la disposición de Mi amiga del parque, con las tribulaciones tanto más reconocibles de la protagonista de la película, las dichas y desdichas de su modo de vida, la tipicidad burguesa de su cotidianeidad.

Las hermanas R suscitan en ella un interés singular (mucho más, por lo pronto, que esas otras madres con hijos pequeños, y padre ídem, que van a ese mismo parque y se le asemejan mucho más en cuanto a idiosincrasia social). Empieza, por eso mismo, a relacionarse con ellas o a dejarse envolver por ellas, a ser confiada con ellas o a ser incauta con ellas. ¿Hasta qué punto la protagonista se arrima a esas hermanas, o permite que ellas se le arrimen, tan sólo porque está desbordada con su vida, angustiada por la ausencia del marido, desestabilizada por su vivencia de la maternidad, desguarnecida y por eso mismo demasiado expuesta a quienes podrían querer aprovecharse de ella, con trances de desesperación que podrían dejarla a merced de algún inadvertido peligro?

Ana Katz introduce en la película indicios destinados a producir inquietud respecto de las hermanas R (a una de las cuales, Rosa, ella misma encarna). Liz, la protagonista, puede notarlos o descubrirlos; pero no por eso se decide a tomar distancia, a apartar a esas hermanas de su vida (por el contrario, las tiene dentro de su propia casa, les cede el cuidado de su propio hijo, accede a emprender el extraño viaje que ellas le proponen o le imponen).

La zozobra, de este modo, pasa del lado de los espectadores de la película, a quienes les toca lidiar, cada cual a su manera, con la creciente impresión de que convendría precaverse de las dos hermanas R (registrando, mientras tanto, hasta qué punto Liz no lo hace). ¿Por cuánto tiempo, entonces, a lo largo de Mi amiga del parque, dura en el espectador ese recelo? ¿Funciona cuando Rosa se va del bar sin pagar, cuando se queda con la plata de Liz, cuando le dice que no va a devolverle los cien pesos que le prestó para el taxi, cuando Liz descubre que la hermana de Rosa lleva un revólver en la cartera, cuando Rosa le impone un trueque marcadamente asimétrico de saquito lindo por camperita vulgar, cuando se conoce la historia del auto que Rosa ha birlado para hacer un inexplicado viaje a Mar del Plata?

Mi amiga del parque nos pone a confrontar, no ya con lo que ocurre en la pantalla, sino con nuestros propios prejuicios, activados en la butaca que ocupamos. Porque la película llega a su fin y, para decirlo sencillamente, termina bien, sin daño, con felicidad, sin que nada malo pase. Y entonces descubrimos hasta qué punto, en mayor o menor grado, por más o menos tiempo, funcionaron en nosotros diferentes prevenciones respecto de las hermanas R. Prevenciones motivadas, en última instancia, por su condición social: por la inscripción de clase de sus avivadas, de sus manejos, de su sentido de la lealtad, de sus preocupaciones o sus despreocupaciones, de su noción de amistad.

La fórmula de las películas que “nos hacen pensar” suele aplicarse a los casos en los que, en realidad, se nos lleva a pensar lo que en verdad ya pensábamos desde antes. Se nos devuelve nuestras certezas, nos sentimos confirmados. Lo que suscita Ana Katz es más incisivo y más interesante: activa nuestras reacciones, nuestros presentimientos, incluso nuestros reflejos, en contra de lo que pensamos, en contra de nuestras ideas y de nuestras convicciones asumidas. Esa descolocación (más que la autoconfirmación sosegante) es lo que provoca a pensar.


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