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Red Internacional

Ayer explotó una caldera en la escuela nº 342 de Neuquén, esta vez sin víctimas fatales.

Martes 3 de agosto | 12:46

Esto sucedió a tres años del crimen social que se llevó la vida de la docente Sandra Calamano y el auxiliar docente Rubén Rodríguez en la explosión de la escuela 49 de Moreno y a pocos días de cumplirse un mes de la muerte de docente Mónica Jara, víctima de la explosión de escuela 144 de Neuquén, donde también fallecieron dos operarios.

En Santa Fe se multiplican los abrazos a escuelas donde docentes y toda la comunidad educativa se movilizan reclamando obras de gas e infraestructura. Hace pocos días la Ministra de Educación Adriana Cantero, cuando una trabajadora le presentaba el problema, tuvo la desfachatez de responderle que seguramente no habían hecho los reclamos por las vías correspondientes.

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Todos y todas sabemos que el Estado es responsable. Pero nosotrxs lo gritamos a los cuatro vientos con los dientes apretados mientras que la Ministra irrespeta y miente.

No queremos llorar más Sandras, Rubenes ni Mónicas, no queremos que nuestrxs niñxs y jóvenes pasen frío, no nos queremos resignar a la ignominia de que la escuela sea un lugar para enfermarse y hasta para morir. La escuela es otra cosa.

Comparto, a modo de homenaje y sin dejar de exigir justicia, dos poemas escritos en ocasión de la muerte de Sandra y Rubén. Uno escrito por la docente y escritora Betty Jouve y otro por el trabajador del Anses y dirigente del PTS Octavio Crivaro.

A Sandra y Rubén

Como todas las mañanas preparar los desayunos,

para aplacar el hambre en las pancitas que llegan.

Con convicción subir la bandera,

Dar sentido al día a día: otra escuela será posible.

Si el mate cocido se convierte en utopía,

Si se transforman en asesinos los caños de gas,

Si la muerte se agazapa en la cocina de la escuela,

el estado está presente en cada uno de sus efectos letales.

Anestesia rima con amnesia.

Lo sabe la comunidad que se abraza.

Y desde el dolor enciende el fuego.

Que ahuyentará al olvido que todo lo carcome.

Arman rondas al son de la orquesta niña.

Se reinventan y desarman la trampa.

Para que las amenazas no amenacen.

Se enlazan, se arropan. Y marchan.

Betty Jouve

Donde crecen dudas.

Y siembran respuestas.

Y suena música.

Y tejen discursos.

Donde huérfanos ríen.

Donde los cascabeles son

la música de fondo

de las miserias ubicuas.

Donde se conoce el ritmo,

la broma.

La bruma.

La suma.

Y la resta.

Que resta siempre

En la vida-reloj de arena.

Y la margarina.

Y el pan maquillado.

Y el azúcar en la margarina.

Y las maestras gasistas.

Y las maestras madres.

Y las maestras revolucionarias.

Anónimas.

Sonoras.

Pluscuamperfectas.

Tiernas.

Duras.

Silenciosas.

Melódicas.

Metódicas.

Punzantes.

Como un arma letal

con balas de peluche.

Y las caricias sin

el contrato del apellido.

Y el reloj sin pilas

de amor sin obligaciones.

Donde nacen mujeres.

Y lloran hombres.

Donde se come lo que hay.

Y se abraza lo que no hay.

Donde falta/sobra

empata/y va a penales

un partido con el árbitro

con la camiseta del contrera.

Y los delantales son

manta.

Toalla.

Y algodón en la nariz.

Donde Sandras sanan.

Y Rubenes emparchan.

La vida sin carne.

La mano sin condiciones.

Las escuelas no están ahí para que muera nadie.

Octavio Crivaro




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