Política

TRIBUNA ABIERTA // OPINIÓN

La derecha y las teorías conspirativas: nada nuevo bajo el sol

Las movilizaciones del 17A mostraron un variopinto grupo de derechistas con argumentos basados en raras teorías conspirativas. Pero la vinculación entre las derechas y la conspiranoia no es nueva. Desde la señera derecha oligárquica hasta las alas derechas del peronismo y la triple A supieron cultivar argumentos tan estrafalarios como los que podemos escuchar hoy.

Viernes 21 de agosto | 21:35

Foto de Joaquín Díaz Reck

De todo acontecimiento histórico quedan registros que permiten retratar el clima socio político de la época. Sin lugar a duda, el tránsito de nuestro país por la pandemia dejara sus particulares huellas.

Entre las postales más destacadas por su extravagancia y desvarío quedará la multiplicidad de voces que se alzaron para denunciar una serie de conjuros y conspiraciones. Pretenden explicar el surgimiento de la pandemia por los usos y fines ocultos de un poder difuso y extendido.

En sucesivas manifestaciones en contra de las medidas sanitarias adoptadas por el gobierno nacional pudimos oír como «las políticas sanitarias son en realidad una fachada para instaurar una dictadura comunista» o cómo «el Covid 19 fue un producto de laboratorio pergeñado por el Nuevo Orden Mundial encabezado por Soros y Bill Gates, que, con la excusa de neutralizarlo mediante sus vacunas a base de fetos humanos, buscarían inocular a la población un chip, que a partir de la tecnología del 5G permitiría asumir el control total y absoluto de nuestras vidas».

Más allá de lo bizarro de estas expresiones, surgen una serie de interrogantes en clave política que vale la pena explorar. ¿Cuál es el vector ideológico que permite vertebrar éstos discursos delirantes? ¿Cuál es la tradición política y la encarnadura social de esas expresiones? ¿Existe alguna posibilidad de que anclen en un sector de masas significativo?

Los grupos nacionalistas y derechistas, a lo largo de la historia, han sido muy afectos a la elaboración de teorías conspirativas a la hora de explicar la realidad política y social, así como para justificar sus objetivos y accionar. Podemos mencionar el supuesto complot maximalista fogueado por el judeomarxismo a principios del siglo XX, que la Liga Patriótica transformó en baño de sangre obrera junto a las fuerzas estatales en la Semana trágica.

También la conspiración de la Sinarquía Internacional, que fuera revelada por Carlos Disandro, un oscuro profesor de griego y latín y, a la postre, uno de los ideólogos principales en la conformación de la Triple A. Por su parte, Walter Beveraggi Allende fue autor y divulgador del Plan Andinia, que escondería el objetivo de transformar a la Patagonia argentina en la nueva Sion, la segunda Israel. De más está decir que jamás se encontró una sola fuente que probara estas teorías.

También podemos encontrar episodios más acotados, menos grandilocuentes, aunque inscritos en la misma lógica. Duhalde y sus funcionarios denunciando un plan insurreccional en curso por parte del movimiento piquetero, como preludio de la masacre de Avellaneda, o Bullrich alertando sobre el accionar terrorista de la RAM con el objetivo de crear un Estado Mapuche junto a movimientos separatistas en ambos lados de la cordillera, y encubriendo así la desaparición forzada seguida de muerte de Santiago Maldonado.

A grandes rasgos la derecha vernácula tiene dos vertientes. Una de raigambre oligárquica y liberal, «gorila», que tuvo en la Liga Patriótica su expresión civil más radicalizada, expresada luego en el ala «colorada» de las Fuerzas Armadas, y, como coalición política y social más definida, en la «Revolución Libertadora» o la última dictadura.

La otra variante es de corte más nacionalista, entronca históricamente con el ascenso del nazi fascismo, que irrumpe en el país con el golpe de Uriburu y que tuvo a Carlos Ibarguren como uno de sus primeros teóricos. Esa derecha que suele ubicar a San Martín, Rosas y Perón como su fuente de inspiración. Este ala fue la que más claramente estableció la simbiosis entre la tradición y el ser nacional, el ejército y el catolicismo, y quien más preponderancia le dio a la impronta castrense en su movimiento. Es allí donde podemos encontrar alguna clave y arriesgar alguna hipótesis.

Si para el «ala liberal-oligárquica» lo que se juega es de manera desembozada el odio de clase, en el ala nacionalista eso se conjuga con sus rasgos culturales. Desde el punto de vista militar es muy importante caracterizar al enemigo, identificar sus objetivos, desentrañar su estrategia y, sobre esa base, diseñar el plan de acción y concentrar la fuerza. Por lo tanto, éste sector necesita que sus enemigos —que objetivamente los tiene— asuman un carácter monstruoso, maléfico y sobredimensionado, no solo para establecer el efecto maniqueo de la lucha entre el bien y el mal, sino para justificar la determinación y brutalidad de su programa y sus métodos.

Mientras que el ala liberal parece tener encausada su expresión política mediante la representación Cambiemita, (y en su ala más radical en el eje Espert - Milei), en el caso del sector nacionalista ésto parece más difuso. Parece poco probable que expresiones como Bandera Vecinal o Proyecto Segunda República, en principio muy marginales, ganen predicamento en amplios sectores de masas y logren así encarnadura política con perspectiva de acceso al poder. No al menos a partir de estas variantes extremas. En todo caso, el riesgo latente sigue anidando en sus versiones larvadas, en el seno del peronismo. Y allí está Sergio Berni, el carapintada, el agente infiltrado entre los mineros de Río Turbio, el Ministro de Seguridad que gusta portar armas largas y ostentar uniforme de grupo comando, cómo figura política más destacadas y con pretensiones de acaudillar ese espectro ideológico.

Las secuelas de la pandemia seguramente agudizarán los efectos de una crisis económica y social que lleva tiempo golpeando a amplios sectores del pueblo trabajador. Por lo que es de esperar, también, una escalada en la lucha de clases. Contextos como éste son propicios para la adopción de medidas drásticas y programas radicales. Y en la medida en que éstas no provengan desde la izquierda revolucionaria, ofreciendo a partir de la clase obrera una salida para el pueblo oprimido en su conjunto, podrían cobrar fuerza el predicamento ultramontano y fascista de la derecha.







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