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Red Internacional

Opinión. La crisis y los discursos de odio contra la lucha de clases

El sentido estratégico del ataque coordinado contra el conflicto del neumático, que no es solo el neumático. De Bullrich a Espert. De la Sociedad Rural a Massa y Moroni. De una corpo a la otra. La crisis del régimen y sus preocupaciones: lo que cierra por arriba, no necesariamente cierra por abajo. La administración precaria de la coyuntura y los problemas de fondo que se juegan en cada batalla.

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Martes 27 de septiembre | 21:15

Sábado por la tarde. No hay paz de fin de semana en las redacciones de algunos diarios, sino que suenan tambores de guerra. De periodismo de guerra. De forma simultánea, indudablemente coordinada, los tres diarios digitales más leídos de la Argentina encabezan sus portadas con consignas de combate. Esta vez, los discursos de odio que emanan de sus pantallas son contra trabajadores que reclaman por sus derechos. Más precisamente, contra los del neumático. “Salvaje paro sindical”. “Extorsión gremial”. Eso es lo que se puede leer en sus titulares.

De periodismo serio, ni hablar. Hay preocupación en las clases dominantes por la conflictividad social y de lo que se trata no es de hablar con la verdad, sino de construir un enemigo. Señalar. Estigmatizar para buscar derrotar. Apuntar a crear un chivo expiatorio para culparlo de los problemas de una economía en crisis, desviando la atención sobre los verdaderos responsables. A ver si todavía prende el ejemplo y después no se lo puede frenar. O a ver si queda demasiado en evidencia que cuando los obreros paran, se demuestra quién mueve el mundo. Alerta: reuniones de emergencia en la industria automotriz por este tema.

La campaña no sale solamente desde esas usinas mediáticas. Pocos días antes, el diputado liberfacho José Luis Espert había pedido resolver el conflicto del neumático con “cárcel o bala” contra los trabajadores. Y aunque le llovieron los repudios, cantó retruco hablando de “mafias sindicales” poco después.

Pero hay competencia en la derecha: Patricia Bullrich no quiso ser menos, se acercó hasta la planta de Bridgestone y desde ahí grabó un video contra la “extorsión de las mafias sindicales”. Mauricio Macri, por su parte, habló hace pocos días en su cuenta de Twitter de “aprietes gremiales” y “medidas extorsivas” contra una Pyme. En la Ciudad de Buenos Aires, también la ministra de Educación del Gobierno de Horacio Rodríguez Larreta, Soledad Acuña, acusa de tomar “medidas violentas” a los estudiantes secundarios que se organizan y pelean por sus reclamos.

Alguien más habló de “extorsión gremial”: la Sociedad Rural. Y la lista sigue. Pero con estos ejemplos alcanza para una primera definición: estamos ante una campaña orquestada de discursos de odio contra la lucha de clases. Hay competencia electoral por un espacio de derecha, sí, pero también hay preocupación en las clases dominantes, porque hay algo que no cierra. Volveremos sobre eso más abajo.

Sería un error, de todos modos, pensar que la campaña contra las luchas viene solamente desde la oposición de derecha. El Gobierno nacional había creado el contexto. Con un ministerio de Trabajo que parece una gerencia de Recursos Humanos de las empresas y funcionarios que declaran en los medios contra los trabajadores. O antes, con el ministro Zabaleta estigmatizando a los movimientos sociales que protestan en las calles.

Más aún: este martes fue el oficialismo el que redobló la apuesta. El propio Sergio Massa anunció que si el miércoles no hay acuerdo, liberará la importación de neumáticos. En una Argentina en la que supuestamente faltan dólares, parece que sí los hay cuando se trata de querer derrotar una lucha obrera. Sin muchas diferencias con el discurso de la derecha mediática y política, el ministro de Economía habló del problema que significa que "un grupo muy chiquito ponga en riesgo 150 mil empleos, más de 1.000 autopartistas, todas las terminales automotrices”.

Pero hay un problema. Ese grupo no es tan chiquito. Y genera simpatías en los millones que se sienten identificados, en los que ven cómo sus ingresos se deterioran cada día mientras sus dirigentes sindicales no hacen nada. Algunos ven en esta lucha un demonio. Otros esperanza. El SUTNA tiene que triunfar. Indudablemente, ya es un conflicto testigo.

La construcción del enemigo

El contexto de esta campaña de discursos de odio contra la lucha de clases no es casual. Una serie de elementos se conjugan para explicar por qué dio un salto en estos días. Junto a los elementos de coyuntura, y a las especulaciones electorales por ver quién hace más demagogia de derecha, se pone en juego un problema estratégico: aquel de construir las relaciones de fuerza que necesitan las clases dominantes no sólo para la administración precaria de la crítica situación actual sino también, y más de fondo, para aplicar los planes de salida a una crisis que se prolonga pateando los problemas para adelante, sin resolver ninguno de sus desequilibrios estructurales. En su tablero de guerra, buscan crear las condiciones para avanzar en reformas estructurales y planes de ajuste más draconianos que, desde su punto de vista, saquen a la Argentina de la crisis. Es lo que les pide el FMI. Es el horizonte que plantea la crisis de deuda que tiene el país. Es lo que necesita el plan de saqueo extractivista. Para eso necesitan más Daer y menos obreros, mujeres y jóvenes combativos. Esa es la batalla de fondo, porque si tomamos el destino en nuestras manos, podemos dar vuelta la historia.

Acerquemos el zoom. Veamos detrás de la grieta y del humo mediático para ver cómo viene la gestión de la crisis. Retrocedamos en el tiempo. Julio de 2019, antes de las elecciones presidenciales. Un economista ortodoxo, de derecha, sorprende con una frase. Guillermo Calvo sentencia, suelto de cuerpo, que “Cristina es lo mejor que le puede pasar al país”. La explicación venía a continuación: “Va a aplicar el ajuste con apoyo popular, culpando al gobernante previo”.

En buena medida, se puede decir que tuvo algo de razón. En casi 3 años de Gobierno, el Frente de Todos prestó un gran servicio a las clases dominantes, logrando hacer lo contrario de lo que había prometido en la campaña electoral sin perder el control de la situación. Aplicó ajustes, continuó el ataque al bolsillo de la era de Macri, reprimió luchas populares como en Guernica y legitimó la deuda del Gobierno anterior que antes había denunciado como ilegal. El "apoyo popular" del que hablaba Calvo en parte lo fue perdiendo y perdieron las elecciones de 2021. Pero igual no es poca cosa lo hecho hasta aquí.

Sin embargo, la precariedad de esa política quedó expresada en las sucesivas crisis del Frente de Todos y, sobre todo, se avisora como problema ante lo que viene, que es el incierto futuro del nuevo orden massista con plan de redoblar los ajustes y las concesiones a los poderosos.

Lo que cierra por arriba, no necesariamente cierra por abajo. Las felicitaciones del FMI hacia Massa, los aplausos empresarios o el silencio de Cristina que de momento acompaña sin críticas, no tienen su correlato en la vida real de la gente. Si las reacciones frente al repudiable atentado contra la vicepresidenta habían dado indicios de la crisis del régimen de partidos en Argentina, y del fuerte descontento social y descreimiento de amplios sectores con "la política", hoy es la lucha de clases la que podría estar siendo un síntoma por izquierda en ese mismo sentido. Mientras "la política" piensa en el 2023, son millones los que apenas piensan en llegar a fin de mes.

El amague de Pablo Moyano de renunciar a la CGT es expresión de estas contradicciones de un Gobierno que con sus planes de ajuste ataca a su propia base social y electoral. También lo son las declaraciones de un periodista ultra K como Roberto Navarro, avisando que "no puedo votar a gente que no defiende el salario de los trabajadores". El doble juego será cuestión de análisis en otro momento. Por ahora, anotémoslo como síntoma de una situación política y social.

Hay pasto seco. No hace falta extenderse sobre eso. Una inflación del 78,5 % en los últimos doce meses explica por sí misma gran parte del descontento social. Un 37,8 % de trabajo no registrado (el índice más alto en los últimos siete años), habla de la enorme gravedad de la precarización laboral. Entre el macrismo primero y el Frente de Todos después, están haciendo una reforma laboral de hecho. Muchos de quienes tienen trabajo, buscan más trabajo. Porque se instaló en el escenario actual que se puede ser trabajador y ser pobre. Millones lo son y se las rebuscan como pueden. El multiempleo está a la orden del día.

En ese marco aparece la lucha de clases como problema estratégico, porque cada vez son más los sectores que no están dispuestos a resignarse. Las últimas semanas han sido elocuentes al respecto. El SUTNA no es el SUTNA. Son también las y los docentes de todo el país que protagonizaron el primer paro nacional del gremio en lo que va de este Gobierno, con fuerte acatamiento en el AMBA pero también grandes paros y movilizaciones en provincias del interior del país como Mendoza, Santa Fe o Córdoba, entre otras. Son las y los trabajadores de la salud y estatales que reclaman en todo el país y protagonizan asambleas y marchas de miles. Son los que se plantan contra los recortes como en discapacidad y en la cultura. Son los movimientos sociales opositores que están presentes en las calles contra la desocupación y la precarización. Los que se movilizan y cortan puentes como en Rosario por los incendios y exigiendo la Ley de Humedales. Son los trabajadores del subte, que en la Línea B pararon contra las agresiones patronales. Son los pibes y las pibas secundarios que toman colegios por problemas edilicios, falta de viandas y contra las prácticas laborales obligatorias. Son los obreros y obreras de Georgalos que paran y se organizan contra el acoso y hostigamiento por parte de coordinadores de la fábrica. Son lxs que se organizan para ir al 35º Encuentro Plurinacional de mujeres y disidencias para pelear por sus derechos.

Son ellos. Son ellas. Y muchxs más. Para las clases dominantes, son el fantasma de la lucha de clases. Contra los que se ponen de pie van dirigidos estos discursos de odio. Porque si ganan, serán un punto de apoyo para otros quieran salir a reclamar lo suyo y que la historia de esta ya larguísima crisis pueda empezar a cambiar. Por eso, del otro lado, hay que apostar a coordinar a los que luchan y exigir un paro general a las cúpulas sindicales. Y en ese camino, sembrar también las ideas y el programa para otra salida a la crisis. Construyendo un gran partido socialista de la clase trabajadora que sea una alternativa a esta decadencia a la que nos llevaron el peronismo y la oposición de derecha, o a los liberfachos que piden aún más ataques. Porque no se trata solamente de cambiar tal o cual cosa, sino de dar vuelta la historia.

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