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Red Internacional

Opinión. La crisis, el kirchnerismo y la corta "luna de miel" de Sergio Massa

A poco más de dos meses de la asunción de Sergio Massa, las internas políticas, el malestar social y la lucha de clases son indicadores de la llegada de un nuevo momento político. La razón de fondo: el plan de emergencia no cierra con parte de la propia base social del Frente de Todos. El gran triunfo del neumático ayuda a elevar las aspiraciones de toda la clase trabajadora. Mejores posibilidades para la izquierda en un marco de mayor conflictividad social y descrédito del régimen.

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Miércoles 5 de octubre | 21:03

Dice el mito, o la costumbre, que un nuevo Gobierno goza de 100 días de luna de miel desde que asume. Durante ese lapso, se suele decir que a una nueva gestión se le da tiempo para mostrar su programa y tomar las primeras medidas que le den la oportunidad de marcar lo que será el rumbo de su gestión.

Hay quienes dicen que la idea se remonta a la época de Franklin D. Roosevelt, quien durante ese período de tiempo, en 1933, consiguió que el Congreso de Estados Unidos le aprobara más de 70 proyectos de ley que dieron forma a lo que después serían su gestión y su legado.

Sergio Massa, no caben dudas, asumió en circunstancias especiales. No es realmente un nuevo presidente, ni fue elegido por el voto popular. Se trata de un nuevo Gobierno, sí, pero surgido de un operativo de emergencia que, ante el abismo de la crisis, aceleró una componenda entre las principales figuras del Frente de Todos que dejó a Alberto Fernández como una figura decorativa y catapultó al dirigente de Tigre al lugar central del Poder Ejecutivo Nacional.

Quizás por esta especial combinación de elementos, su "luna de miel" no fue tal, o al menos no duró 100 días, sino que el crédito parece agotársele más rápido. No es que no haya habido un período de gracia: durante casi dos meses, buena parte del régimen político, y especialmente el kirchnerismo, lo dejó hacer. Aquel 3 de agosto en el que asumió el nuevo superministro, un giro brusco se produjo en la ubicación del espacio de la vicepresidenta. Las críticas constantes a la política de Martín Guzmán dieron paso a un silencio ensordecedor respecto del plan económico, y no por buenos motivos: los anuncios de la nueva gestión implican un ajuste aún más duro que el que implementaba antes el profesor de Columbia. Durante este tiempo, Massa pudo anunciar fuertes ajustes fiscales, tarifazos, beneficios a sectores como el agropower, aumentos de tasas de interés y juramentarse ante Kristalina Georgieva para cumplir las duras metas del FMI, sin sufrir fuego amigo desde las propias filas del oficialismo. El motivo de fondo lo hemos explicado en otras ocasiones: un operativo de emergencia fue habilitado desde el hoy famoso departamento de la calle Juncal cuando una corrida cambiaria le mostró al Gobierno lo cerca que estaba ya no de una crisis, sino del abismo, de caer al precipicio sin retorno.

Sin embargo, ese momento político parece estar llegando a su fin, y no podía ser de otra manera: las medidas activadas para salir de la emergencia no representaron ningún alivio social, ni solución a las contradicciones estructurales de la economía del país, sino todo lo contrario. La política económica del Frente de Todos castiga a su propia base social y electoral, lo cual no hace más que incubar nuevos episodios de inestabilidad, en un país que atraviesa una crisis muy profunda y en un marco internacional de pura incertidumbre, con posibilidades de encaminarse a una recesión mundial. Las internas políticas, el malestar social y la lucha de clases son los indicadores que muestran la llegada de una nueva coyuntura política.

Desde las propias filas del Frente de Todos, fue Cristina Kirchner quien marcó los tiempos para un giro, con un tuit que expuso las contradicciones que no cierran. El 28 de septiembre, 56 días después de la asunción de Massa, la vicepresidenta lanzó su primera advertencia respecto del plan económico: desde su cuenta de Twitter felicitó al ministro por su rol en la emergencia para evitar una brusca devaluación, dólar soja mediante, pero advirtió sobre las consecuencias políticas y sociales del plan que ella misma apoya. Concretamente, la vicepresidenta mostró preocupación por el aumento de la indigencia y pidió una “intervención más precisa y efectiva” para mitigar el fuerte impacto del aumento de los alimentos.

Los datos que dieron contexto al tuit los había dado a conocer el INDEC ese mismo día. Durante el primer semestre de 2022 la pobreza se ubicaba en un 36,5 % y la indigencia en un 8,8 %. Sin embargo, esas cifras, de por sí muy graves, están atrasadas, ya que no reflejan aún el fuerte impacto de la corrida cambiaria y la aceleración inflacionaria de los últimos meses. De acuerdo a todos los especialistas, la situación es ahora aún peor.

Resulta difícil ver en ese tuit de Cristina Kirchner una jugada aislada. Por esos mismos días, y mientras algún portal digital alineado con el kirchnerismo comenzaba a cambiar su línea editorial, también algunos dirigentes sindicales, de esos que dejaron pasar todo en los últimos años, cambiaban su ubicación: Pablo Moyano hizo su amague de retirarse de la conducción de la CGT y Hugo Yasky -después de meses de no haber hecho nada para apoyar el conflicto- sacó en nombre de la CTA un comunicado contra Sergio Massa por el rol del funcionario en la lucha del neumático. Por su parte, distintos dirigentes de La Cámpora comenzaban a cambiar el tono de sus declaraciones.

Quien fue más lejos en este sentido fue el propio Máximo Kirchner, cuando el pasado sábado, desde Morón, se preguntó “por qué nuestro país fue puesto de rodillas por las cerealeras a las que hubo que generarles otro dólar para que liquidaran lo que se produce en nuestro suelo”. El hijo de la vicepresidenta también cuestionó en su alocución el hecho de que se llame extorsionadores a obreros como los del neumático que reclaman por sus derechos y no a quienes chantajean con una devaluación para obtener más beneficios. Su compañero en la conducción en La Cámpora, Andrés “el Cuervo” Larroque, definió la preocupación de fondo unos días después: “salimos de terapia intensiva, con todos los indicadores al límite, y hoy estamos en terapia intermedia”. Dicho de otro modo: con el dólar soja zafamos de lo peor, pero la crisis sigue siendo muy grave. Ningún problema de fondo ha sido solucionado. Nosotros agregaríamos: incluso algunos se han agravado.

Alguna voz en off, desde el massismo, quiso por estos días bajarle el precio a estas delimitaciones y alejar del quinto piso del Palacio de Hacienda al fantasma de Martín Guzmán, asegurando que no hay cortocircuitos entre el ministro de Economía actual y la vicepresidenta, sino que desde el kirchnerismo hacen, con toda lógica, declaraciones para cuidar su base electoral, atravesada por un fuerte descontento. No se puede descartar que así sea: las segundas partes nunca son buenas y aún no está claro que el kirchnerismo quiera repetir la historia, fallida, de sus enfrentamientos con el primer ministro de Economía del Frente de Todos. Algo sí es seguro: el kirchnerismo busca despegarse de los costos políticos y sociales de sus propias políticas. Sin embargo, así como no era verosímil anteriormente que esperaran algo muy distinto de Alberto Fernández, el amigo de las corporaciones como Clarín y la Sociedad Rural que eligieron como presidente, tampoco parece fácil pensar hoy que realmente esperaran algo mucho mejor para las grandes mayorías de parte del amigo de la embajada yanqui que acordaron colocar con amplia concentración de poderes en el ministerio de Economía.

Más importante aún es que estos reacomodamientos expresan que lo que en un principio cerró por arriba, no cerró por abajo. Como analizamos la semana pasada, una de las consecuencias del atentado contra Cristina Kirchner fue que dejó al desnudo el fuerte descreimiento y separación de amplias franjas de la población con “la política” después de largos años de crisis y fracaso de los sucesivos gobiernos. En ese marco, los primeros dos meses de Sergio Massa sacaron quizás al Frente de Todos de “terapia intensiva”, pero el Gobierno, con sus medidas de ajuste, no hace más que seguir profundizando la crisis del espacio con amplios sectores de su base social. Tampoco lo ayudan mucho para congraciarse con los espacios progresistas sus acciones represivas, como la que ejecutaron en la Patagonia esta semana con casi 300 efectivos de fuerzas federales que desembarcaron pertrechados y con tanquetas en la zona de Villa Mascardi para desalojar por la fuerza a la comunidad Lafken Winkul Mapu y llevarse presos a mujeres y niños.

Con una inflación mensual del 7 % que se acerca a los tres dígitos para fin de año, niveles de pobreza e indigencia superiores a los que había dejado Macri, precarización laboral con tasas de empleo no registrado que alcanzan las marcas más altas en siete años y un futuro próximo que lo mejor que tiene para ofrecer es estanflación, no hace más que incubarse la profundización de una crisis política y social.

En ese marco, irrumpió en el centro de la escena nacional la lucha de clases.

La lucha de clases y lo que viene desde abajo

Antes de pedir un 131 % de aumento para la paritaria de su gremio, Pablo Moyano había avisado: “Si a Camioneros no le hacen una propuesta seria, el paro del neumático va a ser un poroto".

Sería difícil encontrar una anécdota más precisa para graficar la importancia del gran triunfo de la lucha de los obreros del neumático, que no es solo una victoria para el gremio, sino que sirve de ejemplo y ayuda a elevar la moral y las aspiraciones de toda la clase trabajadora.
Hoy las paritarias se discuten luego de una gran pelea que dejó abierto un camino que demuestra que se puede defender el salario y las condiciones laborales con la lucha.

Hay un contexto para una mirada de más largo plazo: venimos de años durante los cuales todas las alas de las cúpulas sindicales y el kirchnerismo convocaron, básicamente, a no hacer nada. A dejar que la crisis siga su curso y empeoren las condiciones de vida, porque hay que bancar al Gobierno contra la derecha. Por el mal menor. Porque no da la relación de fuerzas. Por el argumento que sea, siempre que implique no luchar. Así pasaron años de ajuste, con Macri primero, con el Frente de Todos después, y se llegó a la situación social límite que se vive actualmente.

Aun así, no pudieron impedir que desde abajo surgieran luchas importantes durante todo este tiempo, como los procesos de autoconvocados en distintos lugares del país, luchas emblemáticas por la vivienda como en Guernica y tantos otros lugares, la de los trabajadores y trabajadoras de la salud de Neuquén, las luchas ambientales contra el extractivismo como en Mendoza o Chubut, por los humedales en una Rosario cubierta de humo, les estudiantes secundaries que hoy se ponen de pie o las movilizaciones permanentes de los movimientos piqueteros, entre muchísimos otros casos.

Hoy la pelea del neumático da un nuevo impulso a esa lucha de clases que quisieron enterrar diciendo que había que aceptar con la cabeza gacha los planes de Massa y el FMI. Al haber sido una lucha testigo, transmitida por TV a todo el país, concitando la atención de millones y enfrentando a duros enemigos, se transformó en un ejemplo de que se puede luchar y ganar. Una bofetada a los militantes de la resignación permanente.

Como dice el suplemento impreso de La Izquierda Diario que por estas horas se reparte por decenas de miles en todo el país, queda una conclusión profunda: “con la burocracia sindical peronista la clase obrera viene perdiendo. Quedó demostrado que, con la unidad de la clase, la organización y la lucha decidida, y con el apoyo de la izquierda, se puede luchar y ganarle a las patronales que atacan a la clase obrera”.

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Los medios de comunicación jugaron un enorme rol pedagógico: quedó a la vista de millones un ejemplo, en pequeño, de que la unidad entre la clase trabajadora y la izquierda puede dar otra salida a la crisis que no sea seguir perdiendo. Hoy es comentario repetido en miles de lugares de trabajo que hay que hacer como los obreros del SUTNA.

Eso no quiere decir que la tarea sea fácil. Por eso hoy más que nunca es necesario darle impulso a todas las luchas que están en curso, que son muchas, y también plantear la idea de convocar a un gran Encuentro que ponga en pie una una Coordinadora Nacional de ocupados y desocupados que reúna a miles de trabajadores y trabajadoras de todo el país, para unir a quienes vienen peleando contra el ajuste, tener más fuerza para nuestras peleas y para imponer un paro nacional y plan de lucha para derrotar el plan de ajuste. Hoy está más claro que nunca que se puede, y hay que imponérselo a las burocracias sindicales.

Hay otro elemento que es central: han mejorado las condiciones para pelear por construir un gran partido socialista de la clase trabajadora. Contra todos quienes dicen que la prolongada crisis del régimen de partidos en Argentina y los fracasos sucesivos del macrismo y del peronismo solo pueden dar lugar a giros reaccionarios, queda claro que al final la rebeldía no era solo de derecha. La irrupción de la lucha de clases (que no será lineal sino con flujos y reflujos), la crisis del Gobierno, el descrédito para millones de la derecha opositora imbuída en sus propias internas que solo sabe pedir más ajustes y el rol de la izquierda junto a los trabajadores visto por millones por TV, dan un renovado impulso a la tarea de construir una alternativa de izquierda, socialista y revolucionaria. Desde esta perspectiva, es que el PTS junto a miles de compañeros y compañeras está impulsando asambleas en todo el país, a las cuales te invitamos a ser parte para discutir y organizarnos para esta perspectiva. Sumate.


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