OPINIÓN

La ceremonia que el populismo latinoamericano le prepara a la derecha

Los intelectuales, analistas políticos y periodistas del “campo progresista” no hacen más que diseñar el ropaje ideológico de una estrategia política que ya mostró en Brasil toda su impotencia para enfrentar en serio la avanzada derechista impulsada por Trump desde el imperio norteamericano. Venezuela es hoy el escenario de disputa. ¿Cómo se expresa esa política ahora? ¿Cuál es, entonces, la política para vencer?

Ignacio Vázquez

Estudiante en la Facultad de Filosofía y Letras (UBA) @nachovaz

Sábado 2 de febrero de 2019 | 14:00

Venezuela se ha convertido a los ojos del mundo en un prisma que deja ver todos los matices de los agrupamientos políticos del momento.

En el plano mundial es el nuevo campo de operaciones de la disputa geopolítica entre la potencia hegemónica en decadencia, Estados Unidos, y nuevas fuerzas en ascenso, como lo son China y Rusia, donde la primera se encuentra claramente a la cabeza y puja por la conquista de la hegemonía mundial.

La disputa concreta entre los principales actores mundiales la podemos ubicar en torno al petróleo (Venezuela es el país con las mayores reservas de petróleo del mundo), pero estaríamos siendo demasiado simplistas si no observamos que lo que enmarca este choque es una lucha mundial por zonas de influencia.

Estados Unidos juega la carta ofensiva con el objetivo de recuperar terreno perdido y reconquistar su hegemonía mundial. China es más cauta y opta por mantener un esquema mundial pacífico y de cooperación que fue lo que le permitió crecer durante tantos años y llegar a esta situación. Rusia no creció ni crece al nivel de China, pero teje las alianzas necesarias para crecer como actor geopolítico de peso, cuestión que está estrechamente ligada al retroceso mundial de Norteamérica.

Latinoamérica, el anfitrión de la disputa

Desde el ascenso de los llamados gobiernos posneoliberales, China fue avanzando sobre Estados Unidos en la región. El gigante asiático se ha convertido en el principal socio comercial de Brasil, Argentina, Chile, Perú y Uruguay; y ha superado a Estados Unidos como proveedor de Paraguay y Bolivia. Este retroceso económico del imperio norteamericano en la región estuvo ligado a un relativo distanciamiento en el alineamiento político de los gobiernos latinoamericanos.

El mundo que articuló Estados Unidos a partir de la caída del muro de Berlín le proporcionó las condiciones a China para que creciera prácticamente sin obstáculos hasta llegar a representar un peligro muy concreto al dominio mundial del país de Ronald McDonald. Por eso hoy estamos viendo el intento de re-conquista de uno de sus bastiones mundiales.

Sin embargo, este proceso resulta contradictorio no solo porque Trump (el general encargado de esta campaña) viene de perder las elecciones de medio término en Estados Unidos y cuenta con una imagen muy negativa en América Latina (incluso inferior a China), sino también porque los gobiernos títere que el imperialismo conquistó, ya sea de manera “pacífica y legal” con Macri y Piñera, o de manera golpista con Bolsonaro y como pretende hacer con Guaidó en Venezuela, son gobiernos extremadamente débiles, con una imagen también negativa y cuya capacidad de imponer los golpes a la clase trabajadora que la burguesía necesita es francamente dudosa.

Ahora bien, no podemos olvidar que, aunque tenga sus límites, esta cruzada imperialista no se hace sobre el vacío, sino que opera sobre el mismo terreno que ocuparon los gobiernos posneoliberales. Esto quiere decir que si la derecha está avanzando, es porque no está encontrando ni el más mínimo rastro de resistencia de las fuerzas políticas que gobernaron la región durante más de una década. El silencio de Cristina ante la situación lo dice todo.

La ceremonia populista

Está fresco en la memoria el golpe institucional que vivió Brasil y que parió a Bolsonaro, cipayo absoluto del imperio norteamericano. Fresca también está la nefasta estrategia que levantó el PT de Lula ante esta avanzada golpista que llegó al extremo de encarcelar a su candidato, que contaba con la mayor intención de voto y que se le prohibió siquiera hablar.

El partido de Lula dirige el sindicato más grande de Latinoamérica, la CUT. Sin embargo, su línea fue la de contener el descontento del pueblo generado por la situación de crisis y el proceso golpista y direccionarlo hacia las elecciones, un terreno desde el principio manipulado y preparado para el triunfo de la derecha. Allí buscaron aliarse con espacios políticos que apoyaban el golpe, pero no a Bolsonaro en particular. Mientras que durante todo este proceso avanzaban los grupos fachos que asesinaron a Marielle Franco y a Mestre Moa, además de protagonizar golpizas y persecuciones a miembros de la comunidad LGTBI. La derecha llegó al poder y los fachos inflaron el pecho.

En Argentina, más allá de que no hubo un golpe de estado, la estrategia del peronismo y del kirchnerismo es esencialmente la misma. Ellos dirigen las principales centrales obreras del país, cuya fuerza tiene la capacidad de frenar los planes ajustadores de Macri. Sin embargo, trabajan para que la bronca que generan los tarifazos, la desfinanciación de la salud y la educación, los despidos y el castigo a los jubilados se convierta no en un motor de movilización y organización de los trabajadores, sino en un caudal de votos para su armado político con el peronismo amigo de Trump.

Es evidente que ante una situación de ataques más profundos van a jugar el mismo rol de contención y desvío que lleva a la derrota, nada más que en una escala mayor y con consecuencias catastróficas para el pueblo. En el fondo, el objetivo es evitar a toda costa que los trabajadores tomen la política en sus manos, se organicen por sus propios intereses y amenacen el poder de la burguesía.

Y lo decimos ahora: esta incapacidad de afectar en profundidad los intereses de la clase dominante los va a llevar inevitablemente, en el caso de que vuelvan al gobierno, a aplicar los latigazos que el FMI, los grandes empresarios y especuladores le exijan.

El resultado de esta estrategia, de Latinoamérica a China pasando por Europa, es la desmoralización. Esa es su savia vital, su néctar. La lucha se contiene mientras los golpes pasan, al enemigo lo inflan como a un globo y el desaliento que queda como saldo termina nutriendo la idea de que lo único que se puede hacer es votar a golpistas o a peronistas adictos al imperio.

Ahora bien, Venezuela es una situación muy particular, que arrastra otro modelo económico y político y que vive hoy una situación de emergencia absoluta: la pobreza es casi total, los alimentos escasean y la violencia, estimulada por las brutales represiones del gobierno de Maduro, es extrema. Aun así, hay dos elementos que son un denominador común en toda la región: el carácter del gobierno que generó esta situación y la estrategia para hacer frente a la salida que busca el imperialismo, que no puede traer sino más miseria.

El gobierno de Maduro es el inevitable destino de la estructura que montó el chavismo: economía encadenada al precio internacional del petróleo (96 de cada 100 dólares provienen de ahí) y fuerte presencia del militarismo. Pero el otro factor que permite hacer un agrupamiento con los demás gobiernos de la región es el hecho de que ni Chávez quería ni Maduro quiere tocar los intereses de los capitalistas: empresarios, banqueros, terratenientes y especuladores. Las empresas nacionalizadas fueron indemnizadas y las demás siguieron y siguen haciendo negocios con el petróleo venezolano. Los empresarios y la casta estatal que, entre otras cosas, maneja la fuente de las riquezas del país que es la empresa petrolera PDVSA, pudieron fugar libremente todo el dinero que quisieron, al punto de que hoy hay en el exterior hasta 600 mil millones de dólares. Como si fuera poco, Chávez y Maduro fueron contrayendo cada vez más deuda a medida que la situación se volvía más crítica. Nunca se dejó de pagar esta deuda que hunde al país y que hoy lo tiene encadenado principalmente a China.

Con la fuerza de los trabajadores neutralizada entre los sindicatos que el gobierno de Maduro tiene intervenidos y los sindicatos cuyos dirigentes alinearon con la derecha y el imperialismo, el hijo legítimo de Chávez se encuentra entre la espada y la pared, con tropas extranjeras amenazando con intervenir y con su principal fuente de recursos bloqueada por Estados Unidos, cuyas consecuencias no van a pagar ni el imperialismo ni Maduro y su séquito, sino el pueblo venezolano con más hambre.

Los monaguillos de la ceremonia

Esta vez, con Maduro tambaleando y a punto de ceder el paso a la bandera yankee, Cristina guarda silencio. Cualquier pronunciamiento no puede más que jugarle en contra: no puede respaldar abiertamente a Estados Unidos, tampoco a Maduro dado que está buscando la unidad con el peronismo reaccionario y mucho menos quiere que el pueblo trabajador latinoamericano se movilice. Pero el imperio y la derecha atacan cada vez más fuerte y todos los representantes de la “Patria Grande” son espectadores de lujo.

Por suerte están los monaguillos que se encargan de los detalles de la ceremonia y que nos permiten entender mejor las ideas detrás de semejante derrotismo.

En una nota publicada en Anfibia, Marcelo Leiras dice: “Si el Estado es un instrumento de las fuerzas populares, la legalidad es un capital que ellas deben dedicarse a preservar” como explicación por la negativa de la debacle de los gobiernos posneoliberales y como estrategia para conducir la siguiente etapa.

Luego, define que “mientras las decisiones de empleo e inversión estén en manos de agentes privados es necesario encontrar un modus vivendi. […] La convivencia conflictiva o la colusión con los “socios del proyecto,” ensayadas en otros países, tampoco tuvieron buenos resultados. Las fuerzas populares también necesitan elaborar una respuesta estable para este problema.”

En la misma sintonía Leiras sentencia que “lo mejor que le puede pasar a los pobres de América Latina es que sus representantes ganen elecciones de vez en cuando”.

La estrategia política del populismo latinoamericano está resumida en esta frase. ¿Qué otra cosa pueden hacer? Si entre la protección de los intereses de los ricos en un momento de la historia en que necesitan arrancarle derechos a los trabajadores y su terror a que los propios trabajadores tomen la lucha en sus manos solo queda pedir por un marco legal estable y ganar en algún momento las elecciones.

Pero acá hay fuerzas que se mueven, que chocan y barren cualquier tipo de manto institucional en busca de la victoria. El reformismo y sus ideólogos lo máximo que pueden pelear en esta etapa es que haya algunos pobres menos en el marco de un crecimiento exponencial de la pobreza.

Es momento de pelear para vencer

En el mundo al que estamos entrando, un mundo de polarización, de enfrentamientos cada vez más agudos y de salidas de fuerza, no hay lugar para medias tintas.

Los chalecos amarillos son una expresión por izquierda de la crisis que vive el neoliberalismo en el mundo. No solo son una fuerte contra tendencia a la ola derechista que también está experimentando Europa, sino que son un ejemplo muy valioso, con su autoorganización, sus movilizaciones masivas, sus enfrentamientos con las fuerzas represivas y sus reivindicaciones que no se detienen en migajas sino que exigen hasta la renuncia de Macron, de cual es el camino para enfrentar la derechización y los ataques que las clases dominantes vienen descargando con una intensidad cada vez mayor.

Lo mejor que le puede pasar a los pobres, no solo de América Latina sino de todo el mundo, bajo ningún punto de vista es dejarle la política a los mismos que generaron esta situación, cuyo pulso no tiembla cuando hay que matar trabajadores para preservar las ganancias capitalistas.

Mucho menos es buscar una convivencia pacífica en un momento en que la burguesía viene por todo y está dispuesta a barrer cielo y tierra, hombres, mujeres y niños para defender sus ganancias. El enemigo agarra la espada y ellos le organizan una ceremonia. Este formalismo de los que hacen política “realista” es una renuncia abierta y consciente a dar las peleas que exige el momento histórico.

No. Lo mejor que le puede pasar al pueblo pobre de América Latina es forjar una sólida alianza obrera y popular internacional. Las medidas necesarias para conquistar una salida de los trabajadores en Venezuela, como la repatriación de los 600 mil millones de dólares fugados para un plan alimenticio de emergencia, la nacionalización total de la producción de petróleo bajo control de los trabajadores y el no pago de la deuda externa, solo podrán ser alcanzadas a través de la lucha por construir esta unidad en la acción, como autoorganización de la clase trabajadora independientemente del Estado.

Esta fuerza es la única que puede pelear por recuperar los sindicatos para los trabajadores y ponerlos al servicio de la pelea por una Asamblea Constituyente verdaderamente libre y soberana para discutir todos los problemas que castigan al pueblo y las medidas para resolverlos. Es la única fuerza que puede, en última instancia, pelear por un gobierno obrero y popular que ataque al corazón del imperialismo, el capitalismo.

Por ese programa y por esa alianza peleamos desde el PTS en Argentina, donde estamos llamando a todas y todos los que comparten esta perspectiva a construir un gran partido unificado de la clase obrera, las mujeres y los jóvenes, pero también desde el PTR en Chile, el MRT en Brasil, la FT-CI en Uruguay, la LOR en Bolivia, el MTS en México y la LTS en Venezuela.

Ser conscientes de la realidad y mirar a los ojos a la historia exige que nos ubiquemos como sujetos transformadores. Pero, sobre todo, como sujetos dispuestos a dar la pelea en los términos que el enemigo nos impone. No nos conformemos con pelear porque haya un poco menos de miseria, peleemos por desterrar para siempre la miseria. Esta generación está llamada a cambiar la historia.

¡POR LA UNIDAD SOCIALISTA DE LOS PUEBLOS DE AMÉRICA LATINA!







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