Cultura

HISTORIA DE UN EXTERMINIO

La caza del León rojo

Un 16 de febrero, en 1938 moría envenenado por agentes estalinistas León Sedov, hijo de León Trotsky y Natalia Sedova. ¿Quién fue este hijo de la revolución y qué historia hay olvidada alrededor de él y su generación?

Jueves 16 de febrero de 2017 | Edición del día

¿Qué pasaba en febrero de 1938?

Para entender el ensañamiento y aniquilación a los oposicionistas rusos, con Trotsky y su familia a la cabeza, es necesario detenernos en aquel contexto histórico.

El fascismo había ascendido en Alemania en 1933 ante la capitulación del Partido Comunista Alemán, atado de pies y manos desde el sillón de Stalin, quien convirtió a la III Internacional (la organización mundial de todos los partidos comunistas nacionales) en una agencia de traidores y enterradores de grandes procesos revolucionarios al servicio de la burocracia soviética, para mostrar su docilidad a las potencias occidentales y tratar así de conservar su status quo y sus privilegios. Stalin era consciente de que cualquier ascenso revolucionario fuera de la URSS (o incluso una amenaza de guerra contra la misma) podría desencadenar procesos capaces de derribar el despotismo burocrático y restablecer la democracia obrera de los soviets (consejos).

La represión interna hacia los oposicionistas y revolucionarios honestos se recrudece. Las torturas y los fusilamientos crecen, así como los asesinatos fuera de la URSS realizados por agentes de la policía secreta soviética, la GPU.

En la guerra civil de España se cocina la traición estalinista y se empieza a definir el resultado a favor del bando franquista a partir de la derrota en Teruel de las tropas republicanas.

En Francia el llamado Frente Popular (apoyado por el Kremlin) intentaba contener y desviar los movimientos huelguísticos y el enorme malestar social, en medio de un clima de creciente polarización que se dirigía in crescendo a la disyuntiva "socialismo o fascismo".

El mundo hervía, la guerra de clases lanzaba refusilos aquí y allá por todo el globo, tanto en las grandes potencias como en las colonias y semicolonias.

Cuatro días después de su muerte, León Trotsky escribe en la carta despedida a su hijo: “La última carta que recibimos de León, escrita el 4 de febrero de 1938, doce días antes de su muerte, comienza con las siguientes palabras: ‘Te envío las pruebas de galera del Boletín, ya que el próximo barco tardará en zarpar, y el Boletín estará impreso recién mañana en la mañana’. La publicación de cada número era un pequeño acontecimiento en su vida; un pequeño acontecimiento que exigía grandes esfuerzos: armar el número, pulir la materia prima, corregir cuidadosamente las pruebas de imprenta mantener una puntual correspondencia con amigos y colaboradores y, no menos importante, reunir los fondos para publicarlo. ¡Pero qué orgulloso estaba de cada número que ‘salió bien´!”.

Ese mismo 4 de febrero, Hitler se hacía cargo del mando del ejército Alemán. El mundo entero se preparaba para la guerra. Y para la revolución.

Los irreductibles: los hijos de la revolución

León Sedov es concebido en 1905, con el clima de la primera revolución en Rusia. Nace en 1906 al igual que Nadhezda, la hija de Adolph Joffe, compañero y amigo de Trotsky hasta su muerte. A partir de 1908, año en que los dos revolucionarios se conocen, sus hijos León y Nadhezda compartirán gran parte de su infancia y adolescencia. Juntos forman parte de la Juventud Comunista (Komsomol) desde sus inicios en 1918, y juntos acompañan la lucha contra la burocratización de la URSS desde los orígenes de la Oposición de Izquierda en el año 1923. Fueron miles los jóvenes que, cómo ellos, se enfrentaron a la traición y degeneración del partido bolchevique y la URSS. Trotsky prosigue en su despedida, a propósito del destino de su hijo León y de esta joven generación, que mientras muchos de los viejos héroes de 1917 capitulaban, resistió a "la máquina de reventar a los hombres más indestructibles" (como la llamó el historiador Pierre Broué): "De aquella generación más vieja, en cuyas filas ingresamos, hacia el final del siglo pasado, camino a la revolución, todos, sin excepción, han sido barridos de la faz de la tierra. Aquello que no lograron las condenas a trabajos forzados y los duros exilios zaristas, las penurias de la emigración, la Guerra Civil y la peste, en los últimos años lo ha logrado Stalin, el peor azote que castigó jamás a la revolución. Después de haber destruido a la generación más vieja, se destruyó también al mejor sector de la siguiente, o sea, la generación que despertó en 1917 y que se fogueó en los veinticuatro ejércitos del frente revolucionario. También se pisoteó y anuló a lo mejor de la juventud, los contemporáneos de León. El mismo sobrevivió por un milagro, debido a que nos acompañó al exilio".

Pierre Broué, a su vez, escribe: "Había allí un hecho mayor que ni la capitulación rigurosa, el 27 de enero de 1928, de Zinoviev y Kamenev que declaraban renunciar a las mismas ideas que habían sido suyas, ni aquella de los “trotskistas” desmoralizados como Iuri Piatakov, algunos meses más tarde, lograron cambiar: el grueso de las tropas de la Oposición de Izquierda expulsada del partido, los batallones de los miles de irreductibles, se ubicaban de ahora en masa bajo la bandera de Trotsky.".

El exterminio fue la herramienta de la que se valió la temerosa burocracia, consciente de su frágil situación para intentar sostenerse.

León Sedov, el hombre

Tanto su propio padre, y algunos compañeros de ruta, como Nadhezda Joffe u otro de los jóvenes colaboradores de Trotsky en el exilio, Jean Van Heijenoort (quien peleó hombro a hombro con Sedov), coinciden al describirlo. Un joven abnegado, completamente desinteresado, con una voluntad de hierro viviendo en las condiciones más modestas. Durante sus estudios, León renunció a vivir en el Kremlin junto a sus padres, y a cualquier tipo de trato distintivo, y se integró en los dormitorios de estudiantes junto a sus pares. Colaboró activamente con la construcción del poder soviético, desde las tareas más sencillas "barriendo la nieve de las calles de Moscú, “liquidando” el analfabetismo, descargando el pan y la leña de los camiones y, más adelante, como estudiante de ingeniería, reparando las locomotoras" (León Trotsky); hasta como agitador y organizador de la oposición de izquierda en la URSS.

León Trotsky reconoce su labor como una de las cabezas fundamentales en la organización de la Oposición Internacional, más tarde la Cuarta Internacional: "Durante los primeros años de la emigración mantenía una nutrida correspondencia con los oposicionistas de la URSS. Pero para 1932 la GPU había destruido prácticamente todos nuestros contactos. Se hizo necesario buscar nuevas informaciones por los medios más complicados. León estaba siempre alerta, buscando ávidamente canales de comunicación con Rusia, persiguiendo a los turistas que regresaban, a los estudiantes soviéticos asignados al extranjero, o a funcionarios simpatizantes en las representaciones extranjeras. Con el fin de no comprometer a sus informantes, se pasaba horas recorriendo las calles de Berlín y más tarde las de París para despistar a los espías de la GPU que lo seguían. En todos estos años no hubo ni un solo caso de alguien que sufriera a causa de una indiscreción, descuido o imprudencia por parte de León.

Una colaboración tan íntima, sin embargo, no significa que no hubo entre nosotros disputas, o incluso choques muy fuertes. Ni en aquel momento, ni más tarde, en la emigración, y hay que decirlo sinceramente, tuvieron mis relaciones con León un carácter parejo y plácido. A sus juicios categóricos, que a veces eran irrespetuosos para con los “viejos” de la Oposición, no sólo oponía yo correcciones y reservas categóricas, sino que también tuve para con él esa actitud pedante y exigente que había adquirido en cuestiones prácticas. Debido a esos rasgos, que son tal vez útiles y aun indispensables en el trabajo a gran escala, pero totalmente insoportables en una relación personal, la gente más allegada a mí a menudo tuvo que vérselas feas. Y ya que entre todos los jóvenes el más allegado era mi hijo, fue él quien tuvo que vérselas peor que los demás. A un observador superficial hasta le podría haber parecido que nuestra relación estaba impregnada de severidad y alejamiento. Pero debajo de esta superficie palpitaba un profundo cariño mutuo, basado sobre algo inmensamente más fuerte que los vínculos de la sangre: la solidaridad de opiniones y juicios, de simpatías y antipatías, de alegrías y tristezas vividas en común, de las grandes esperanzas que compartíamos. Y este cariño mutuo se encendía a veces como un fogonazo y su calor compensaba mil veces las pequeñas fricciones del trabajo diario.".

Adiós al hijo de la revolución

Sedov, con un cuadro de apendicitis, ingresa a un hospital cuyo director era un miembro de la GPU, aconsejado por un colaborador muy cercano, "Etienne", quién resultó ser a su vez otro agente infiltrado. Su situación se agrava bruscamente. El desenlace es conocido: otra "muerte dudosa" entretejida con esas intrigantes telas de las arañas moscovitas.

"Hace tres meses sus amigos más íntimos nos escribieron que León corría demasiado peligro en París e insistían en que debía ir a México. León contesto: El peligro es innegable, pero hoy París es un puesto de batalla demasiado importante; sería un crimen abandonarlo. No quedaba otra cosa que hacer, sino inclinar la cabeza ante este argumento." reflexiona un dolorido Trotsky encerrado en su cuarto, junto a Natalia Sedova.

Kotè Tsintsadze (héroe de la revolución bolchevique, abandonado a su muerte en el destierro en 1927) dijo alguna vez: “en la soledad los débiles se contagian de toda clase de cosas”. Esto no fue lo qué sucedió con León, ni con sus pares en los campos de concentración estalinistas.

Resulta llamativo, que estas historias de vida, permanezcan ocultas bajo los grandes relatos históricos del siglo XX. Llamativo pero para nada extraño. Sus ejemplos son un enorme aliciente moral y un potencial ejemplo para los millones de jóvenes que hoy en día empiezan a levantarse, desde América Latina hasta Medio Oriente, desde el gigante asiático hasta las calles negras de Baltimore, desde África y Europa, contra un sistema cada vez más opresivo y destructivo.

Las últimas palabras que le dedicara su padre desde México, dos años antes de su propio asesinato, hablan por sí solas:

"(...) En los archivos de la GPU figuraba con el apodo de “Sinok” o “hijito”. Según el difunto Ignace Reiss, en la Lubianca [oficina principal de la GPU] se dijo más de una vez: “El hijito hace su trabajo astutamente. Al viejo no le resultaría tan fácil sin él.” Era cierto. No hubiera sido fácil sin él. Será muy difícil sin él. (...)

Adiós, León, adiós querido e incomparable amigo. Tu madre y yo nunca pensamos, nunca esperamos que el destino nos fuera a imponer esta terrible tarea de escribir tu obituario. Vivíamos firmemente convencidos de que mucho tiempo después de que nos hubiéramos ido serías tú el continuador de nuestra causa común. ¡Pero no pudimos protegerte! Adiós, León. Legamos tu recuerdo irreprochable a las generaciones más jóvenes de los obreros del mundo. Con justicia tú vivirás en los corazones de todos aquellos que trabajan, sufren y luchan por un mundo mejor. ¡Jóvenes revolucionarios de todos los países! ¡Aceptad de nosotros el recuerdo de nuestro León, adoptadlo como vuestro hijo - es digno de ello - y dejad que, a partir de ahora, participe invisible de vuestras batallas, ya que el destino le ha negado la dicha de participar de vuestra victoria final!"







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