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Red Internacional
La Izquierda Diario

En esta nota queremos discutir los límites de la estrategia de colaboración de clases, en particular, la de Montoneros. Dentro de esta, la institucionalización es una faceta que ha ganado popularidad en la actualidad. Queremos analizar sus implicancias a través de un debate que existía en los 70’, y que tiene plena vigencia hoy.

Viernes 26 de marzo | 00:23
flaviagregorutti y @romptscomic

Para este debate nos parecía útil partir del reciente artículo de Fernanda Tocho, “La revolución desde las instituciones: la participación de la Tendencia Revolucionaria en la gobernación de Buenos Aires (1973). Un aporte para el análisis de la política no armada en los años setenta”, para después entrar de lleno en nuestro tema de interés.

Los Montoneros, Perón y la elección bonaerense

El trabajo de Tocho se aparta del clásico análisis centrado unilateralmente en las organizaciones armadas, para estudiar otras facetas de la militancia de la época.
La autora toma la experiencia realizada por la Tendencia Revolucionaria del Peronismo (TR de ahora en adelante) a partir de 1973, con el retorno de la democracia y el fin de la proscripción del peronismo, en el marco del Gran Acuerdo Nacional. Montoneros participará en la campaña del FREJULI y posteriormente se integrará al gobierno bonaerense de Oscar Bidegain, quien resultaría victorioso de la contienda en la provincia.

No aparece en el texto, pero esto se daba en el marco del retorno de Perón para contener la insurgencia obrera que se había abierto en el país a partir del Cordobazo, y del lugar privilegiado que el general había dado a Héctor Cámpora y a los referentes más allegados a la TR para las distintas candidaturas provinciales contra la burocracia sindical, con el objetivo de ganarse para su campaña a la juventud radicalizada de la época, representada centralmente por Montoneros.

Tocho plantea que en este proceso de integración,
“lo institucional, lo revolucionario y lo armado no necesariamente fueron pensados como elementos excluyentes” [1]
, contra una dicotomía que separa las prácticas armadas de las iniciativas legales e institucionales.

Desarrolla la actividad de los ministerios que quedaron en manos de la TR, o de personalidades ligadas a la misma, y que intentaron (sin éxito, como veremos) desarrollar políticas públicas tendientes a aumentar la participación popular y a democratizar algunos derechos.

En palabras de Fernanda, en estas iniciativas se ven “los intentos por conjugar las metodologías revolucionarias con las nuevas funciones gubernamentales asumidas por los/las militantes de la TR, ampliando los límites de la democracia representativa otrora denostada, hacia nuevos horizontes de participación e intervención social.” [2] Hay una idea en los discursos de militantes de la TR, a los cuales llegamos a través de entrevistas realizadas por la autora, de generalizar desde el Estado y las instituciones una militancia previa a nivel territorial. Literalmente, una de ellas plantea: “Norberto me preguntó qué me gustaría hacer, y yo le dije algo relacionado con trabajo con las villas que era lo que yo hacía... yo dije que sí porque lo que hicimos desde las bases lo podíamos hacer desde arriba.” [3]

La autora en este punto logra su cometido de demostrar la falsedad de la dicotomía antes señalada entre métodos armados y legales, reivindicando claramente el mayor peso dedicado a los segundos.

Sin embargo, hay una cuestión que nos parece importante señalar. Es por lo menos difícil entender las distintas actividades de una organización política sin enmarcarlas en su pensamiento de conjunto, es decir, en su estrategia, que es la que articula las distintas prácticas. Estas, más allá de sus facetas guerrilleras (más radicalizada e influenciada por la revolución cubana) o institucionalizadas (limitada a los marcos de la democracia burguesa), en el caso de la TR siempre fue una estrategia de colaboración de clases. Si bien este punto no está entre los objetivos del estudio emprendido por la investigadora, nos parece útil introducir este elemento, ya que permite entender algunos elementos desarrollados en el mismo.

Como se dice en Insurgencia Obrera, Montoneros "suponía que la radicalización del nacionalismo burgués peronista era el medio para luchar por el socialismo nacional. Sostuvieron que la dinámica de las masas revolucionarias debía imprimir su sello en el Movimiento para confluir con el "líder revolucionario". La tarea central era acceder a la conducción política del peronismo". [4]

Es desde aquí que nos parece más comprensible la participación de la TR en el gobierno bonaerense, las expectativas que en el mismo depositaban, y que se verán inexorablemente frustradas, donde ni la lucha armada ni la institucional serán útiles para alcanzar sus objetivos, cuestión a la que Tocho no dedica atención.

La TR y el gobierno de Bidegain

En el artículo se desarrollan el conjunto de iniciativas desplegadas por la TR a través de sus ministerios, no hay referencias a los resultados concretos alcanzados por estas. Se habla de la formación de hospitales, de urbanización y de obras, pero jamás de en qué punto mejoraron significativamente la vida de los sectores obreros y populares. Esta omisión debe responder a lo limitadas que fueron las mismas, ya que el “ambicioso programa de políticas públicas ancladas en el imaginario de construcción del ‘socialismo nacional’’’ iniciado con la experiencia de institucionalización de la TR solo pudo durar 8 meses.

Si nos preguntamos por los motivos de esta falta de mejoras significativas, hay que decir que ninguna de sus propuestas más radicales, que atacaban los intereses de algunos grupos económicos ligados al imperialismo o al agro, y que podían garantizar recursos para dar ciertas respuestas a los problemas de las mayorías, pudieron pasar de ser propuestas. Como describe la autora, ni siquiera llegaron a ser tomadas en cuenta por el gobernador con el que la Tendencia desarrolló una cercanía al apoyar su campaña.

Los planteos del ministerio de Bienestar Social, de lucha contra el monopolio y la extranjerización de la industria farmacéutica, y por ende la necesidad de su nacionalización para la producción y comercio, solo generaron expectativas. Igual con el “Proyecto de Ley Agraria más ambicioso, que se presentó a principios de la gestión de Bidegain pero que nunca llegó a tratarse por las presiones de las corporaciones agrarias”, a las que el gobernador optó por no confrontar.

Pero por último, no podemos dejar de señalar que las propuestas más radicales presentadas por Tocho tampoco pasaban de ser iniciativas parciales en los marcos del sistema capitalista, que sólo atacaban limitadamente a grupos económicos específicos, salvando a la burguesía local. Y que no se apoyaban en la movilización revolucionaria de las masas para dar respuestas a su necesidades e intereses, desarrollando su enfrentamiento con el régimen.

Esto en nuestra opinión esto se debía, no a las formas de lucha que adoptaban, sino a su estrategia de colaboración de clases, cuya premisa es que la tarea central era radicalizar al peronismo, disputando su dirección contra los sectores de derecha del movimiento. Esta perspectiva se basaba en la concepción de Perón como un líder revolucionario antiimperialista. Pero que, rodeado de sectores de derecha, no podía desarrollar esta orientación. Por lo tanto, era responsabilidad de Montoneros alejarlo de estos sectores y acercarlo a los revolucionarios. Ya fuese asesinando a generales de la dictadura como Aramburu, o personalidades de la burocracias como Rucci, o participando en el gobierno como alas izquierdas: todo para promover su cercanía con el líder.

Además, Montoneros tendía a identificar mecánicamente a la clase obrera argentina con el peronismo. Tomando la conciencia como algo estático, negando que puede dar saltos mediante la experiencia, como efectivamente se demostró más adelante.
La TR, de esta forma, se subordinaba a Perón. Y como desarrollaremos en el siguiente apartado, se negaba a denunciar y enfrentar lo fundamental de su política, o lo excusaba por este “cerco” que lo derechizaba.

A su vez, ya sea en su variante armada o ministerialista, separaba a la juventud, que se radicalizaba, de las masas, que en la época protagonizaban una verdadera insurgencia obrera. Y que a pesar del peso preponderante que el peronismo tenía en las mismas, frente a los ataques del gobierno a partir del 73’, empiezan a desarrollar una activa resistencia. Enfrentamiento que solo se exacerbaría, y que era el terror de la burguesía que motivó la salida golpista. Montoneros, por su apoyo a Perón, contuvo o desvió este enfrentamiento.

Desde ya, como señala Tocho en su artículo, no pretende realizar un balance estratégico de Montoneros, por lo que entrar en esta discusión excede su publicación, aunque necesariamente, ambas están ligadas.

Para pensar y problematizar la intervención de una fuerza política como la TR, se necesitaría incorporar elementos de contexto y del rol que tuvieron otras fuerzas en el proceso. Tocho estudia y reivindica la institucionalización de Montoneros en el gobierno de Bidegain, como si de un punto esta se diera en el vacío. Señalando, de forma muy escueta elementos de la situación política, de la actuación de Perón, y del horizonte al que apuntaba el peronismo.

Este es el debate al que queremos entrar de lleno. Aunque antes, señalaremos dos elementos que sí nos parecen importantes que están presentes en un estudio sobre la intervención de la TR en el gobierno de Bidegain.

En primer lugar, el Pacto Social, por ser la política fundamental de Perón en el periodo directamente estudiado. Este fue firmado el 8 de Junio del 73’ por la burocracia sindical y representantes del empresariado, e implicaba un enorme ataque a las masas.

Como explican Ruth Werner y Facundo Aguirre, “el objetivo político de estos acuerdos era alcanzar un consenso entre los distintos intereses de las facciones burguesas y de las direcciones sindicales sobre la base de una tregua social relativa que contribuyera a reducir el costo de la mano de obra, permitiendo así la aparición de un nuevo margen de ganancias para el conjunto de la patronal. Como se ve, la tregua era relativa, ya que los trabajadores no dejarían de ver reducida su participación en el excedente general” [5]
.

Como es de esperarse, la activa resistencia que empezaron a desarrollar les trabajadores, motivó la respuesta represiva del gobierno contra todes les que no agachaban la cabeza frente a los ataques ni se subordinaban a las directivas de la burocracia sindical, partícipe en la represión mediante patotas y grupos armados. Además del accionar de las propias policías, también van a aparecer las bandas paraestatales de la Triple A, cuya presentación fue la Masacre de Ezeiza. Muches de las víctimas de estos ataques fueron militantes de la propia izquierda peronista.

Y en segundo lugar, el operativo Dorrego, donde se ven hasta la últimas consecuencias la estrategia de esta organización. Montoneros, que por su concepción creía posible ganar a un sector democrático de las fuerzas armadas para la lucha antiimperialista, va a colaborar junto a sectores del Ejército que, dos años más tarde, protagonizarán la dictadura, en un operativo convocado por Bidegain para hacer frente a una crisis desatada en la provincia tras un temporal que provocó múltiples inundaciones. Desde ya, esta colaboración implicaba relegitimar a las fuerzas armadas tras el golpe que las mismas habían recibido en los años precedentes.

La Insurgencia Obrera y el peronismo

Para nosotres resulta indispensable para estudiar esta etapa de la historia argentina partir del Cordobazo, como una acción histórica independiente que marcó los 70‘, derrotó una dictadura y motivó el retorno de Perón como última contención frente al ascenso y radicalización de sectores del movimiento obrero y la juventud. Este se dio en un contexto de ascenso obrero, que desplegaba una enorme energía, con altos grados de organización, superando los límites impuestos por la burocracia sindical peronista.

Desde aquí hay que pensar el retorno del general, pero también la política que tuvo para ganarse a la juventud radicalizada, privilegiando a candidatos del agrado de la TR para que esta lo apoyara, y donde la elección de Cámpora es un elemento fundamental, de los que más había entusiasmado a Montoneros.

Sin embargo, esta elección que había causado tantas expectativas solo duró 45 míseros días. Ya que tras la Masacre de Ezeiza, Perón culpará a Montoneros y a Cámpora, exigiendole que renunciara. El 12 de Julio este abandona su cargo y asume el yerno de López Rega, Raúl Lastri. El mismo día la burocracia sindical ocupa la CGT de Córdoba, símbolo del Cordobazo.

Como ya dijimos, la política fundamental de Peron en ese entonces fue el Pacto Social, que motivó una enorme competitividad de parte de la clase obrera, y el surgimiento de una vanguardia combativa que chocaba con la política del gobierno.

Sin embargo, lo que no agregamos anteriormente, es que la TR se negaba a denunciar esta política de ajuste y a emprender un plan de lucha para no romper con Perón. Aun cuando les trabajadores empezaban a exacerbar su enfrentamiento (como se vio por ejemplo en el Villazo) y cuando su militancia se veía obligada a participar activamente de los procesos de resistencia. Ya que mediante su brazo sindical, la Juventud Trabajadora Peronista (JTP), eran parte de la cada vez mayor vanguardia obrera combativa, con la cual hubiese sido un suicidio politico defender abiertamente que había que soportar sin quejas estos ataques.

Con el aumento de la combatitividad, y la profundización de la crisis económica, se asiste a un nuevo giro a la derecha del peronismo (comentado por Tocho), que profundizó su enfrentamiento interno contra las alas izquierdas del movimiento peronista, y contra la vanguardia obrera en general. El avance de la derecha peronista no se detuvo. En el 74’, Perón revierte su primera iniciativa donde privilegió candidatos allegados a la TR. Tocho sí dedica unos párrafos al caso de Bidegain, que con la excusa de una acción militar del ERP (por la cual Perón responsabilizó al gobernador) también exigió su renuncia.

Sin embargo, este hecho se desliga de la línea general del peronismo en aquel momento. Un mes después de este golpe al ala izquierda ocurre el Navarrazo, un golpe policial promovido por Perón contra el gobernador de Córdoba. Provincia que luego del 69’ estuvo en el centro de los ataques contrarrevolucionarios.

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Un último ejemplo, gráfico de Peron y su política sobre las alas izquierdas del movimiento que dirigía, pero que es clara expresión de su intención de terminar con esta insurgencia obrera, es esta conferencia de prensa. Sin palabras.

Un necesario balance estratégico

Como se ve, es difícil defender la “teoría del cerco” pregonada por Montoneros, sobre cómo el entorno de Perón afectaba a este de manera reaccionaria. Mientras que la TR se esperanzaba con la llegada del “líder revolucionario”, Perón tenía claro que su tarea era restaurar el orden burgués que el Cordobazo puso en vilo.

El proletariado argentino tendía a superar con su lucha los límites del propio régimen, y por ende, al peronismo. Las viejas formas de dominación de la burguesía no eran suficientes para contenerla. Y por su lado, Montoneros sostuvo al peronismo por izquierda.

Esto es claro con el Cordobazo, que con la movilización independiente de los batallones centrales de la clase obrera, aliados con les estudiantes y el pueblo en las calles, enfrentando y derrotando en un primer momento la represión y tomando la ciudad, en lo que fue una verdadera semiinsurrección, se derrotó a la dictadura militar, a la cual no le quedó otra que huir. A partir de este miedo de que se generalice este ascenso obrero es que la burguesía argentina llama a Perón, como único muro de contención para desviar la lucha obrera hacia una salida de conciliación de clases.

Sin embargo, Montoneros no tiene una visión similar. En su opinión, el enfrentamiento no debía ser contra el régimen de conjunto, de lo que el Cordobazo era sinónimo. Sino que debía ser solo una lucha antiimperialista conducida por el peronismo junto a ciertos sectores del empresariado nacional (e incluso como vimos con el operativo Dorrego, hasta de las FFAA). Por ende, para elles el punto más alto de la lucha de clases argentina fue el Aramburazo, el asesinato de un general de la “fusiladora”, pero no una acción independiente de las masas que trasgrediera los marcos de este régimen.

Más adelante, como demuestra Tocho, ciertos sectores defienden la necesidad de institucionalizarse, a pesar de sus pésimos resultados.

Pero la constante entre estas dos perspectivas, por la estrategia que ordena ambas tácticas, es su negativa a tener una política hacia las masas, que en ese entonces chocaban con el régimen y el peronismo, para desarrollar ese enfrentamiento y tender a su superación.

Como demostramos, esta estrategia se demostró profundamente errónea, ya que además, desarmaba a la clase obrera y a la juventud de la claridad necesaria para triunfar, depositando esperanzas en el peronismo, cuando éste desde un principio se posicionó como garante del orden burgués para desactivar y derrotar el ascenso obrero, con verdaderos antecedentes al golpe de Estado, como el operativo independencia en el 75’.

Más adelante volverán a mostrarse estos límites en la pelea que la clase obrera dará contra el plan Rodrigo, un paquete de ajustes que intentó aplicar el gobierno de Isabel y que fue derrotado por la organización de las coordinadoras interfabriles, la movilización masiva, y la huelga general política. La primera contra un gobierno peronista, y que echó para siempre del país a López Rega. Aun en este marco, Montoneros se negó a tener una política para desarrollar este enfrentamiento de la clase obrera, a la que trágicamente veía ligada inexorablemente al peronismo, y por ende, imposibilitada de superarlo.

La victoria era posible

Como se demostró en los enfrentamientos contra el Rodrigazo, fue este el camino que pudo derrotar los ataques. También era el camino que, profundizandose, podía imponer una salida que respondiera a los intereses de las mayorías y no a los de la burguesía, atada por miles de lazos al imperialismo.

Necesariamente para esto había que afectar los intereses de los empresarios mediante un programa de medidas transicionales, lo que, como muestra la historia, lleva a un enfrentamiento con el Estado, que despliega su accionar represivo, también paraestatal. Era este camino de movilización y organización popular el que podía enfrentar a la dictadura, donde las coordinadoras tenían que dar un salto, y era indispensable una política de autodefensa impulsada desde sus propias organizaciones (y no alternativamente, mediante guerrillas). Todo esto implicaba superar al régimen y al peronismo, terminando con la sumisión al imperialismo mediante la conformación de un gobierno obrero y popular. Perspectiva que en nuestra opinión, como mínimo, era posible.

La debilidad de la clase obrera fue que no tuvo una dirección con claridad, sostenida en una política revolucionaria y de independencia de clase, para señalar que el peronismo también era responsable de los ataques. En esto, la política de Montoneros tiene una innegable cuota de responsabilidad, como principal dirección de las alas izquierdas del movimiento obrero y la juventud radicalizada.

Un debate que sigue vigente

Si comparamos a Montoneros con las actuales alas izquierda del gobierno de Alberto, asistimos a una clara decadencia. La Tendencia Revolucionaria, aunque tuviese una posición errónea, creía que el peronismo era una vía para liberarnos del imperialismo. Era parte de una creciente vanguardia que se organizaba por un horizonte distinto, y que enfrentaba la represión (muchas veces que el propio gobierno que apoyaban les lanzaba).

Fuerzas como La Cámpora y Patria Grande hoy ni siquiera hacen eso. Defienden la totalidad de la política gubernamental, apoyan las renegociaciones con el FMI que claramente someten a las mayorías a la miseria, defienden que no se le puede aumentar a los jubilados porque hay que pagar la deuda heredada de la dictadura, ni siquiera son capaces de denunciar la represión que su gobernador Kicillof, y el permitido del progresismo, Berni, despliegan contra quienes luchan. En las universidades en las que dirigen ni siquiera pelean contra la deserción, y ni siquiera se dignaron a convocar a movilizarse este 24 de Marzo.

Estas fuerzas hoy están en Ministerios del gobierno, como el de la Mujer, dirigido por Gómez Alcorta de Patria Grande, reconocido por no hacer absolutamente nada frente a los femicidios como el de Úrsula. Historia similar se vio con el de Ambiente, con Juan Cabandié diciendo que no podía hacer nada ante el fuego por “falta de recursos”. Sin embargo, tal vez el caso más trágico, o que se repite como farsa, es el del Ministerio de Seguridad, al que se han integrado docentes de la UNLP, y que mostró la “democratización” de las fuerzas armadas en la represión en Guernica. Defienden que pueden cambiarse las cosas desde dentro.

Más allá de los límites que opinamos tiene el ministerialismo, que hemos discutido en otras ocasiones (y que demuestra la realidad a cada paso). De manera degradada, pueden seguirse continuidades entre lo estudiado por Tocho sobre la política de Montoneros y sus errores, y la política de estas corrientes.

El problema es que quienes pierden en esta perspectiva son les trabajadores y las mayorías populares, ya que los niveles de miseria a los que la burguesía nos quiere arrojar no tienen límites y lo perdido jamás se recupera completamente, por lo que cada generación vive peor que la anterior. Este es un resultado directo de no terminar con la dependencia del imperialismo, que, como vimos, sólo puede acabarse con la movilización revolucionaria de la clase obrera y el pueblo contra el conjunto del régimen, que innegablemente, incluye al peronismo. Que los intereses son irreconciliables no es una afirmación dogmática, es una conclusión histórica, de la cual la dictadura es una macabra confirmación. Es por esto que es una necesidad, y no un capricho, tener una política de independencia de clase.

Comprendemos la ilusión en el gobierno de amplios sectores de las masas, la intelectualidad, docentes y estudiantes. Pero, en nuestra perspectiva, estas se irán chocando cada vez más con la política del peronismo en el poder, con la imposibilidad de dar respuesta a las demandas de las mayorías atados a los dictámenes del FMI, y una orientación centrada en pagar una deuda odiosa, heredada de la dictadura. Que frente a la resistencia que ya empiezan a presentar múltiples sectores, ya está haciendo uso de la represión. Por las condiciones de esta crisis en nuestro país se anticipan mayores enfrentamientos entre las clases. Empieza una experiencia de sectores de masas con el peronismo en el poder, y estas estrategias con las que queremos discutir empezarán a demostrar en la práctica sus límites, y ahí, mediante una preparación previa, queremos convencer de una perspectiva superadora, revolucionaria.

Por último, sabemos también que años de neoliberalismo nos obligan a partir de más atrás que en los 70’, ya que hoy la revolución se ve más como un sueño eterno que como una imperante necesidad, y sobretodo, posibilidad.
Necesitamos más debates con ánimo militante que se cuestionen sobre las verdaderas vías para terminar con la decadencia nacional, la sumisión al imperialismo, con la miseria, y que señalen a este sistema como el causante de todos esos males, que reivindiquen la necesidad, de terminar con este sistema para satisfacer todas nuestras demandas.

Queremos discutir esto en la universidad, combatir la resignación, y retomar la pelea por un horizonte distinto, como lo hacía la generación de los 70’. Para derrotar el ajuste en curso, pero también por un sistema superior al actual, que no se base en la opresión y en la explotación. Debatir, desde ya, con todes les jóvenes, estudiantes, docentes e intelectuales que empiezan a percibir esta cuestión, cuál es la estrategia correcta, para proponerles abiertamente una perspectiva revolucionaria. Este es el desafío que queremos afrontar.

Porque hoy como en los 70´, la revolución no es un sueño eterno, es una imperante necesidad.






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