EFEMÉRIDE

Kurt Gustav Wilckens: el vengador de la Patagonia trágica

Osvaldo Bayer lo apodó el “ángel exterminador”. En 1923 asesinó al teniente coronel Héctor Benigno Varela, responsable del fusilamiento de 1.500 peones rurales que protagonizaron uno de los hitos más importantes de la clase obrera en el país.

Miércoles 27 de enero | 01:15

Algunos hablan el 25 de enero de 1923, pero Osvaldo Bayer -el gran investigador de la tragedia patagónica de comienzos del siglo XX y defensor de las causas justas- lo sitúa el 27 de ese mes.

Calle Fitz Roy n° 2461, barrio de Palermo. Kurt Gustav Wilckens espera. En unos minutos, saldrá de su domicilio Héctor Benigno Varela -hombre de muchos apodos: el “sanguinario”, el “el fusilador de la Patagonia”-, responsable de la muerte de 1.500 peones rurales que buscaban mejores condiciones de vida y fueron liquidados por las fuerzas represivas. Cuando el militar cruce la puerta y camine unos metros, Wilckens, obrero alemán y anarquista, arrojará sobre él una bomba de percusión y lo rematará con cinco tiros de su arma Colt, que resonarán como cientos, quitándole la vida. En el proceso, el militante resultará herido en los miembros inferiores y será atrapado por al policía. “Yo he procedido en nombre de un ideal de humanidad, de un ideal grande y puro por el cual acepto gustoso el sacrificio”, proclamará en una nota para la revista Crítica, pocos días después.

A pesar de lo limitado del terrorismo individual como método de lucha, el atentado de 1923 expuso la herida abierta que había dejado la represión sin tregua del gobierno de Hipólito Yrigoyen -alentado por las grandes empresas extranjeras y organizaciones patronales- contra los trabajadores del sur. En ese sentido, el accionar de Wilckens recordó al de ese otro anarquista, Simón Radowitzky, quien había matado al jefe de policía Ramón Falcón, encargado de la brutal represión durante la Semana Roja de 1909.

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Benigno Varela, el sayón, el mercenario, encarnaba el aparato represivo del gobierno del radical; el entramado de intereses que urgían la derrota de los huelguistas y el apaciguamiento de la rebeldía patagónica. El gobierno yrigoyenista ya había desnudado su carácter antiobrero durante la Semana Trágica de 1919: no exento de contradicciones, este impulsaba una cooperación entre los sectores medios urbanos -de los cuales se erigía como representante- y la élite que se favorecía del modelo agroexportador. De hecho, un sector del partido era propietario de tierras.

¿Quién fue Wilckens? Nacido en Alemania, el 3 de noviembre de 1886, este joven de espíritu libertario tuvo un breve paso por Estados Unidos. Allí entró en contacto con grupos anarquistas y participó de las importantes huelgas de Arizona de 1916. Fue destinado a diversos centros de reclusos. Tras un breve escape, en 1919, volvió a verse tras las rejas y fue deportado a su país de origen. Vino a Argentina al año siguiente, donde ejerció como corresponsal de dos periódicos anarquistas alemanes.

Si bien no había participado de las huelgas de 1920 a 1922, se sentía hermano de los caídos. Tenía 37 años cuando decidió tomar revancha. En la entrevista (extensamente) titulada “Ayer inmediatamente después de habérsele levantado la incomunicación, nuestro repórter conversó veinte minutos con Wilckens. De los distintos careos, se deduce que Wilckens no tiene cómplices, como lo afirmó Crítica desde el primer momento”, dos periodistas lo conocieron, con el peroné astillado y golpeado, pero con una “temple diamantino” (como diría de él Severino Di Giovanni). “Confesamos que íbamos con la certidumbre de encontrar un rostro demacrado, sufrido (…); su frente tiene una particular expresión de tranquilidad”, escribieron los cronistas.

“Abre sus brazos como en actitud de colocarlos en una cruz y agrega: ‘Vean, Son fuertes… Estos son músculos de trabajador y si me hubiera resistido a los agentes que me detuvieron, les habría costado trabajo el reducirme, pero yo me entregué y, a pesar de todo me pusieron cadenas tan brutalmente que mis huesos crujían. (…) En ninguna parte del mundo me pusieron cadenas tan fuertes, tan dolorosas…’”, proseguía el texto.

Meses después de ser apresado, el 15 de junio de 1923, Wilckens fue asesinado en la cárcel de Caseros por Jorge Ernesto Millán Temperley, miembro de la Liga Patriótica Argentina y exsargento de la policía de Santa Cruz. La FORA (Federación Obrera Regional Argentina), la USA (Unión Sindical Argentina) y distintos gremios llamaron al paro general. El anarquista fue sepultado por la policía, en medio de incidentes y la ciudad estuvo paralizada hasta el 21 de junio. Crítica denunció el asesinato y la redacción fue denunciada por apología al crimen; clausuraron su archivo y detuvieron a varios periodistas.

A su vez, el 9 de noviembre de 1925, mientras permanecía en el Hospicio de las Mercedes, Millán Temperley murió tras la agresión de otro interno, Esteban Lucich, el cual habría seguido las directivas del anarquista ruso Boris Wladimirovich. Los trabajadores y luchadores continuaron -y continuarán- vengando la Patagonia trágica.

A continuación, reproducimos el prólogo de La Patagonia rebelde, de Osvaldo Bayer. Este se titula “El ángel exterminador” y está enfocado en los sucesos del 27 de enero de 1923.

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“El ángel exterminador” (prólogo de La Patagonia rebelde, Osvaldo Bayer)

(…) Ese hombre rubio no es pariente de ninguno de los fusilados, ni siquiera conoce la Patagonia ni ha recibido cinco centavos para matarlo. Se llama Kurt Gustav Wilckens. Es un anarquista alemán de tendencia tolstoiana, enemigo de la violencia. Pero que cree que ante la violencia de arriba, en casos extremos, la única respuesta debe ser la violencia. Y cumplirá con lo que cree un acto individual justiciero.

Cuando lo ve venir, Wilckens no vacila. Va a su encuentro y se mete en el zaguán de la casa que lleva el número 2493 de Fitz Roy. Allí lo espera. Ya se oyen los pasos del militar. El anarquista sale del zaguán para enfrentarlo. Pero no todo será tan fácil. En ese mismo momento cruza la calle una niña y se coloca sólo a tres pasos delante de Varela, caminando en su misma dirección.

Wilckens ya no tiene tiempo: la aparición de la niña echa por tierra sus planes. Pero se decide. Toma a la chica de un brazo, la quita de en medio, mientras le grita:

—¡Corre, viene un auto!

La chica no entiende, se asusta, vacila. Varela observa la extraña escena y detiene su paso. Wilckens en vez de arrojar la bomba avanza hacia él como cubriendo con sus espaldas a la nena, que ahora sí saldrá corriendo. Wilckens queda frente a Varela y arroja la bomba al piso, entre él y el militar. Es un explosivo de percusión, o de mano, de gran poder. Las esquirlas le dan de lleno en las piernas al sorprendido Varela. Pero también a Wilckens, quien al sentir el dolor punzante vuelve al zaguán y sube instintivamente tres o cuatro escalones. Es como para rehacerse porque la explosión ha sido tremenda y lo ha dejado aturdido. Todo dura apenas tres segundos. Wilckens baja de inmediato. Es en ese momento en que el anarquista comprende que está perdido, que no podrá huir, tiene rota una pierna (el peroné, astillado, se le mete dolorosamente entre los músculos, y el pie de la otra ha sido inmovilizado por una esquirla que le ha destrozado el empeine).

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Al salir del zaguán se encuentra con Varela, quien tiene las dos piernas quebradas y que, mientras intenta mantenerse de pie aferrándose a un árbol con el brazo izquierdo, con la mano derecha trata de desenvainar el sable. Ahora los dos heridos están otra vez frente a frente. Wilckens se aproxima arrastrando los pies y saca un revólver Colt. Varela pega un bramido que más es un estertor como para asustar a ese desconocido de ojos profundamente azules que lo va a fusilar. El comandante se va cayendo pero no es de ésos que se entregan o piden misericordia. Sigue tironeando del sable que no quiere salir de la vaina. Ya sólo faltan veinte centímetros. Varela está todavía seguro de que lo va a poder desenvainar, cuando recibe en el pecho el primer balazo. No le quedan fuerzas y empieza a resbalar despacito por el tronco y tiene todavía tiempo y voz para rajarle una puteada al que lo está fusilando. El segundo balazo le rompe la yugular. Wilckens descarga el tambor entero. Todos los impactos son mortales. Varela ha quedado como enroscado en el árbol.

La explosión y los tiros han provocado el desmayo de mujeres y la huida de hombres y espantada de caballos.

El teniente coronel Varela ha muerto. Ejecutado. Su atacante está mal herido. Hace un supremo esfuerzo para llegar a la calle Santa Fe. La gente ya empieza a asomarse y a arremolinarse. Presintiendo lo peor, la esposa de Varela ha salido a la calle y la pobre ha visto a su marido muerto, así despenado en forma tan dramática.

Cuando están a pocos pasos de Wilckens desenfundan sus armas, pero no tienen necesidad de hacer nada porque él les está ofreciendo, de culata, su propio revólver. Le quitan el arma y le oyen decir en mal castellano:

—He vengado a mis hermanos. (…)







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