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Red Internacional

En el 150º aniversario de su nacimiento, presentamos la semblanza biográfica de Alexandra Kollontai que integra la 2da edición de "Luchadoras. Historias de mujeres que hicieron Historia", de Andrea D’Atri, Celeste Murillo y Ana Sánchez. El libro fue publicado en 2018 por Ediciones del IPS.

Andrea D'Atri@andreadatri

Jueves 31 de marzo | 08:26

"Además del extremado individualismo, defecto fundamental de la psicología de la época actual, de un egocentrismo erigido en culto, la crisis sexual se agrava mucho más con otros dos factores de la psicología contemporánea: la idea del derecho de propiedad de un ser sobre el otro y el prejuicio secular de la desigualdad entre los sexos en todas las esferas de la vida, incluida la esfera sexual."

Alexandra Kollontai

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La bolchevique enamorada es la única de Alexandra Kollontai quien, antes y después de esta experiencia literaria, se dedicó a escribir casi exclusivamente –con excepción de algunos relatos cortos - artículos y folletos de propaganda. La bolchevique enamorada fue publicada en Moscú en 1927. ¿Quién era esta mujer que podía editar una novela sobre la vida en Rusia al mismo tiempo que el creador del Ejército Rojo –quien fuera junto con Lenin uno de los máximos dirigentes de la revolución de 1917- era expulsado del partido en el décimo aniversario de aquella gesta heroica?

De una infancia rica a la toma del poder

Alexandra había nacido en San Petersburgo el 31 de marzo de 1872, en el seno de una familia de ricos terratenientes, lo que le permitió educarse con un instructor particular en una nación donde sólo una de cada trescientas muchachas tenía acceso a la educación media. Siendo joven estudió historia del trabajo en Suiza y, en 1899, se afilió al Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR) donde se enroló en la fracción menchevique.

Después de presenciar los acontecimientos del Domingo Sangriento, cuando centenares de obreros perecieron bajo los fusiles de la autocracia mientras –conducidos por un pope de la iglesia ortodoxa- peticionaban al Zar, Alexandra se involucró en el proceso revolucionario que conmocionó a Rusia, escribiendo artículos y organizando a las mujeres trabajadoras. Frente al ataque que recibió de la reacción por su labor entre las obreras, la corriente menchevique aclaró que se oponía a la política de organización independiente de las trabajadoras que ella llevaba adelante, en la editorial de su periódico Voz Socialdemócrata. Rápidamente, con la publicación de su artículo “Finlandia y el socialismo” –en el que Kollontai hace un llamamiento a la insurrección contra el régimen zarista- le llegó el exilio. En Europa, entró en contacto con los partidos socialdemócratas de Alemania, Gran Bretaña y Francia. Su nivel cultural y sus viajes son los que, el resto de su vida, le permitieron hablar fluidamente más de media docena de idiomas.

En el inicio de la Primera Guerra Mundial se opuso a ésta, al mismo tiempo que se unía definitivamente a los bolcheviques, viajando por Europa en una campaña contra la contienda imperialista. Sin embargo, a pesar de su compromiso con esta causa, Kollontai no pudo participar de la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas convocada por Clara Zetkin en la que se acuñó la fórmula de compromiso de “guerra a la guerra”, entre las distintas delegaciones.

Finalmente, Alexandra Kollontai pudo participar de la Conferencia de Zimmerwald, donde se reunieron delegaciones internacionalistas de la socialdemocracia europea. Allí acompañó la posición de la delegación bolchevique encabezada por Lenin quien planteaba, en minoría, que los socialistas debían romper la colaboración con los gobiernos burgueses, que era necesaria la movilización de las masas contra el social-chauvinismo y la transformación de la guerra en guerra revolucionaria.

Al estallar la revolución, en febrero de 1917, Alexandra regresa a Rusia y es electa para el Comité Ejecutivo del Soviet de Petrogrado. Entre tanto, Stalin sostiene que hay que consolidar las conquistas democrático-burguesas, proponiendo que el partido bolchevique apoye al gobierno provisional de Kerensky, cuando Lenin aún no había regresado de su exilio. Pero una minoría de obreros metalúrgicos, apoyados por Kollontai, resiste esta postura de Stalin, en sintonía con la visión del dirigente bolchevique que sostenía que los soviets eran organismos para el ejercicio del poder y que era necesario superar la revolución burguesa con la revolución proletaria.

En julio, Alexandra fue encarcelada junto a centenares de bolcheviques, después de que fueran derrotadas las jornadas donde miles de obreros y soldados levantaron la consigna de “todo el poder a los soviets”. “Cuando llegué a Rusia, Kollontai estaba en prisión”, relata la periodista norteamericana Louise Bryant.

“Había sido exiliada por su oposición al zarismo. Fue encerrada nuevamente por discrepar con el gobierno provisional. Sabían que era una bolchevique y por aquel ‘crimen’ fue detenida en la frontera rusa bajo el vergonzoso cargo de ser una espía alemana. Fue liberada nuevamente porque no encontraron pruebas para procesarla. Fue detenida nuevamente y encarcelada por Kerensky después del levantamiento de julio, por haber dicho abiertamente que los soviets eran la única forma de gobierno para Rusia…”

Aún permanecía prisionera cuando fue elegida para integrar el Comité Central del Partido Bolchevique, el mismo que condujo la insurrección de octubre con el voto negativo de sólo dos de sus miembros: Zinoviev y Kamenev.

Tras la toma del poder, Kollontai fue nombrada Comisaria del Pueblo para la Asistencia Pública, un cargo de nivel ministerial.

“Jueves 8 de noviembre. Amaneció el nuevo día sobre una ciudad presa de la excitación y el desorden, sobre una nación agitada por una formidable tempestad. (…). Se nombraron comisarios temporales para los diferentes ministerios: para el de Negocios Extranjeros, Uritski y Trotsky; para el del Interior y Justicia, Rykov; para el de Trabajo, Chliapnikov; Hacienda, Menjinski; Asistencia Pública, Alejandra Kollontai… (…). Movidos por un solo impulso, todos nos encontramos súbitamente de pie, uniendo nuestras voces al unísono y lento crescendo de La Internacional. Un viejo soldado entrecano sollozaba como un chiquillo. Alejandra Kollontai contenía las lágrimas. El canto rodaba vigorosamente por la sala, estremeciendo las ventanas y las puertas y yendo a perderse en la calma del cielo. ¡La guerra ha terminado! ¡La guerra ha terminado!, gritó cerca de mí un joven obrero, con el rostro radiante.”

Diez años más tarde, la misma Alexandra homenajeaba a las mujeres que habían participado en esta gran gesta de la clase obrera rusa con las siguientes palabras:

“Las mujeres que tomaron parte en la Gran Revolución de octubre, ¿quiénes fueron? ¿Individuos aislados? No, fueron muchísimas, decenas, cientos de miles de heroínas sin nombre quienes, marchando codo a codo con los trabajadores y los campesinos detrás de la bandera roja y la consigna de los Soviets, pasaron sobre las ruinas de la teocracia zarista hacia un nuevo futuro... (…). Cuando se rememoran los hechos de Octubre, no se ven rostros individuales sino masas. Masas sin número como olas de humanidad. (…). En el año de 1917, el gran océano de la humanidad empuja y se balancea, y una gran parte de ese océano está hecho de mujeres. Algún día el historiador escribirá sobre las hazañas de estas heroínas anónimas de la revolución, que murieron en el frente, que fueron baleadas por los blancos y soportaron las incontables privaciones de los primeros años después de la revolución, pero que continuaron manteniendo en alto la Bandera Roja del poder del Soviet y el comunismo.”

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Asuntos públicos y privados de la “pequeña camarada”

Desde el ministerio de Asistencia Pública, la “pequeña camarada” –como la llamaban afectuosamente sus colaboradores- será una de las artífices de gran parte de las reformas que se introducen en la legislación sobre la mujer y la familia. Ahora, las mujeres soviéticas podrán elegir libremente su profesión, obtendrán un salario igual por el mismo trabajo que los hombres, tendrán asegurado su acceso en los empleos del Estado, quedarán prohibidos los despidos de mujeres embarazadas, las casadas ya no estarán obligadas a seguir a su marido y la educación será mixta.

“Cuando fui nombrada delegada del pueblo para la Asistencia Pública, mi primera preocupación fue trabajar en la elaboración del decreto sobre la protección maternal. Fue entonces cuando la comisaría del pueblo para la Salud creó una sección encargada de la protección de las madres y de los niños e instaló el ‘palacio de la maternidad’.”

Pero, a pocos meses de asumido el cargo, Kollontai renuncia por “razones de discrepancias de principio con la política actual.” Se oponía al tratado de paz de Brest-Litovsk, firmado en marzo de 1918, después de arduas negociaciones para conseguir el armisticio con el fin de sacar al naciente estado obrero de la Primera Guerra Mundial, mientras se esperaba el avance de la revolución proletaria en Alemania. León Trotsky, comisario de Asuntos Exteriores, recuerda los debates suscitados por la firma del tratado:

“La lucha, dentro del partido, hacíase cada día más violenta. (…). Lenin era partidario de que intentásemos diferir las negociaciones, capitulando inmediatamente caso de que se nos dirigiese un ultimátum. Yo era de opinión de que provocásemos la ruptura de las negociaciones, afrontando el riesgo de que Alemania volviese a atacarnos, para, en este caso, capitular ante la imposición evidente de la fuerza. Bujarin pedía que se llevase adelante la guerra, para de este modo abrir los horizontes revolucionarios.”

El 21 de enero, la posición de Bujarin ganó, provisoriamente, por 32 votos contra 15 para la de Lenin y 16 para la de Trotsky. Entre esos últimos votos obtenidos por el comisario de Asuntos Exteriores, se contaba el de Alexandra Kollontai.

Las discrepancias de Kollontai sobre este asunto no impidieron, sin embargo, que impulsara la organización del Primer Congreso Panruso de Trabajadoras, donde se resuelve la creación de comisiones de agitación y propaganda entre las mujeres que fueron el embrión del Zhenotdel, la Secretaría de la Mujer del partido que publicará el periódico La Comunista. La tarea central del Zhenotdel era la organizar a las mujeres que no eran miembros del partido, para enseñarles sus derechos y comprometerlas en la construcción del estado obrero. La misma Kollontai rememora aquel congreso en sus recuerdos sobre Lenin: “En el tiempo en que el congreso fue convocado, algunos no apreciaron su importancia y significado. Recuerdo que había oposición de Rykov, Zinoviev y otros. Sin embargo, Vladimir Ilich declaró que el congreso era necesario.”

Pero a pesar de la intensa actividad de estos primeros meses posteriores a la toma del poder, Alexandra Kollontai se hizo tiempo para casarse por segunda vez –según el nuevo código civil- con un camarada diecisiete años menor que ella, un héroe de la flota del Báltico. Más tarde, Alexandra abandonará a Dybenko, a quien le escribe: “No soy la esposa que necesitas, soy un individuo antes que una mujer.”

La NEP y la Oposición Obrera

El invierno de 1920 a 1921 fue extremadamente crudo, las bajas temperaturas y el hambre causaron dos millones de muertes. La revolución persistía en medio de enormes dificultades: la producción agrícola había descendido en un 60% respecto de 1914, la producción industrial había quedado reducida a un 15%. Lenin decía:

“El proletariado es la clase que participa en la producción de bienes materiales en la industria capitalista a gran escala. En la medida en que la industria a gran escala ha sido destruida, en la medida en que las fábricas están paradas, el proletariado ha desaparecido.”

Y esto tenía consecuencias políticas: el Estado se apoyaba en una clase obrera diezmada por la guerra civil, el hambre y porque los trabajadores se volvían al campo en busca de comida.

Los marineros de Kronstadt, en el Báltico, se amotinan; entre sus demandas incluyen un mercado libre para el grano. La oposición de los campesinos –que constituían nada menos que el 80% de la población- al gobierno de los soviets hacía peligrar el futuro de la revolución. Es entonces que, el Xº Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética promulga, por decreto del 21 de marzo de 1921, la nueva política económica (NEP), requiriendo una cantidad específica de productos agrícolas o materias primas a los campesinos como medida de emergencia y dando la libertad para vender el resto de la producción.

La crisis obligaba a los bolcheviques a restaurar la propiedad privada, en algunos sectores de la economía, reemplazando la política de “comunismo de guerra” de los años anteriores. Con estas medidas, la producción agrícola se incrementó considerablemente. Pero esta política también fortaleció a los campesinos ricos y a los especuladores.

Para Lenin y Trotsky, estos cambios en la política económica constituían un retroceso ordenado, para hacer tiempo hasta la próxima oleada de la revolución internacional. Sin embargo, no desconocían los peligros que acarreaban estas medidas: la NEP abría las puertas a las presiones de clases antagónicas con el proletariado que podían provocar una ruptura en el Partido Comunista, dando paso a la restauración. Por eso, al mismo tiempo que introducía la NEP, Lenin proponía, como medida preventiva y excepcional, la prohibición del derecho a fracción dentro del partido.

Pero en medio de esta situación, Lenin enfrenta aún a otro grupo que se denomina Oposición Obrera:

“Una desviación ligeramente sindicalista o semianarquista no habría sido muy grave porque el partido la habría reconocido a tiempo y se habría preocupado de eliminarla. Pero, cuando tal desviación se produce en el cuadro de una aplastante mayoría campesina en el país, cuando crece el descontento del campesinado ante la dictadura proletaria, cuando la crisis de la agricultura alcanza su límite, cuando la desmovilización del ejército campesino está liberado a centenares y millares de hombres deshechos que no pueden encontrar trabajo y no conocen más actividad que la guerra, pasando a alimentar el bandidaje, ya no es tiempo de discusiones acerca de las desviaciones teóricas. Debemos decir claramente al Congreso: no permitiremos más discusiones sobre las desviaciones, es preciso detenerlas (...). El ambiente de controversia se está haciendo extraordinariamente peligroso, se está convirtiendo en una auténtica amenaza para la dictadura del proletariado.”

En la Oposición Obrera se encontraba enrolada Alexandra Kollontai. Se trataba de un grupo de trabajadores metalúrgicos, encabezado por ella y el dirigente sindical Alexander Shliapnikov, quienes consideraban que había que entregar la dirección de la economía a un congreso de productores, dar la dirección de las fábricas y empresas a los sindicatos y elegir a los directores por el voto directo. Lenin responde:

“En estos últimos meses se ha revelado claramente en el seno del Partido una desviación sindicalista y anarquista, que exige las medidas más enérgicas de lucha ideológica, así como la depuración y el saneamiento del Partido.(…). En primer lugar, el concepto de ‘productor’ engloba al proletario con el semiproletario y con el pequeño productor de mercancías, apartándose así radicalmente del concepto fundamental de la lucha de clases y de la exigencia básica de diferenciar con precisión las clases. En segundo lugar, orientarse hacia las masas sin partido o coquetear con ellas, como se hace en la tesis citada, es apartarse del marxismo de un modo no menos radical. (…). El marxismo nos enseña (…) que sólo el partido político de la clase obrera, es decir, el Partido Comunista, está en condiciones de agrupar, educar y organizar la vanguardia del proletariado y de toda la masa trabajadora, la única capaz de resistir a las inevitables vacilaciones pequeñoburguesas de esta masa, a las inevitables tradiciones y recaídas en la estrechez de miras gremial o en los prejuicios gremiales entre el proletariado y dirigir todo el conjunto de las actividades de todo el proletariado…”

La Oposición Obrera impugna las decisiones del Xº Congreso del partido ante la Internacional Comunista, mediante una carta conocida como la “Declaración de los 22.” En el congreso siguiente, una comisión propone la expulsión de Kollontai y Shliapnikov entre otros, pero es rechazada.

Pocos años más tarde, Alexandra recorrería el mundo, viviendo en embajadas suntuosas de la Unión Soviética, convertida en cárcel y tumba de miles de auténticos revolucionarios.

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Un final silencioso

Hacia el final de La bolchevique enamorada, Vassilissa -su personaje central- se recobra a sí misma, recobra nuevos bríos y el placer de dedicar su vida a la actividad revolucionaria, después de haber intentado, infructuosamente, recuperar el viejo amor de 1917 que había cambiado tanto bajo la influencia de la NEP. Y su amiga le advierte que entre los miembros de la clase trabajadora, reinan el desgano y la apatía: “Guarda tu amor, tu corazón para los trabajadores; su situación es difícil ahora. Muchos de ellos han perdido la fe en sí mismos.”

Ese sentimiento se expande en la Unión Soviética, más aún con la muerte de Lenin, ocurrida el 21 de enero de 1924. Algunos meses antes, Alexandra se incorpora al cuerpo diplomático de la Unión Soviética, siendo la primera mujer embajadora de la historia, ejerciendo su cargo en Noruega, Suecia y México. Esto la aleja del centro de las actividades políticas de Moscú y Petrogrado, pero a cambio, le evitan el riesgo de deportación y ejecución de los que son víctimas sus compañeros junto a otros oposicionistas, de ahí en adelante. Shliapnikov no pudo escapar a este destino: en 1932 fue obligado por Stalin a autocriticarse públicamente; al año siguiente fue expulsado del Partido Comunista; más tarde fue arrestado y, en 1937, fue ejecutado.
Hasta su muerte, acaecida en Moscú el 9 de marzo de 1952, Kollontai permaneció en el exterior y la mayoría de sus escritos trataron sobre temas relativos a la mujer, la familia y la sexualidad. También publicó su autobiografía.

¿Cuánto hubo de desconocimiento acerca de lo que acaecía en el Estado obrero aprisionado por la bota de Stalin? ¿Cuánto de desazón, de escepticismo, de desmoralización y cansancio como para emprender una nueva batalla por sus convicciones? Lo cierto es que, Alexandra Kollontai, quien en numerosas ocasiones mantuvo divergencias con las líneas directrices de Lenin y que, sin embargo, siempre acató la decisión mayoritaria y las resoluciones del partido, esta vez guardó silencio. ¿Una vez más trató de acatar la disciplina sin miramientos? ¿O más bien fue un intento de escapar a las garras de la reacción que aplastaba cualquier discrepancia con los campos de trabajo forzoso, los juicios sumarios y los fusilamientos?

Trotsky, como miles de oposicionistas de izquierda al régimen termidoriano impuesto por Stalin, no escapó a este destino. En 1932, al fundador del Ejército Rojo perseguido por todo el mundo, Suecia le negaba una visa por pedido de Alexandra Kollontai que cumplía, así, con las órdenes del Kremlin.

“La fracción stalinista tomó una posición vergonzosa en la contienda clasista sobre el problema de la visa. A través de sus agentes diplomáticos hizo todo lo posible para impedir que se le diera la visa al camarada Trotsky. Kobetski en Dinamarca y Kollontai en Suecia amenazaron con represalias económicas y de todo tipo.”

Lamentablemente, Alexandra eligió vivir en el silencio y bajo una falsa disciplina que le salvó la vida a costa de no denunciar los crímenes contra los revolucionarios, que, paradójicamente, se cometían en nombre del socialismo.

Sus oscilantes posiciones políticas y su reclusión en los lujosos salones de las embajadas para evitar mirar al monstruo de frente, no invalidan sin embargo, su notablemente audaz pensamiento sobre las nuevas formas de las relaciones humanas liberadas del yugo capitalista. Esos escritos han perdurado por su perspicacia para reconocer hasta qué punto el amor y la sexualidad obedecen también a los resortes sociales y económicos del mundo en el que vivimos. Pero, fundamentalmente, por su capacidad de imaginar nuevos vínculos igualitarios entre los seres humanos. Alexandra supo que los sueños que los bolcheviques fueron capaces de concebir en 1917 estaban siendo estrangulados por “el puño del gendarme y la filosofía del cura” que imponía la burocracia stalinista.

Pero más allá de las defecciones de su autora, sus reflexiones sobre otras formas y colores del amor, en el marco del compromiso y la convicción revolucionarias, adquieren una gran dimensión en contraste con el individualismo que impregna nuestra cultura. Es una lección no sólo de cuánto las mujeres necesitan luchar por su propia individualidad, sino también de cuánto más rico es el amor cuando su objeto es la comunidad y no la posesión del otro.

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