Juventud

VIDAS PRECARIZADAS

Juventud en la crisis: "Para nosotros es mierda o pelearla”

En el 2001 tenía 5 años. Vi a mi vieja pasarla muy mal para que no me falta nada. Trabajé siempre precarizado. No tengo nada que esperar de este gobierno, ni del que venga.

Viernes 16 de agosto | 00:00

En el 2001 tenía 5 años. Los recuerdos son pocos pero fuertes. El trueque al que íbamos todos los fines de semana a buscar alimentos o ropa, el olor al puchero y la sopa que hacíamos para toda la familia. Mi vieja me mentía, me decía que había comido en la escuela. Nos bañábamos con una olla de agua caliente para hacer durar la garrafa.

Llegué a Rosario en 2002, cuando mi vieja vino a buscar una suerte mejor. Estuvo un año vendiendo sanguches en parques y negocios. Lo recuerdo con cierta alegría, ya que siempre se esforzaba para que yo no la pase mal. Me inventaba juegos para distraerme mientras caminábamos entre 60 y 80 cuadras por día. Un día le pregunté si en algún momento íbamos a tener cable para poder ver los dibujitos y se largó a llorar.

Desde siempre

Tuve que empezar a laburar cuando estaba en la secundaria. Primero de changarín en algún bar que otro. Después en un taller donde arreglábamos cafeteras. Ahí duré bastante hasta que tuve optar entre seguir la escuela o trabajar. Decidí renunciar.

Terminé la secundaria y en el último año entré en una imprenta gráfica. Ahí conocí en primera persona lo que es la línea de producción. Aprendí el significado de “estandarizar la producción”, que básicamente es hacer exactamente lo mismo todos los días, durante 9 horas seguidas sin ningún cambio.

En la imprenta también conocí a la dirigencia sindical. Recuerdo cuando nos pusimos de acuerdo todos para votar como delegado al Mono, un compañero que estaba hacía muchos años y lo querían echar por llevarse mal con los patrones. Tenía cuatro hijos y vivía en el barrio Las Flores. No era un activista. Pero votarlo fue un acto de solidaridad nuestra, para que a la patronal le cueste más echarlo.

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Lo votamos todo el personal de la planta. Sin embargo ganó las elecciones el alcahuete que era mejor amigo del patrón. No lo había votado ni el loro. Los dirigentes del sindicato, celebraron la elección y hablaban de “democracia sindical”.

El primer día de trabajo, el patrón me acompañó a mi máquina, me miró bien fijo a los ojos y me dijo: “Él es Nahuel y te va a enseñar la máquina. Quedate bien calladito y prestá mucha atención”. Las veces que me mandé alguna cagada, como hacer un laburo mal, producto de la falta de capacitación y de jornadas de hasta once horas en horarios nocturnos, tenía que aguantarme que me grite como si fuese su esclavo.

Duré ahí casi un año y medio hasta que un día, terminando mi jornada laboral, me llaman de recursos humanos y me avisan que ya no me iban a necesitar más. Me dijeron que había un problema de presupuesto y que iban a tener que recortar. ¿Cómo podía ser? Se acababan de comprar máquinas de lujo traídas de Alemania. Bajé a buscar algunas de mis pertenencias a mi máquina y me crucé al patrón. Lo miré bien fijo a los ojos pero el cagón bajó la mirada.

Para seguir subsistiendo empecé a cadetear con la moto en bares. Al principio pensaba que era mejor andar al aire libre y no tener que estar encerrado, sin ver la luz por 9 horas como mínimo, como estaba en la imprenta haciendo la misma tarea tantas veces. Pero con el tiempo me di cuenta de que era una trampa. Las caídas y los accidentes son moneda corriente entre los que trabajan en delivery. No me encontré con ningún cadete con tiempo en el rubro que no tenga algún hueso roto, alguna operación o secuela. Yo pensaba que no me iba a pasar, hasta que me pasó. Fue cuando me quebré la muñeca en una caída. Tuve la suerte de ser de los pocos cadetes de la ciudad con ART. Recuerdo que llegué a atenderme y la imagen era muy dura. Una sala llena de lisiados, todos de mi edad, la mayoría de menos de 25 años. Muchos ya conocían al personal porque habían ido ya varias veces. Accidentes en fábricas, en obras de construcción, quemaduras en cocinas.

Cuando mi muñeca ya estaba un poco mejor, me dieron el alta y volví al bar. Ni bien llegué el encargado me dijo que estaba despedido. Me quiso hacer renunciar pero no acepté. Hace un año y medio espero que ese juicio laboral tenga algún resultado.

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Ahora trabajo en el Jardín de los niños, contratado por la Municipalidad de Rosario. Desde el domingo 11 de agosto, amanezco con una mala noticia cada día y mi sueldo vale menos. El contrato se me termina en noviembre y no sé cómo voy a hacer para pagar el alquiler y seguir estudiando.

Es mierda o pelearla

Pero mi historia no es solo la de un pobre pibe precarizado. Yo tenía seis o siete años cuando hablaba en la cocina con mi abuela, sobre qué significa ser de izquierda. Mi papá tenía cuatro años cuando los milicos se la llevaron a un centro clandestino de detención. Después la trasladaron a la cárcel de Devoto. A mi abuelo lo desaparecieron. En mi casa tengo su máquina de escribir.

Yo sigo ese ejemplo desde que estaba en la escuela. Supe lo que este sistema y estos gobiernos me daban, el día que se me cayó un pedazo de techo al lado de mi banco, que casi me parte la cabeza. Me quedé mirando el pedazo de techo en el suelo y no lo podía creer. Empecé a organizarme con mis compañeros y compañeras para exigir que arreglaran nuestra escuela.

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La izquierda es la única fuerza que encontré, que plantea que quiere terminar con todo esto que me llena de rabia. Es la única que piensa, como lo hacían mis abuelos, que hay afectar a los más poderosos, a las multinacionales y los bancos por ejemplo, para terminar con el hambre y la desocupación. Hoy nos empujan a la miseria con excusas como que "no hay rentabilidad", "el dólar estaba atrasado", "nadie quiere invertir en Argentina porque los salarios son muy altos".

Macri anunció medidas supuestamente para “aliviar” los efectos de la crisis. Anunció 2000 pesos de porquería para un sector de trabajadores. Para la juventud precarizada y en negro, no dijo absolutamente nada. Parece que no le importamos a nadie, salvo a la izquierda, la única que dice la verdad: la juventud será rebelde o eternamente precarizada.

Mientras esto sucede los sindicatos y la oposición se quedan en el molde dicen que ahora hay que esperar hasta diciembre. Nada de salir a las calles, nada de “hacer olas”. No me imagino qué hubiera pasado si nadie hubiera hecho nada en el 2001. ¿Acaso hay que esperar a llegar a esos niveles de desocupación y hambre para salir a dejar claro que no queremos repetir esa historia?

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Estoy convencido, quiero terminar con la precarización y la miseria a la que nos empujan. En nuestros trabajos pero también en nuestra vida. Somos nosotros los que tenemos que rebelarnos. Estoy podrido, no tengo nada que esperar. Para nosotros es mierda o pelearla.







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