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Red Internacional

La mercantilización de la maternidad en la ficción y en la vida real. Columna de Cultura en El Círculo Rojo, programa de La Izquierda Diario los jueves de 22 a 24 por Radio Con Vos FM 89.9.

Celeste Murillo@rompe_teclas

Viernes 15 de julio | 01:49

Imagen: agencia de maternidad subrogada en Kiev (Ucrania).

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Rita, Nadiya y Victoria protagonizan El cuerpo es quien recuerda (Tusquets, 2022) de Paula Puebla. En Buenos Aires, Rita vive una vida acomodada pero no feliz. No tiene amigas, sí una relación pésima con su madre, aceptable con su padre y turbulenta con su pareja. Busca su origen, más movida por la confirmación de no pertenecer, de ser una extraña en su familia. O quizás solo quiere la verdad. Sabemos que es argentina pero nació en Ucrania, unas horas antes de que Fernando De La Rúa se subiera al helicóptero que lo alejaría de la Casa Rosada en diciembre de 2001.

La muerte de una actriz de Hollywood confirma el tema que recorre el libro: la llamada maternidad subrogada o, directamente, la mercantilización de la maternidad. ¿Cómo funciona la industria de bebés? Los pasajes sobre los servicios VIP de la empresa Tech Babies & Wombs no tienen desperdicio. ¿Qué piensan las mujeres que ponen el cuerpo para que otras realicen su deseo de ser madres a cambio de una suma de dinero? Es ficción pero se parece mucho a la realidad.

Rita es la protagonista de una búsqueda medio a ciegas por la negativa de la madre a contarle su historia y la ignorancia cómoda del padre. Son los relatos de Victoria y Nadiya los que ponen en primer plano el lugar entronizado de las mujeres como madres y todo lo que se desprende. Como destino, mandato o “libre elección” sigue siendo una opción privilegiada sobre cualquier otra. Serlo o no todavía conlleva una marca demasiado importante y significa decisiones sobre el cuerpo y la vida.

La literatura es el mejor lugar para hacer preguntas que no siempre tienen respuestas o, peor a veces, son incómodas. Cómo identificar las formas mercantilizadas que intervienen en la realización del deseo de ser madre o padre y sus derivados más oscuros como el turismo reproductivo, la explotación física justificada por relatos de “libertad” para elegir o los dilemas éticos que encierran los descartes genéticos.

El relato de Paula Puebla condensa preguntas, contradicciones y problemas de una práctica cada vez más naturalizada. Las marcas realistas en un relato que combina diferentes géneros ayudan a quien lee a moverse sin preguntar demasiado. La farándula de los años ‘90, la mezcla de corrección e hipocresía de Hollywood o las coyunturas políticas son suficientes para navegar en una Buenos Aires con internet de alta calidad después de una guerra fría de antenas que ganan las empresas chinas.

La elección de Ucrania como productor de bebés sonaría extraño en estas latitudes si no fuera por la invasión rusa, que dejó a la vista del mundo entero la industria reproductiva en ese rincón europeo. Lo que no hay en las páginas de El cuerpo es quien recuerda son respuestas “correctas” (afortunadamente).

El deseo y el mercado

El elemento que suele destacarse cuando se habla de maternidad o gestación subrogada (“alquiler de vientres” o mercantilización de la reproducción) es el deseo. Las narrativas del deseo de ser madre o padre, de formar una familia, permiten opacar las condiciones en las que se realiza. Entre las más importantes, la desigualdad que subyace en que la mayoría de las que gestan sean pobres.

El entorno en el que crece el mercado reproductivo es específico. Las técnicas desarrolladas a finales de los años ‘70 “han devenido en un mercado concreto, el cual ha sido modelado por unos años de expansión del neoliberalismo y de privatización de la salud, que a su vez ha provocado que las prácticas socio-técnicas que hemos desarrollado estén mercantilizadas y privatizadas”. Esta descripción de la socióloga Sara Lafuente Funes resume el corazón del problema.

Sara Lafuente Funes escribió el libro Mercados reproductivos. Crisis, deseo y desigualdad (Katakrak Liburuak, 2021). El punto de partida es la desigualdad como condición necesaria. Su investigación no apunta contra la tecnología. No invalida las posibilidades de atender problemas de fertilidad, facilitar la inseminación o el congelamiento de óvulos y, en general, los beneficios que significó para la salud reproductiva de las mujeres. Cuestiona para qué y para quiénes.

La mercantilización del deseo de ser madre, padre o formar una familia no existe de forma aislada. Pasa algo parecido con otros aspectos de la vida. En Neoliberalismo sexual. El mito de la libre elección (Ediciones Cátedra, 2015), la filósofa española Ana de Miguel explica cómo funciona: “en la vida solo tienes que ocuparte de una cosa, de tu deseo y tener dinero en el bolsillo y satisfacerlo”. En su libro, de Miguel explora cómo se mercantiliza el deseo sexual en las sociedades capitalistas contemporáneas, sin embargo, la misma lógica funciona para otros. Lo importante es aquello que desea el individuo y que el mercado proveerá los medios para satisfacerlo. El neoliberalismo encontró formas múltiples de incorporar los deseos individuales y, al mismo tiempo, borronear los problemas colectivos relacionados, que no encuentran solución o son limitadas.

También se habla del derecho a la maternidad/paternidad o a la familia, que elige subrayar el derecho individual de concebir hijos e hijas con lazos genéticos. Se habla mucho menos del derecho a la maternidad de trabajadoras o familias pobres sin opciones de cuidados, que también obstaculizan ese derecho. Fue el movimiento feminista el que introdujo el debate sobre las tareas de cuidado (que realizan de forma gratuita mayoritariamente las mujeres).

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Que el foco esté puesto en ese derecho individual (tener hijos e hijas con lazos genéticos) habla, sobre todo, de la posibilidad de crear un nicho de mercado atractivo y, a la vez, del desinterés de las empresas y el Estado de desarrollar soluciones a una desigualdad de la que ambos actores se benefician. Sara Lafuente Funes explica que existen los derechos sexuales y reproductivos pero, en su opinión, “no existe es el derecho a tener una criatura propia o a reproducirme yo con mis genes o yo con mi cuerpo. En todo caso, el hecho de que no exista un derecho concreto, no quiere decir que el deseo reproductivo no sea relevante, más aún en una sociedad en la que juega un papel muy importante”.

Lo más agudo que señala Lafuente Funes es que la identificación del deseo con la biología o la genética alimenta una industria que reduce a las mujeres pobres a reproductoras para “consagrar” el derecho de alguien que tiene el dinero para pagarlo. No significa banalizar el deseo reproductivo sino colocarlo en un contexto concreto. Y ese contexto es un “escenario de mercantilización amplio de la vida en sí, en el que el papel de lo reproductivo es diverso y complejo”, como explica en Mercados reproductivos.

Modelo de negocios y vidas que valen más que otras

El libro analiza los mercados en diferentes geografías, de Estados Unidos a India, pasando por la diversidad europea y sus ramificaciones en América latina (vía la expansión de clínicas españolas). No reduce la crítica a la “externalización del embarazo y el parto”, también hace preguntas válidas sobre la donación y congelamiento de óvulos. Muchas tienen respuestas múltiples. Lo que es claro es que manda la velocidad de las empresas, más que de la técnica, y existen líneas de género y clase.

La libre elección y el consentimiento son parte del debate. Términos como altruismo o “ayuda entre mujeres” (existentes en casos minoritarios) son utilizados para justificar la mayoría de situaciones cruzadas por la necesidad de subsistir de las mujeres que gestan para otras y los beneficios de las empresas que transforman el embarazo en algo que se compra y se vende. “Eso no quiere decir que las mujeres sean obligadas a gestar para otras, pero sí que hay un claro sesgo de clase social que diferencia, en un extremo, a las gestantes, y en otro, a las madres y padres de intención” (Mercados reproductivos).

Existen diferentes modelos. Varía la regulación y participación del sistema público (Reino Unido), la baja o nula decisión durante el proceso (Ucrania) o escenarios cambiantes a la velocidad del negocio (India). El panorama de Estados Unidos, un mercado conocido por la experiencia de personas famosas de Argentina, difiere de estado a estado. Existen países que utilizan la reproducción asistida con un sesgo racista. El Estado de Israel tiene la mayor oferta pública, “como parte de la política poblacional israelí, que produce vidas de ciudadanos israelíes a la par que busca imposibilitar la vida de la población palestina de forma cada vez más sangrante” (Mercados reproductivos).

Además de preguntas sobre lo que la autora denomina las bioeconomías y los problema bioéticos que se desprenden de la mercantilización, Lafuente Funes introduce críticas a los modelos de familia que se reproducen. Desde la familia nuclear, la heteronorma y el binarismo hasta los mitos sobre la “necesidad” de alentar las tasas de natalidad nacionales con argumentos xenófobos. Nuria Alabao, periodista y antropóloga, señala un elemento en el mismo sentido: “la noción de que no nacen suficientes niños, de riesgo demográfico, pretende instalar una idea de pánico sobre el futuro de la nación. Es reaccionario porque siempre implica unas directrices sobre quién puede reproducirse legítimamente, y quién no o qué tipos de niños hacen falta –blancos, nacionales– (...) Si hacen falta jóvenes o niños ¿por qué no se deja entrar a más migrantes? No parece que haya ninguna crisis pues a menos que asumas el marco racista”.

En una sociedad que mercantiliza casi todo, la maternidad no es la excepción. Quizás es oportuno hacer a un lado los mitos y prejuicios que la rodean y poner en contexto las narrativas del deseo que el neoliberalismo supo transformar en algo que se puede vender y comprar.

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