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Red Internacional

Este jueves 11 me tocó vacunarme. Me aplicaron la primer dosis de la vacuna China. Desde ya que la alegría me inundó. Pero también el agradecimiento a aquellas que quieren invisibilizar: las enfermeras.

Jueves 11 de marzo | 13:43

Por pertenecer a la planta funcional del primer ciclo de una escuela primaria me fue asignado el turno para ir a vacunarme al estadio Arenas Aconcagua. Ningún vacunatorio VIP. Ninguna fila paralela. Allí, fui junto a cientas más.

Allí fuimos atendidas por decenas de enfermeras y enfermeros que nos ordenaron, nos orientaron, nos explicaron y nos anticiparon cómo iba a ser el operativo, qué tipo de vacuna nos aplicaban y hasta posibles efectos secundarios de los que no teníamos que asustarnos.

Ahí solo estaba la primera línea. Ni funcionarios, ni ministros, ni gobernadores. Solo la primera línea de la salud y de la educación. Éramos quienes sostenemos hospitales y escuelas junto al resto de trabajadores y trabajadoras de salud y educación. Esas enfermeras son las mismas que sostuvieron todo el sistema durante la pandemia, exponiendo su cuerpo, su salud y hasta la vida.
Son las mismas que perdieron compañeros infectados por Covid, esperando que el estado atienda sus reclamos de medidas de seguridad, condiciones de trabajo, salario y estabilidad. A quienes no les reconocen nada pero les exigen todo.

Ellas, que pusieron todo en esta pandemia, cuando terminaron de aplicar la primer dosis a la primer tanda, se pararon frente a nosotras, maestras de la escuela pública, y nos aplaudieron.

¿Pero por qué?. Varias nos miramos con sorpresa y como diciendo: "nosotras tenemos que aplaudirlas a ellas".

La palabra más repetida de la mañana fue "gracias". Gracias por estar, gracias por poner todo. Gracias compañeras.

Algo nos hermana. Y quizás sea justo que el aplauso sea mutuo.

Maestras y enfermeras ponemos el cuerpo entero para sostener una educación y una salud desfinanciada, con salarios de miseria, con pésimas condiciones laborales y de infraestructura y con gobiernos que sistemáticamente pretenden invisibilizar.
Los funcionarios se la pasaron haciendo discursos de campaña en esta pandemia
Pero son ellas, nuestras hermanas enfermeras, las que están garantizando un monumental operativo de vacunación.

Cientos de maestras son recibidas cada hora por trabajadoras de la salud que han tenido que pelear hasta por los barbijos. Han denunciado la falta de ropa adecuada, de insumos de higiene adecuado, la precariedad y los salarios de hambre. Y sin embargo están ahí, aplaudiendo. Es para ellas el agradecimiento, pero también surge un enorme desafío. ¿Y si nos uniéramos? ¿Y si peleáramos juntas? ¿Y si el agradecimiento mutuo es el incentivo moral para unificar nuestros reclamos? ¿Y si peleamos juntas para imponer a los gobiernos que nos invisibilizan todas nuestras demandas?

La sociedad entera entendió nuestra tarea en esta pandemia. Aplaudió, agradeció, acompañó. Más allá de los dirigentes y las políticas que nos dividen es enorme lo que tenemos en común. Y es mucho más que un guardapolvo o un patrón negrero en común. Lo vivimos en lo cotidiano, en las calles que recorrimos juntas este 8 de marzo, en los aplausos mutuos: hacemos funcionar la educación y la salud.
Si maestras y enfermeras nos uniéramos, está demás decir que este mundo, sería un lugar mucho mejor.




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