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Red Internacional

La batalla que libró contra las limitaciones físicas, fue sólo una pequeña parte de su pelea. Aunque oculto por muchos biógrafos, Helen abrazó el socialismo y la militancia. Defensora de la Revolución Rusa, aún figura en los archivos del FBI por su actividad internacionalista.

Viernes 7 de agosto de 2015 | Edición del día

Los hilos rojos

“¿Por qué no hay socialismo en Estados Unidos?”, polemizaba Werner Sombart en 1906. Su respuesta era categórica: debido a un desarrollo histórico “excepcional”, el país del norte habría surgido democrático e igualitario desde sus inicios, exento de las contradicciones presentes en otras sociedades. Este pronóstico no tardó en devenir discurso oficial. La publicidad, la prensa, demócratas y republicanos, respaldaron y construyeron el concepto de un “sueño americano” que parecía anular la lucha entre las clases.

Sin embargo, el “despertar” de trabajadoras textiles, obreros portuarios, automotrices y mecánicos, a comienzos del siglo XX, mostró las grietas de la premisa sombartiana. Y se erige como una memoria viva que algunos pretenden desterrar de la historia. Por ello, en la cuna de los mártires de Chicago, no se conmemora el Día de los Trabajadores. Asimismo, el derrotero de grandes luchadores es olvidado o adaptado a un relato de oportunidades y progreso personal. Tal es el caso de Helen Keller.

La vida de esta nativa de Alabama no fue ordinaria. Luego de una enfermedad que la dejó sorda y ciega desde los diecinueve meses, pasó siete años aislada hasta que su cuidadora, Anne Sullivan, le enseñó a comunicarse a través de un sistema de señales en la palma de la mano. Posteriormente, la joven comenzó a utilizar braile y leer los labios, colocando su dedo índice en la boca del interlocutor. Yendo aún más lejos, aprendió a hablar luego de distinguir, con sus yemas, las vibraciones en la tráquea de Anne y emularlas. Antes de los 25 años, Helen se convertía en una de las primeras mujeres –la única privada de visión y audición- en graduarse con honores en la Universidad de Radcliff, con mágisters en griego, latín, alemán y francés.

Su biografía fue plasmada en libros, películas y periódicos, como una supuesta demostración de que cualquier obstáculo podía ser superado a través del esfuerzo individual. Pero lo que pocos mencionan, es que Helen tuvo una intensa actividad política en círculos radicales. Contra esta omisión, también presente en las biografías actuales, Helen debió batallar durante toda su vida. Aquéllos mismos que halagan su brillantez, subestimaban su competencia para tener una opinión política propia y acusaban a los socialistas de “explotarla”. “No me interesa la hipocresía y la simpatía de los diarios (…) pero me alegro si por lo menos saben lo que significa la palabra ‘explotación’”, respondía irónicamente.

Lo esencial es invisible a los ojos

En 1909, Helen Keller se afiliaba al PS de Estados Unidos. Según ella misma relata, fue gracias a un libro de Anne Sullivan –quien no era socialista-, que se acercó a esta ideología. Después de varios meses leyendo periódicos alemanes disponibles en braile, decidió llevar sus convicciones a la práctica.

En su artículo “Paso a paso”, Helen cuenta que cuando comenzó una investigación sobre la ceguera, comprendió que la mayor parte de las discapacidades provenían de accidentes laborales producto de la codicia de los patrones. Además notó que otros factores del sistema, como la pobreza, las viviendas hacinadas, la falta de acceso a la salud, la educación sexual y los derechos reproductivos, contribuían a la proliferación de enfermedades. Los escritos sobre estos temas, constituyen sus más originales contribuciones a la propaganda socialista.

Poco después de incorporarse al PS, se convirtió en una de sus grandes referentes. Escribió regularmente para la prensa y se encargó de juntar fondos para las luchas. Asimismo, desde los inicios de su militancia, Helen peleó por los derechos de las mujeres. Junto con una firme defensa del voto femenino, también predicaba por la anticoncepción y la legalización del aborto. Si bien los socialistas de la época bregaban por la causa sufragista, en otras cuestiones ligadas a la opresión, Helen estaba por delante. Mientras el Partido no tenía una política contra la segregación de los negros -y hasta la aceptaba en ciertas ocasiones-, ella siempre combatió las leyes Jim Crow, que institucionalizaban el racismo.

Cuando notó que el PS estaba tomando un rumbo electoralista y reformista, no dudó en marcharse. Y fue la Huelga de Pan y Rosas de 1912, que la llevó a unirse a la combativa organización IWW (Trabajadores Industriales del Mundo). Allí, trabó amistad con personalidades como Elizabeth Gurley Flynn, quien advirtió que Helen jugó una importante influencia en su desarrollo.

En 1914, se opuso categóricamente a la I Guerra Mundial. Luego de una efímera confianza en que el presidente Widrow Wilson establecería la paz, denunció la “guerra capitalista” en curso y abogó por la necesidad de que “los trabajadores peleen contra su verdadero enemigo: su patrón”. Estaba convencida de que, para hacer esto y poner un alto a las armas, debía efectuarse una huelga general que parara todas las ramas de producción. A la vez, abrazó con mucho entusiasmo la Revolución Rusa, y dedicó extensas palabras a la figura de Lenin, a quien admiraba. En 1919, durante el llamado Red Scare -que implicó la persecución de activistas y grupos de izquierda como la IWW-, ella intentó utilizar su influencia para defender a los presos y deportados.

A diferencia de la década previa, los años de 1920 estuvieron signados por un importante reflujo de las luchas, resultante de la victoria aliada en la guerra y la represión estatal. En este contexto, Helen amainó su discurso y su práctica política. Para 1924, se unió a la AFB (Fundación Americana para los Ciegos), donde trabajaría hasta el fin de sus días. Ésta distaba de ser una organización radical: de hecho, entre sus miembros había distinguidos anticomunistas y conservadores. En sus discursos oficiales en nombre de la AFB, ella ya no atribuía las discapacidades al sistema capitalista ni exponía que sólo una revolución podría brindar la salida a estos problemas.

Aun así, la famosa mujer llevó adelante cierto tipo de militancia. A lo largo de los ’20, ’30 y ’40, mantuvo correspondencia con viejos camaradas del PS y la IWW, y comenzó a escribir artículos para el Partido Comunista -si bien nunca se afilió- sobre los derechos de las mujeres, la pobreza y el imperialismo.

En 1945, siguiendo la línea del PC, Keller abandonó sus viejos principios y apoyó a Estados Unidos en la II Guerra Mundial, entendiendo que los bandos en juego eran “la democracia” y “el fascismo”. Aunque siguió manifestando que la sociedad norteamericana tenía contradicciones patentes -señalando la carnicería de población negra que significó la contienda-, la realidad es que sostuvo una postura favorable a los Aliados hasta 1945.

Con el comienzo de la Guerra Fría, Helen reanudó sus protestas contra el imperialismo estadounidense. Si bien en este caso volvió a secundar el giro del PC, pronto se distanciaría de éste y lanzaría críticas a la Unión Soviética. Durante sus últimos años, de hecho, se arrepintió de sus posiciones durante la guerra y afirmó que, con Stalin, Rusia se había “alejado del espíritu de Lenin y vuelto al viejo estado de poder ejercido por los zares”. Apartada de la vida pública, luego de una serie de problemas médicos, murió a los 87 años.

Los usos de Helen

Helen Keller inició su vida política en un momento en que hombres y mujeres norteamericanos se levantaban masivamente, parando fábricas, realizando piquetes y organizándose en grupos combativos.

Es cierto que durante la segunda mitad de su vida se alejó de las luchas y apoyó políticas del PC que tuvieron consecuencias desastrosas para la clase obrera. No obstante, su trayecto muestra a una dirigente socialista, que tuvo que pelear contra viento y marea para expresar sus posiciones; y funciona como una negación de la historia triunfalista volcada en los libros.

Helen ha sido denominada por la prensa como “la mujer maravilla” y el “milagro moderno”. Pero lejos de ser un arquetipo del “sueño americano”, junto con miles de trabajadores y mujeres, actúa como un rayo que lo sacude. Éste es el legado que no podrá ser borrado jamás.




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