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Red Internacional

Opinión.Hablemos de otra cosa

Si la palabra no sorprende es porque hay algo en el discurso que está muerto. Si la vida se reduce a un eterno retorno de lo siempre igual, es porque en la política hay algo que perece. El discurso forma parte de la vida en sociedad, y su análisis puede ofrecer varias herramientas de reflexión. Las respuestas al dilema aquí planteado quizás deban buscarse en este medio, en otras notas.

Sábado 1ro de mayo | 21:07

Que la interpretación depende de muchos factores es una afirmación de la que ya existe casi un consenso cerrado. Se puede proyectar una imagen, una imagen terrible: un niño muerto, con el rostro hundido en la arena y el mar por detrás. Se pueden dar las explicaciones del caso: su nombre es Aylan Kurdi, tenía tres años, se encuentra en una playa al oeste de Turquía, su embarcación precaria naufragó en el intento de escapar desde Siria hasta la isla de Kos, en Grecia. Y cada persona que la observa tendrá una postura particular al respecto. No son lecturas aleatorias, no, y esa otra afirmación ya no tiene tanto consenso. La mirada, ligada a determinaciones históricas y sociales, está configurada según diferentes esquemas. Los que miran no son individuos sueltos, son personas educadas y socializadas en contextos particulares, de las cuales se pueden armar las tipologías que quien investigue crea pertinentes.
¿A qué viene esta introducción? Argentina presenta unos datos económicos desastrosos: 42% de pobreza, 57,7% de los niños, niñas y adolescentes son pobres, 10,5% de indigencia, 11% de desocupación. La cifra de contagios por coronavirus orilla los 30 mil por día, junto a una tendencia de 500 muertes diarias.

Ahora bien, si ponemos a observar estas cifras a distintas personas y les preguntamos sobre qué se debería hacer, las respuestas nuevamente serán variadas. Cierre de escuelas, apertura de escuelas; cuarentena estricta, cuarentena escalonada, distancia social con protocolos; intervención estatal, apertura al mercado privado; más impuestos o menos impuestos. Es todo un abanico que suele resumirse con la odiosa metáfora de la “grieta”: dos lados, inconciliables, cuya pelea a muerte impide la unión y salvación de los argentinos y argentinas. Pero más allá de esta simplificación, siempre encontramos personas sensatas que intentan “tomar lo mejor de ambos lados” y construyen una opinión más o menos particular. La tarea política entonces sería “ganarse” a las personas, acercarlas a alguna de estas dos posiciones, jugar a tener más coincidencias que desacuerdos, crear -como se desviven en repetir nuestros dirigentes- “acuerdos”.
Sí, el acuerdo lo pueden lograr. Es más o menos difícil según la coyuntura, es más o menos inestable según los actores que intentan seducir con sus respuestas a la crisis. Y es aquí donde hay que plantear una pregunta trascendental: ¿son realmente estos los términos en los que debe realizarse el debate público? Son los términos que hay, las categorías que tenemos a disposición, al alcance de la mano, para pensar nuestro mundo y a nosotros mismos. Son los términos de la época, las opciones que uno elegirá según su predilección personal. Este es el tercer punto: los que miran los números no son individuos aislados; sus percepciones están construidas social e históricamente; y, además, existe un medioambiente discursivo, una atmósfera particular en el presente que encauza los debates en cierta dirección. No es imposible intentar una respuesta por fuera de estos esquemas, pero dudosamente sea tomada en serio como posibilidad.

Estamos en crisis. Argentina y el mundo está en crisis. La cuestión política hoy se traduce en acciones, decisiones y posturas que significan ni más ni menos que la muerte o la supervivencia de la humanidad. El problema es que las acciones, decisiones y posturas que se están tomando no dejan esa atmósfera discursiva pre-pandémica. En todos los ámbitos, las propuestas y deseos se basan en remedios protocolizados del viejo mundo. Cambiar algo para que nada cambie podía servir cuando la muerte se veía lejana, casi abstracta. Sin embargo, hoy la muerte se huele en cada esquina. Y las respuestas, las formas de sentirla, siguen aferradas al viejo modelo del viejo mundo: la abstracción, la negación, el escamoteo vulgar de siempre. La muerte se contabiliza, los cadáveres se traducen a números en planillas y el tamaño de la montaña que forman se dibuja como gráficos de tendencias.
Hace unos días, oí la siguiente frase en boca de una amiga: “yo no quiero regalarle toda esta juventud a la derecha”. Ella sabe observar el movimiento de las almas: cuando el progresismo falla, las respuestas más aplaudidas comienzan a ser las del conservadurismo. Las dos orillas del río, que no cambiará de dirección.
Hay algo que debería volverse inaceptable: que frente a la denuncia sobre tal o cual cuestión social la respuesta siempre sea que “no es posible”. No es posible reducir la pobreza, no es posible impedir que siga habiendo contagios, no es posible apropiarse del capital intelectual público que contiene cada vacuna -debidamente marcada con su precio de compra-, no es posible dejar de pagar una deuda completamente inmoral, no es posible arrancar la fortuna acumulada por unos pocos pero producida por todos. No es posible hablar por fuera del discurso establecido y, en consecuencia, no es posible actuar por fuera de sus prescripciones.
Esa resignación a lo dado, ese conformismo sencillo, esa mezquindad del pensamiento, esa perversión del privilegio, todo eso es inaceptable. Porque las personas no son números, porque el hambre no se debe porcentuar, porque los muertos no merecen servir solamente para llenar planillas, porque el mundo no puede seguir siendo pensado como una abstracción que nos quite lo más humano que tenemos: la empatía.
Nicole, de la Asamblea Permanente de Guernica -que participó del último Encuentro de Luchas del AMBA-, sostuvo un planteo que debería despabilar a la resignación.: “Demostramos que los trabajadores podemos organizarnos democráticamente, también los más castigados de nuestra clase, que podemos resolver, negociar, y decidir. Dentro de la toma aprendimos que mientras más vecinos participaban de las decisiones, más fuertes y concretas eran nuestras acciones, por eso fuimos hablando con cada vecino, mostrándole la importancia de ser parte de la lucha".




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