Sociedad

LATIDOS PORTEÑOS 12

Gustavo en el Parque

Sábado 18 de octubre de 2014 | Edición del día

No hay dónde hablarle a Gustavo, y por eso cada tanto su primo va a ese Parque de la Costanera, a rozar apenas su nombre en ese gigantesco muro de granito con cientos de nombres y ninguna flor. Pero está lleno de flores, piensa el primo de Gustavo, al recorrer con la mirada esas huellas labradas que supieron ser proyecto y porvenir, desazón y lucha, intensa juventud y vida y que hoy juntos son estos intensos bordes que interpelan al río marrón.

Este Parque de la Memoria de la Costanera tiene una brisa distinta cuando el sol se le esconde al muro, que debe ser de vergüenza, piensas el primo de Gustavo.

Anochece y el río suena, se suelta en la oscuridad inmensa. Empieza a levantarse una brisa que susurra, que quiere hablar, apenas se oye ya de noche y cuando los nombres vuelven a quedarse en soledad. Escucha como si fuera la voz de Gustavo, se recuesta en el pasto, la luna es áspera, cierra los ojos… “Estoy de vuelta en la vida… No pudieron matarme… No delaté a nadie, estoy vivo, vencimos, viva la lucha,
Patria o muerte…! Pero debo tranquilizarme. Vengo de un espacio infinito de paz. He sufrido intervenciones en el corazón y me han extraído la glándula de la pasión. Me dilataron las pupilas con un bisturí incandescente. Mi vista ha atravesado los
horizontes, he visto todo desde entonces, he visto todo a la vez. No soy lo que fui, pero mi memoria está intacta. De donde vengo es obligatorio no olvidar…”

El primo de Gustavo se despierta sobresaltado y corre hacia la baranda que da al río tan oscuro que presume una premonición. Se dice que debe haber algo allí abajo que sobrevive, las almas deben haber conformado corales y de ahí hablará Gustavo, no pude haberme queda dormido. Busca la escultura de Pablo Miguez, el adolescente desaparecido de 14 años que parece salir del río, y piensa que tal vez Gustavo salga también. Hace más frio de frente al río, recuerda que Gustavo lo llevaba a pasear a la Costanera, a ver llegar los aviones o salir los bagres con la tanza y devolverlos al río.

Que también a veces venía Marito, su otro primo, el hermano de Gustavo, que tocaba la guitarra. No piensa decirle a Gustavo que Mario, que se recibió de médico, fue uno de los primeros en morir de Sida, ni que su papá coronel no lo buscó demasiado y que su mamá, mi tía, la maestra, repetía que algo habrás hecho…

Es tenebroso el río cuando mira de noche, piensa el primo de Gustavo, y se jura quedarse así el Parque cierre. Las tinieblas empiezan a dificultar la visión, y lo envuelven… “Ellos creyeron que me mataron, pero yo escapé envuelto en esta dulce tiniebla, esquivé así a los uniformados que patrullaban la tierra, el agua y el aire. Una rara seducción magnética me atrajo. Oponiendo escasa resistencia fui veloz hacia esa extraña nube suspendida, que fue encendiéndose como si recalentara y fuera a explotar. De repente todo se desmaterializó y ya no hubo ni tiniebla. Nunca más supe del tiempo ni de esta forma de la realidad. Sin embargo sé que ya son 37 los años desde de mi adiós al mundo material. Por este aniversario permito corporizar mi voz, vuelvo solo fugazmente al tiempo en su formato sucesivo…”

El primo había quedado con la cabeza puesta sobre el codo, en la baranda que anuncia al río. Era casi de madrugada, y el sereno le permitió salir.

(En memoria de Gustavo Américo Varela, abogado militante desaparecido en 1977)







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