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Red Internacional

Cine. “Golondrinas”: La precarización de los que viven migrando

“Golondrinas” es la ópera prima del realizador Mariano Mouriño, que relata la relación laboral de dos hermanxs, dos trabajadorxs rurales precarizados, con el capataz del campo, en una acción desarrollada en la provincia de Entre Ríos, en los años noventa. Estrenó por Cine Ar el jueves pasado y estará disponible en Cine Ar Play hasta el jueves próximo.

Martes 24 de noviembre de 2020 | 12:33

Lxs trabajadorxs golondrinas, en su andar precario, van siguiendo los calendarios de las distintas cosechas a lo largo del territorio argentino. Ana (Melanie Nacul) y Juan (Isaías Salvatierra) son unx de esxs jóvenes que transitan distintos lugares en busca de algo de trabajo.

Pero el film de Mouriño, “Golondrinas” no nos presenta su trajinar en torno a la explotación laboral que ellxs deben sufrir ni las desigualdades que se ven obligadxs a padecer, sino que se adentra en su relación directa con el capataz de la estancia (Germán Palacios).

Cansadxs de ir de un lugar a otro, lxs protagonistas parecen sentirse a gusto con este nuevo dueño que ofrece sospechosas comodidades a lxs recién llegados al campo, al permitirles realizar tareas más livianas; en el caso de ella, dejar la cosecha por las tareas de la casa y en cuanto a él dándole posibilidad de dirigir al grupo de trabajadores de la plantación.

Pero nada es gratuito, el personaje de Palacios toma a Ana como si fuera su propiedad y así como se apropia de todo, se apropia de su cuerpo. Sin embargo ella no se resiste, hundida en su sometimiento, no reacciona ni puede revelarse ante tanto oprobio.

La película pone su foco en esta relación desigual, entre los que poseen el capital y aquellxs que sólo tienen su fuente de trabajo, su fuerza corporal, puesta al servicio de cumplir con los caprichos de los dueños de la tierra.

Ana sueña con ir a Buenos Aires en busca de una vida mejor, con los sueños frágiles pero todavía intactos de poder progresar y dejar los trabajos precarios en busca de un mayor bienestar que le permita empezar a proyectar.

Pero por supuesto carga sobre sus espaldas el dolor de lo perdido, de lo que capaz nunca llegó a tener por completo. Una vida plagada de desigualdades y sin sabores, un camino lleno de piedras y rodeado de paisajes que se alejan a su paso.

¿Qué destino le espera más allá de estos campos? ¿Qué respuesta puede darle una gran ciudad que sólo fagocita a sus víctimas? ¿Qué respuesta hay para estos seres que nunca tuvieron nada más que su fuerza de trabajo?

El film no responde a estos cuestionamientos, se limita a plasmar una situación casi como un determinismo, donde estxs personajes sin rumbo no tienen otra salida más que huir constantemente.

Como si esta actitud diera respuesta a sus enormes cuestionamientos, como si vivir fuera “barajar y dar de nuevo” cada vez, en un recorrido laberíntico que implique siempre un nuevo recomenzar.

Ana y Juan no reaccionan, emprenden el camino de la huida, desarmadxs, casi sin mochila a cuestas pero cargando con sus realidades, sinsabores y recuerdos que quisieran borrar de su mente de una vez y para siempre.

Es allí, en ese desconcierto que la película se cierra sin mejores señales, pintando una realidad que oprime a lxs personajes y que los aliena, cerrando puertas y ventanas a la posibilidad de un futuro.

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