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TRIBUNA ABIERTA

Las mujeres pobres le dedican el triple de tiempo al trabajo doméstico de cuidados

El trabajo doméstico no remunerado recae sobre las jefas de hogar y las mujeres en general, existiendo brechas entre las más pobres y las de mayores ingresos

Martes 2 de octubre de 2018 | Edición del día

En una nota anterior se planteaba el aumento del número y peso de las jefas de hogar y las precarias condiciones laborales y salariales que afrontan en un contexto donde se agudiza la crisis laboral y económica.

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Muchas de estas jefas de hogares enfrentan a su vez la doble jornada laboral teniendo en cuenta que es sobre quienes recaen el sostén del hogar y las tareas de reproducción cotidiana, ya que en muchos casos se trata de mujeres solas que conviven con sus hijos y ocasionalmente con otros familiares y /u otros no familiares.

Las mujeres realizan en mayor proporción y dedican más tiempo que los hombres a las distintas tareas vinculadas al trabajo reproductivo. Según muestran los resultados de la Encuesta de trabajo no remunerado y uso del tiempo, relevada y publicada por INDEC en 2013, las mujeres dedican en promedio 5,7 horas al trabajado no remunerado mientras los varones menos de 2 horas.

El “trabajo no remunerado” es definido como el conjunto de los quehaceres domésticos (limpieza de casa, aseo y arreglo de ropa, preparar y cocinar alimentos, compras para el hogar, reparación y mantenimiento del hogar) y las tareas de cuidado de otros miembros del hogar (niños, personas mayores) y de apoyo escolar a hijos e hijas que realizan mujeres y hombres en el total urbano del país.

La Izquierda Diario analizó los datos obtenidos por esa encuesta pero particularizando en las mujeres que son jefas de hogar. Éstos muestran que alrededor de 9 de cada 10 jefas realizan tareas reproductivas cotidianas a diferencia de los jefes donde la relación es 6 diarias contra 2:34. La mayor dedicación está dada por los quehaceres domésticos (3:21 horas), pero también por el cuidado de niños, ancianos o miembros enfermos (1:18 horas)

El 91% de las jefas que trabajan también se hacen cargo de las denominadas “tareas de la casa”, es decir, que en la mayoría de los casos su trabajo continúa una vez que salieron de la esfera productiva aunque no reciben por ello ninguna remuneración. El tiempo dedicado son casi 5 horas diarias.

Estos valores son dispares entre las provincias y en algunas de ellas los porcentajes alcanzan o superan el 95% entre las jefas (Formosa, La Pampa, San Luis y Tucumán). Asimismo, el tiempo dedicado es desigual - siempre mayor en el caso de las mujeres –seguramente asociado en parte al tipo de hogar, la cantidad de miembros y la presencia de hijos/as, en particular niños pequeños en los hogares que las mujeres encabezan.

La doble jornada no recae del mismo modo en todas las mujeres: las jefas de los hogares más pobres tienen una mayor participación en el trabajo no remunerado, situación que se acentúa en el “cuidado” (42%), en contraposición a aquellas que pertenecen a los hogares de sectores más altos (8%) que pueden pagar a otras mujeres para que lo realicen.

En el año 2016 la Dirección de Estadística de la Ciudad de Buenos Aires realizó, con distinta metodología y forma de indagación, una encuesta sobre uso del tiempo que confirma las brechas de dedicación entre varones y mujeres en las tareas domésticas y de “cuidados”. Allí se evidencia que mientras las mujeres de los sectores más bajos, que corresponden al primer quintil de ingresos dedican 7 horas al trabajo no remunerado, los varones dedican la mitad del tiempo. En cambio en el quintil más alto la brecha es mucho menor, 3 y 2 horas, comprobándose que la clase social está fuertemente asociada a la sobrecarga de trabajo.

Las mujeres ajustan más el tiempo de dedicación a las tareas no remuneradas, independientemente de su condición de actividad, tanto ocupadas como desocupadas duplican a los hombres en cuanto al tiempo dedicado a las tareas no remuneradas.

Entre las conclusiones generales se destaca la mayor dedicación al trabajo no remunerado de mujeres en edades activas centrales cuando están en pareja y tienen niños de menos de 6 años, cuando tienen menor inserción en el mercado de trabajo asalariado, y la brecha se profundiza cuanto peor es el nivel de ingresos de los hogares en que viven.

Si bien las desocupadas e inactivas dedican más tiempo al trabajo doméstico “no remunerado”, las mujeres ocupadas destinan una significativa cantidad de tiempo lo que las lleva a jornadas infinitas, que les limita tiempo “para sí” dedicado al autocuidado, esparcimiento y capacitación.

En cambio en los varones se observa que ni la situación ocupacional, el nivel de ingresos, la posición en el hogar, ni el nivel educativo producen cambios apreciables en la cantidad de tiempo que dedican al trabajo no remunerado. Sólo cuando hay menores de 6 años aumentan el tiempo dedicado al mismo, aunque la brecha es sustancial si se contrasta con mujeres.

En resumidas cuentas es la pertenencia a una clase social (medida en términos aproximados a través de los quintiles de ingresos), lo que atraviesa la desigualdad en el uso del tiempo e intensidad del trabajo no remunerado, lo que conlleva a mayores condicionamientos de la clase trabajadora.

El permanente deterioro de las condiciones de vida de los sectores populares exacerba las contradicciones y amenaza particularmente a las mujeres que soportan las mayores cargas globales de trabajo, tanto asalariado como doméstico no remunerado.

En un horizonte de recortes presupuestarios y profundo estancamiento económico y ante la presencia de mayores ataques hacia conquistas históricas que la clase trabajadora supo conquistar a fuerza de organización y resistencia, esos ataques a las condiciones de vida van a impactar en un mayor deterioro de los servicios de educación y salud pública que ya se encuentran colapsados. La crudeza y fortalecimiento del carácter capitalista del estado muestran toda su brutalidad sobre las mujeres y la clase social trabajadora.

Las mujeres, que atravesaron cambios profundos como el aumento de su participación en la actividad económica en condiciones de suma precariedad laboral, que a lo largo de las últimas 4 décadas también aumentaron su presencia cuantitativa y cualitativa al frente de las jefaturas de hogares a su cargo, también resultan ser las principales perjudicadas por el desmoronamiento del sistema de salud público.

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Pero no hay que perder de vista que las conquistas de derechos fueron a la par del reposicionamiento de las mujeres que hoy son sostén económico de muchos hogares y que se encuentran ante la necesidad de defender los servicios de salud púbica, que en un marco de profundos cambios sociales y culturales fueron esenciales para que pudieran dedicar más tiempo al trabajo asalariado.

La abrumadora sobrecarga de trabajo que recae sobre las espaldas de las mujeres y ante la amenaza de perder los soportes vitales que posibilitaron su salida de la exclusividad del trabajo doméstico no remunerado, las mujeres son interpeladas como sujetos emancipadores y esto refuerza la necesidad de salir a luchar por sus derechos. Los derechos conquistados bajo el capitalismo no eliminaron la presión patriarcal ni la explotación. Grandes franjas de la población son sometidas por la barbarie del hambre, las guerras y la contaminación. Hoy más 1000 millones de personas viven bajo la extrema pobreza, y el 70% son mujeres y niñas. Es imperioso retomar la tradición revolucionaria para enfrentar la opresión, y para ello tenemos que organizarnos.







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