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Crónica.Fuertes e inmortales: una reflexión ante la partida de un compañero

Recordar proviene del latín “re-cordis” que significa volver a pasar por el corazón. Hace unos días, un momento trágico (y un lugar) me trajo de vuelta un episodio que marcó un quiebre en mi persona. Pero esta vez, me deja una enseñanza para encarar los desafíos que vendrán.

Jueves 1ro de abril | Edición del día

“La muerte es el comienzo de la inmortalidad”. (Maximilian Robespierre)

En la cochería Luque de José C. Paz vi a mi mamá llorar por primera vez. Fue luego de que ella viera por última vez el rostro de mi abuelo Lucio, una de las personas que me crió y que si hoy pudiera volver a hablar con alguien que ya no está, lo elegiría a él sin dudarlo.

Mamá en ese momento trabajaba como empleada municipal en la Dirección de Infancia, Niñez y Adolescencias y Familias de José C. Paz. Sin obra social ni aguinaldo, cobraba $2 por atender a los “nadies” de los que habla Eduardo Galeano. Años antes había sido obrera y había recorrido los trueques de la zona para que hubiera algo de verdura en nuestra mesa. Mamá nunca nos mostró debilidad ante las adversidades. Tal vez la plata no alcanzaba, pero los “cumples” se hacían y siempre Papá Noel dejaba algo en el arbolito. En la Luque ella no solo se despidió de su papá, sino también de un hombre que, al igual que ella, había pasado por mil empleos: sastre, albañil, ferroviario, agricultor, entre otros que ya no recuerdo. Un hombre, que también como ella, alguna que otra noche se fue a dormir solo con un mate cocido y un pan como cena porque era lo único que había. Un hombre que tampoco había mostrado debilidad ante las adversidades, aunque las sintiera con mucho dolor por dentro y las ahogara con Bols.

Ella lloró por última y única vez frente a mí por el hombre que también la había ayudado a avanzar a pesar de los pensamientos y actitudes de esa época, como la idea de que las mujeres no debían hacer el secundario. Mi mamá siguió adelante y hoy es psicóloga social. La mujer fuerte lloró al hombre fuerte.

Este martes volví a la cochería Luque pero para despedir a un joven con el cual compartimos recitales, amistades y diferentes actividades políticas. Junto a mí estaban otros, sus camaradas y familiares. Y vi llorar por primera vez a compañeros que enfrentaron sindicalistas vendidos, gendarmes envalentonados, buchones patoteros, laburos por dos mangos, desamores, abandono de estudios y otras tragedias que seguro vivimos muchos y muchas. Compañeros que pasaron noches sin dormir bloqueando algún portón de una fábrica donde hubo despidos, estudiando para un examen o acompañando a un amigo que necesitaba un abrazo. Los había visto antes vociferando denuncias en asambleas, cortando rutas de madrugada y yendo a hospitales a ver a sus colegas heridos en represiones. Pero también, a los que soy más cercano, los vi tocar fondo en determinados momentos de sus vidas.

Todos ellos despidieron a su compañero, quien pasó por las mismas cosas: había trabajado en distintos lugares, vivido en distintos lados alquilando y que con mucho sacrificio y abnegación -aunque no sin contradicciones-, había levantado las banderas con la convicción de que otra sociedad es posible, una donde el hambre, la desocupación, la pobreza, la desigualdad, el gatillo fácil solo sean estudiadas en clases de historia. Un joven que se jugó todo por ser, no solo un buen padre, sino un buen amigo, de esos que como decía el Negro Fontanarrosa hiciera sonreír a sus pares al verlo llegar. Un joven trabajador al cual su último trabajo no le dejaba, ni siquiera, organizar su semana ya que lo llamaban cuando un barco llegaba.

En la Luque, la mujer fuerte lloró al hombre fuerte y los compañeros fuertes lloraron al compañero fuerte. Ellos quedaron, y su fortaleza también. Son fuertes por los que vendrán y porque hay que hacerles recordar ahora a los que nos quieren débiles, que estamos más convencidos que nunca de que no vamos a bajar los brazos. Y recordarles también de que somos inmortales porque el que lucha, aunque se va, vive en cada compañero.

(Artículo dedicado a los familiares, amigos y camaradas de Nicolas “Zarnilla” Leguizamón, militante trotskista del Partido de Trabajadores Socialistas)




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