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Red Internacional

Opinión. Frente de Todos: el fondo de la crisis y un debate con las cartas sobre la mesa

Una mirada desde la izquierda sobre la crisis de la coalición oficialista. En el debate sobre la moderación, que la víctima no sea la verdad. Un rastreo por los orígenes del Frente de Todos, para ir al fondo de la cuestión. Conclusiones en momentos críticos, que invitan a repensar sobre los proyectos políticos.

Miércoles 23 de marzo | 19:56

La gran crisis estructural que atraviesa la Argentina, y el ruido que recorre a las distintas coaliciones políticas, constituyen de algún modo una oportunidad para discutir y rediscutir proyectos políticos. Sacar conclusiones de lo hecho hasta acá e intervenir en el debate público y los cambios en las formas de pensar, movilizadas también por la guerra y la crisis que conmueven al mundo. Hasta parece obligatorio hacerlo, porque en el medio está la vida de millones.

Las aguas están revueltas. Todo lo sólido se desvanece en el aire y, ante el fracaso de lo existente, emergen proyectos políticos aberrantes como los de la derecha libertaria. También se dirimen internas en Juntos por el Cambio, que huele la posibilidad de volver al poder en 2023. Y en el otro extremo del arco político, la izquierda viene creciendo y consolidándose como una voz ineludible en el escenario nacional.

Sin embargo, por estas horas es en el Frente de Todos donde la polémica pública llegó a punto de ebullición. Con la derrota electoral de 2021 y el pacto con el FMI sellado, el pasado, presente y futuro de la coalición está en debate.

En los últimos días, un cruce de cartas volvió a hacer las veces de instrumento de la discusión. También algunas declaraciones radiales, aunque de vuelo bajo y chicana fácil. Con firmas de personalidades de un lado y otro de la grieta oficialista, la “moderación”, reivindicada o criticada, copó el centro conceptual de la discusión.

“La moderación puede ser transformadora”, dispararon sus balas de tinta las plumas más albertistas. “Moderación o pueblo”, respondieron unos días después, desde el otro lado, los simpatizantes de Cristina.

Pero en el fervor de la polémica, la víctima puede ser la verdad. Y la encerrona en la cual se encuentra el país requiere en primer lugar comprender, para después poder transformar.

La gravedad de la crisis no da lugar para el engaño, ni el autoengaño. A la inversa de lo que sugiere la carta del ala kirchnerista, la moderación del Gobierno actual no es ni una sorpresa, ni un desvío respecto de las características fundacionales de la coalición: es una marca de origen del Frente de Todos.

En pocas palabras, y por sus propios intereses, lo sintetizó esta semana Roberto Navarro en El Destape, cuando señaló que Cristina “no eligió al Che Guevara” para que sea presidente.

Efectivamente, un simple ejercicio de honestidad intelectual obliga a volver al principio si queremos pensar el presente y proyectar el futuro. Para la tarea de gobernar, Cristina Kirchner eligió a quien había sido coequiper de Néstor Kirchner, pero que antes de eso había tenido un pasado menemista, había sido legislador electo en las listas de Domingo Cavallo y que, sobre todo, había renunciado al Gobierno de la entonces presidenta tras el enfrentamiento de 2008 con las patronales del campo y el surgimiento de Clarín como enemigo del “proyecto”. Desde entonces, ese amigo de las corporaciones, que hoy es presidente, no solo se dedicó a deambular largos años por las pantallas de TN atacando a la actual vicepresidenta, sino que también probó suerte como armador del massismo y del randazzismo.

Una anotación más antes de seguir: el tercer accionista en la sociedad del Frente de Todos, el actual presidente de la Cámara de Diputados Sergio Massa, era un hombre a quien antes de la conformación del espacio se acusaba de “traidor” desde las filas kirchneristas. En su prontuario, el amigo de la Embajada de Estados Unidos ya contaba en 2019 con una carrera política iniciada en la derecha liberal, para pasar luego por el menemismo, el duhaldismo y el kirchnerismo, para finalmente probar suerte por afuera, pidiendo que Cristina fuera presa.

Seamos sinceros: la moderación no es una sorpresa, la moderación siempre fue una marca de origen del proyecto. Vayamos a fondo entonces en el debate.

El argumento de enfrentar a la derecha

Claro que aun con todo eso en cuenta, existe el pensamiento, posibilista en nuestra opinión, de que aquel armado era indispensable para derrotar a la derecha macrista en las elecciones de 2019. Vale la pena volver sobre eso, porque el debate puede reeditarse hacia 2023. De hecho, ya se comienzan a escuchar los clamores para que no haya división del peronismo, porque si no "vuelve la derecha". Aunque también es cierto que muchos otros, dentro del peronismo, viendo los resultados, se preguntan "para qué volvimos".

La realidad es que hoy nos encontramos con la paradoja -aparente- de que el Frente de Todos ha fortalecido a la derecha de Juntos por el Cambio y convalidado toda la herencia de su Gobierno. No se podría explicar el macrismo sin la gran ayuda que desde hace años le da el peronismo.

Primero, durante el Gobierno anterior, un amplio sector del peronismo (con Massa a la cabeza) le facilitó la tarea a Cambiemos votándole leyes, cuando ese espacio no tenía mayoría propia en el Congreso. Entre ellas, el acuerdo con los fondos buitre, que abrió el fenomenal ciclo de endeudamiento que hoy está en crisis.

Después, le dieron sobrevida a esa presidencia cuando fue duramente golpeada en las calles en diciembre de 2017, al calor de masivas movilizaciones que enfrentaron su reforma previsional. Los dirigentes sindicales del peronismo (más que moderados) se ocuparon de poner el freno, bajo la consigna "hay 2019". Así fue como Cambiemos siguió con sus planes de ajuste y entrega hasta el último día de su Gobierno, aunque no le dio la relación de fuerzas para avanzar con una reforma laboral.

Después, ya desde el poder, el peronismo ha logrado el milagro de revivir a Macri y sus aliados, cuyo Gobierno había sido considerado un fracaso por propios y ajenos. En solo dos años, la coalición oficialista perdió cuatro millones de votos, le permitió a Juntos por el Cambio ganar las elecciones de 2021 y perfilarse hoy con chances de disputar la presidencia en 2023.

Moderación y resultados van de la mano. No se puede deslindar esta dinámica política de la orientación del Frente de Todos: Juntos por el Cambio no estaría hoy en carrera si no fuera por un Gobierno que legitimó su herencia, esto es, convalidó su deuda ilegal y descargó los costos de la crisis sobre las mayorías. Todas las promesas de la campaña electoral en 2019 fueron frustradas. La pobreza se consolida en niveles altísimos y el salario no recuperó lo perdido en el Gobierno anterior. Incluso siguió cayendo para millones. Y la culpa no fue de la pandemia, sino de las políticas adoptadas.

¿No es todo esto hacerle el juego a la derecha?

Lo que es peor: la dinámica inflacionaria y la renuncia a la soberanía nacional para entregarle la llave de la Casa Rosada al FMI, oscurecen aún más el horizonte. El país, en su dependencia, queda expuesto como una hoja al viento ante la crisis y la guerra que sacuden al mundo, con sus resortes estratégicos controlados por el capital extranjero y sus socios menores de las clases dominantes locales.

Pero sería falso, y el intento de un nuevo engaño, hacer recaer las culpas de esta situación solamente sobre Alberto Fernández. Porque no es cierto que se dispute realmente la orientación del Gobierno desde adentro. Las mismas cartas de Cristina así lo revelaron: “La lapicera la tiene el presidente”, dijo en noviembre pasado, tras la derrota electoral y acercándose el cierre del acuerdo con el FMI. Fue una forma de sintetizar que ella y su corriente se despegan de los costos políticos del ajuste para buscar preservarse hacia el futuro, critican y opinan, pero no obstruyen ni tienen un programa distinto. A lo sumo proponen algún cambio, como nombrar al dinosaurio Juan Manzur jefe de Gabinete.

Más aun: la historia no empezó hace dos semanas, sino que durante dos años los funcionarios kirchneristas en el Poder Ejecutivo (que siguen en sus cargos), así como sus diputados y senadores, acompañaron las políticas de ajuste de Alberto Fernández y Martín Guzmán. Eso fue así desde la suspensión de la movilidad jubilatoria en diciembre de 2019 (antes de la pandemia), hasta los presupuestos de ajuste o la eliminación del IFE y reducción del presupuesto de salud, mientras se seguían pagando miles de millones de dólares de deuda externa al FMI y otros acreedores.

El acuerdo con el FMI fue apenas una variante de esta misma política: un voto en contra testimonial, sabiendo que el acuerdo salía igual. El kirchnerismo ni siquiera tuvo voz a la hora del debate en el Congreso Nacional. Ese silencio fue elocuente, tanto como su ausencia en las calles. Un raro movimiento popular que solo "enfrenta" al FMI por carta. Si eso no es moderación....

Estando en un nuevo aniversario del golpe genocida, tampoco olvidemos el costado represivo: las políticas de este Gobierno se ejecutaron a veces desalojando a los tiros a quienes las enfrentaron, como en Guernica. Sergio Berni, o el dirigente de La Cámpora “Cuervo” Larroque, también son parte del proyecto “moderado” que privilegia los intereses de los countries por sobre las familias sin techo.

Hay otra alternativa

Albert Einstein decía que la locura es hacer lo mismo una y otra vez, esperando resultados diferentes. El fracaso del Gobierno del Frente de Todos ya es algo discutido a viva voz en todo el régimen político, excepto quizás los albertistas. Sin embargo, desde muchas voces kirchneristas se insiste en continuar el camino que nos trajo hasta acá: dar el debate dentro del “campo nacional y popular”, sin romper el Frente de Todos, a lo sumo alzando la voz y exponiendo con más fuerza el descontento. El malmenorismo sigue encontrando en la derecha, a la cual ayuda a fortalecer, un cómplice perfecto.

De lo que se trata no es de corregir el rumbo (aquí nos dirigimos a los millones de trabajadores y jóvenes que votaron con legítimas esperanzas al Frente de Todos), sino de comprender que, de una u otra forma, la situación actual tiene su origen en la arquitectura y diseño original del Frente de Todos. No hay errores, hay un proyecto moderado, diseñado así desde el principio, que nunca tuvo la voluntad de echar por tierra con toda la herencia neoliberal que se construyó desde la dictadura hasta nuestros días y precarizó la vida de millones.

Tampoco es un problema de correlación de fuerzas: Alberto Fernández siempre fue tibio con los poderosos y duro con los sectores populares. La borrada de las calles de los dirigentes sindicales kirchneristas contribuyó mucho a este rumbo conservador.

Si la magnitud de la crisis exige respuestas contundentes para salir del desastre actual que condena a casi la mitad de la población a la pobreza y al país a la subordinación y la dependencia, no se trata de dar una discusión dentro de un proyecto así, sino de construir un camino difícil pero realista: aquel que propone la izquierda, que está presente en cada lucha pero también se propone dar este debate. Ir a fondo en comprender el fracaso del Gobierno peronista, para proponer la construcción de un proyecto político que saque los pies del plato del régimen del FMI, junto a los miles que con el PTS y el FITU ya venimos dando esta pelea en todo el país. Con independencia política de los capitalistas, sin burócratas sindicales, ni funcionarios. Un partido de las y los trabajadores, junto a las mujeres y la juventud. Una “política pública rupturista de un orden injusto e insustentable” (como dice la carta de las personalidades kirchneristas), solo se puede hacer cuestionando los intereses de los capitalistas, bajo un programa que privilegie los intereses de las mayorías por sobre lo de unos pocos, y que se proponga la única vía realista para conquistarlo, la lucha de clases.




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