Internacional

SEMANARIO IDEAS DE IZQUIERDA

Feminismo y coronavirus: ¿qué hacer ahora?

El feminismo ya advertía sobre la brutal precarización del trabajo de reproducción social que recae, mayoritariamente, en las mujeres, y la aguda contradicción entre vida y ganancias, en el capitalismo. La pandemia confirma esos diagnósticos, ¿qué hacemos, entonces?

Andrea D'Atri

@andreadatri

Domingo 26 de abril | 11:42

Murales virales: "Enfermera", Dallas.

La crisis sanitaria provocada por la pandemia de Covid-19 se superpone con, y acelera, una crisis capitalista de larga data. Como señala Matías Maiello en “Pandemia y capitalismo, la lucha en dos frentes de la clase trabajadora”, “la pandemia de coronavirus ha roto el precario equilibrio que venía arrastrando el capitalismo a nivel mundial atravesado por tendencias recesivas, huérfano de nuevos motores de acumulación, con crecientes tensiones geopolíticas, y signado por un amplio ciclo de revueltas”. Probablemente como nunca antes, se puso de manifiesto que esta crisis capitalista “no es solo económica, sino también ecológica, política y socio-reproductiva” [1].

Si nos centramos en este último aspecto de la crisis, podemos decir que el coronavirus dejó al descubierto, ante la vista de millones, de qué manera brutal y descarnada el sistema capitalista subordina la reproducción social a la incesante y masiva producción de mercancías, para que unos pocos vean acrecentados, cada vez más, sus beneficios obtenidos con la explotación del trabajo de millones cuyas vidas son, cada vez, más precarias. La lentitud con la que se dictó el cese de la actividad no esencial en muchos países, la rapidez con que se levantó esa medida contra las advertencias de los epidemiólogos y los millonarios rescates financieros de los Estados a las empresas mientras son incapaces de resolver siquiera la provisión de mascarillas al personal sanitario, son muestras flagrantes de que el capitalismo se sostiene en las ganancias que genera la explotación del trabajo asalariado, aun cuando esto se contraponga al cuidado de la vida [2].

Feminización y desguarnecimiento de “la primera línea”

El desfinanciamiento y vaciamiento provocados por décadas de políticas privatizadoras y planes de austeridad han horadado los sistemas sanitarios, incluso en países como España que se jactaba de contar con uno de los mejores del mundo [3]. Por eso, aunque la actual crisis revela la obvia importancia del sistema sanitario para la reproducción social, también demuestra que las áreas que no generan beneficios para los capitalistas, como prevención o atención primaria, son desfinanciadas; mientras las que rinden económicamente, se privatizan.

De un lado y otro, las mujeres se llevan la peor parte. Por ejemplo, en lo que se refiere a la Salud, la privatización de los sectores más rentables recarga a las mujeres con trabajo de reproducción no asalariado, en los hogares, ante la imposibilidad de acceder a esos servicios hospitalarios de alto costo. Y, por otro lado, las mujeres son mayoría entre los trabajadores asalariados más precarizados del sector público, donde los planes de austeridad dejaron un tendal en el paro e impusieron condiciones de flexibilización laboral, falta de insumos y recursos, una situación que se agudiza con la pandemia.

En las metáforas bélicas que actualmente se están utilizando para referirse al combate contra el coronavirus, no se señala lo suficiente que, entre otras tantas diferencias con las guerras convencionales, hay que contar que en esta las mujeres –que en sus hogares son las que, mayoritariamente, cargan con las tareas reproductivas– representan un sector mayoritario o muy destacado en las “primeras líneas”. Esto incluye al personal sanitario, la atención de la tercera edad y personas dependientes, la limpieza, la producción y comercialización de alimentos y otros insumos básicos, etc. Y como dice Kim Moody en “Cómo el capitalismo del “just-in-time” propagó el Covid-19”, incluso muchas de estas trabajadoras y trabajadores son inmigrantes indocumentados: las y los “nadies” para los Estados imperialistas que, paradójicamente, son presentados como “esenciales” en esta crisis. Hoy se revela que de su trabajo dependen la economía y el cuidado que sostienen, cotidianamente, la vida de millones.

Según datos de colegios médicos y del Instituto Nacional de Estadística del Estado español, las mujeres representan un 49,77 % del conjunto de las especialidades médicas de los servicios de salud y un 79 % en enfermería. Las cifras no difieren mucho en otros países europeos, revelando que los cuidados sanitarios descansan sobre el trabajo –en gran parte, precario, extenuante y realizado en peores condiciones salariales y presupuestarias que hace una década atrás– de un enorme “ejército blanco” –por el color de sus “uniformes de combate”– femenino.

Hoy, son ellas las que comienzan a demostrar cómo actúa la irracionalidad capitalista en esta crisis sanitaria. “Estamos acá [...] para exigir equipos de protección personal, ventiladores y un protocolo de seguridad adecuado para los trabajadores de la salud de la primera línea. Formamos esta fuerza de trabajo porque la frase ’Estamos todos juntos en esto’, que Cuomo, Trump y otros políticos e incluso los CEOs afirman, es totalmente falsa. Nosotras y nosotros somos los que ponemos nuestros cuerpos en la línea de frente. Somos los que ponemos en riesgo a nuestras familias y a nosotras y nosotros mismos en nuestro trabajo”, dice la enfermera Tre Kwon, del Hospital Monte Sinaí de New York, entrevistada por varias cadenas de televisión en la puerta del nosocomio.

“Nosotros agradecemos muchísimo los aplausos, pero tenemos que decirle a la sociedad que nos están mandando a una guerra sin armas”, se queja otra enfermera en la puerta de un hospital de Buenos Aires, “es necesario que al personal de salud nos hagan los tests, por favor díganlo porque es así”, le pide a la cámara del noticiero que sale en vivo en horario central. Y remata: “No somos héroes, somos trabajadores precarizados.” Una médica española advierte a la prensa: “Sin material nos contagiamos y seguimos contagiando”. Y agrega: “Hasta que tengamos material para todas las trabajadoras, y no solo las sanitarias, el problema va a continuar”.

De un extremo a otro del mapa, se repite el reclamo, desesperado y urgente, de contar con equipos de protección individual (EPIs), que siguen sin aparecer o son insuficientes, aunque ya pasaron varias semanas desde que la Organización Mundial de la Salud informó que el brote de Covid-19 se había transformado en pandemia. Y, sin embargo, las patronales y los gobiernos son incapaces de responder a una demanda tan elemental.

Unidad en la huelga: “¡Háganla también por nosotras!”

Cuando el 25 de marzo, las trabajadoras y trabajadores italianos convocaron a cerrar fábricas y empresas no esenciales, mediante una huelga general, 400 enfermeras lanzaron un comunicado denunciando la falta de equipamiento de protección y la suspensión de todos sus derechos laborales.“¡El momento de la huelga es ahora! ¡Salud y seguridad sobre todo! Aunque la nuestra será una huelga simbólica, te pedimos que hagas huelga. Para que la hagan muchos, para que la hagan también por nosotras” [4].

La crisis sanitaria internacional que hoy estamos atravesando deja, más claro que nunca antes, que sin la unidad de trabajadoras y trabajadores de distintos sectores asalariados de la reproducción y la producción, son mucho mayores los límites para conjurar la ecuación capital vs. vida, con la que la sed de beneficios de los capitalistas impone su mortífero caos y desequilibrio. Ni aun con el enorme y merecido prestigio social –acrecentado durante la pandemia– que obtuvo el sector de la sanidad, tiene –por sí solo– la fuerza para imponer sus elementales demandas.

En las calles del barrio de Harlem, en New York, Tre Kwon reclama frente a las cámaras de televisión algo que va más allá de la sala de enfermería; pero que ahora está claro que es indispensable, incluso para que pueda haber EPIs para todas las trabajadoras de la salud: “Es realmente necesario que la industria manufacturera sea nacionalizada y puesta bajo control público total; en realidad, bajo el control democrático de los trabajadores. Esa sería la única forma racional de responder a esta crisis. General Motors y todas esas corporaciones están esperando su paquete [de rescate económico] del Gobierno federal. Pero, en última instancia, lo que se requiere es una planificación centralizada y coordinada, pero no en las manos de Trump. Trump es otro CEO multimillonario fanático que también vela por sus propios intereses. Realmente necesita estar bajo el control del público, de la clase trabajadora”.

Un feminismo verdaderamente anticapitalista debería señalar agudamente que hoy son tan indispensables las enfermeras de New York que comienzan a plantear la necesidad del control obrero para la producción de EPIs, como las trabajadoras de una cooperativa textil de la Patagonia argentina que reestructuraron su taller para confeccionar mascarillas. Pero sobre todo, remarcar que el papel esencial que tienen las trabajadoras en el cuidado de la vida, hoy les da una enorme autoridad para convocar, no solo a la población en general en su apoyo, sino especialmente a los demás sectores asalariados a que corran en auxilio de la salud de la población, tomando en sus manos la lucha por otras medidas que trascienden las paredes del hospital: imponiendo comités de salubridad e higiene integrados por los propios trabajadores en cada empresa para garantizar que no se siga propagando el virus; reclamando la incorporación de trabajadoras y trabajadores desocupados para aumentar la producción de los insumos indispensables, sin reducir los salarios; tomando bajo control obrero las fábricas que cierren o despidan para evitar que se pierdan puestos de trabajo y más familias caigan en la pobreza; luchando por la nacionalización de las industrias y servicios esenciales y por la reestructuración de la producción de empresas de bienes no esenciales, para ponerlas al servicio de atender las necesidades de la población en esta pandemia. Todo esto como parte de un programa racional de medidas de emergencia que ningún gobierno de las democracias capitalistas del mundo estará dispuesto a tomar, en tanto las mismas atentan contra los intereses de las grandes empresas.

La unidad de trabajadoras (y trabajadores) de la reproducción social y trabajadores (y trabajadoras) de la producción se presenta como un arma de lucha indispensable para enfrentar al capitalismo que estableció su contradictoria vinculación en función de sus propios intereses.

Después de largas décadas de deslocalización de la producción a países periféricos, mientras los países centrales incrementaban los servicios de logística, transporte y la entrega domiciliaria, la crisis sanitaria viene a demostrar que las enfermeras que necesitan resguardar su vida en “la primera fila” de los hospitales de Madrid, New York o Buenos Aires, dependen del trabajo de las obreras y obreros textiles de Beijing, para quienes han aumentado los ritmos de producción en estas pocas semanas [5]. Y esas preciadas mercancías que hoy deberían estar protegiendo la vida de quienes protegen la vida, circulan a través de una extensa red internacional de trabajadores –en su mayoría hombres– que también están exponiéndose al contagio y reclamando sus derechos.

Así como las décadas de neoliberalismo remodelaron el mundo con sus nuevos circuitos de suministros que posibilitaron la emergencia de esta pandemia –como de otras futuras que ya preanuncian algunos científicos–, también crearon nuevas posiciones estratégicas de la clase trabajadora, nuevos puntos de vulnerabilidad del capital a escala mundial. En la búsqueda de fuerza de trabajo más barata y sin protección ni derechos, las mascarillas de todo el planeta terminaron fabricándose en China; pero aun cuando las máquinas de coser aumenten el ritmo de sus golpes de aguja vertiginosamente, las mascarillas deberán ser cargadas en containers, viajar en barcos, descargarse en otros puertos, volver a cargarse en camiones, stockearse en depósitos y distribuirse en fletes hasta llegar a las manos de Tre y sus compañeras de New York. Un circuito en el que intervienen miles de trabajadores y trabajadoras para garantizar la realización de las ganancias capitalistas, o para su interrupción.

Pero también, las mascarillas, las batas, los respiradores artificiales, las camas de terapia intensiva, incluso los mismos hospitales se podrían coser, fabricar y construir si la clase trabajadora tomara en sus manos las grandes empresas de la industria de la indumentaria, las multinacionales de la industria automotriz, las gigantescas fábricas de armamento, reestructurándolas en función de las necesidades sociales y combatiendo al mismo tiempo la precarización y el desempleo de vastos sectores de la población.

Algunas mujeres de “la primera línea” lanzaron este mensaje a sus compañeras y compañeros de clase: “Háganlo por nosotras”. En lugar que ocupan en el sistema capitalista no les permite, hoy, paralizar su trabajo de cuidado para hacer oír sus reclamos; pero el reconocimiento social ganado en medio de esta pandemia, fortalece y amplifica sus voces ante millones de asalariadas y asalariados, ante sus hermanas de una clase trabajadora que –en las últimas décadas– vivió un intenso proceso de feminización de sus filas y en la población cuya vida depende de ese abnegado trabajo.

No hay vacío, sino (lucha) política

Jeff Bezos, el CEO de Amazon, sumó 24.000 millones de dólares en estos primeros meses del año a su ya inconmensurable fortuna. El confinamiento que arrojó a millones de trabajadoras y trabajadores informales a la miseria, que sumergió aún más a los sectores que dependen de una economía de subsistencia, fue la condición que le permitió aumentar la explotación de sus plantillas y multiplicar su riqueza. Cuando decimos “que la crisis la paguen los capitalistas”, hablamos de esto: de que no le falten mascarillas a las trabajadoras de “la primera línea”, mientras el hombre más rico del mundo amasa extraordinarios beneficios adicionales.

Pero eso hay que imponerlo. El potencial que tiene la clase trabajadora –cada vez más feminizada y racializada– de interrumpir el funcionamiento de la economía y afectar las ganancias capitalistas, de establecer alianzas con otros sectores populares oprimidos, de construir un nuevo orden social basado en la satisfacción de las necesidades de las grandes mayorías, y no en el afán de ganancias de una clase minoritaria y parasitaria, no se desarrolla en el vacío, enfrenta obstáculos. Además de enfrentar a las patronales, en su lucha por sus/nuestras vidas, la clase trabajadora deberá sacarse de encima a las burocracias sindicales, que aceptan la existencia de la explotación capitalista y limitan la fuerza de lucha de la clase trabajadora a una negociación de la tasa de explotación, pero nunca para eliminarla. Estos agentes de los capitalistas en el movimiento obrero, hoy están pidiendo a las bases que acepten suspensiones, condiciones precarias de trabajo y recortes para evitar males mayores; es decir, desmoralizan a la clase trabajadora para que triunfen las salidas patronales que buscan salvar sus negocios y que las mayorías populares sean, finalmente, quienes paguen la crisis.

Pero también, deberán enfrentar al Estado que es de esos mismos capitalistas, a cuyo servicio no solo disponen del monopolio de la fuerza, sino también de partidos políticos que representan sus intereses. Las mujeres de “la primera línea” que reclaman EPIs en Roma y en New York no están enfrentando únicamente las desastrosas gestiones de esta crisis sanitaria que están haciendo Donald Trump o Giuseppe Conte. También deberán abrirle paso a una salida propia e independiente, entre los reformistas y neorreformistas que, con lenguaje de izquierda, se ofrecen para gestionar la decadencia capitalista regateando con los empresarios nacionales las migajas que estén dispuestos a ofrecer hoy, con la ilusión de que nada cambie, después de pasada la pandemia. Ese es el rol de Unidas-Podemos, sosteniendo al neoliberal PSOE en el gobierno del Estado español; aunque sin llegar a la presidencia de EE. UU., es el rol que cumplió Bernie Sanders, lavándole la cara al imperialista Partido Demócrata durante una campaña electoral que suscitó gran apoyo popular, pero de la que terminó retirándose para apoyar al candidato del establishment, Joe Biden. El rol que ya le vimos cumplir, calamitosamente, en el gobierno, a Syriza en Grecia, durante la última gran crisis de 2008.

Ninguna experiencia comunitaria, ni una sociedad igualitaria, ni mucho menos el comunismo nos esperan a la salida de esta crisis, como si la misma fuera capaz de derivar automáticamente, en un mundo feliz. Estamos en medio de un combate y sobrevendrán otros mayores en un período inmediato. De lo que hagamos hoy, dependerá la relación de fuerzas favorables que construyamos para ganar las peleas de mañana.

Las feministas anticapitalistas y socialistas apostamos a la emergencia de un sujeto colectivo, con las mujeres también en “la primera fila” de la lucha política y la lucha de clases para derrocar a los capitalistas, sus gobiernos y su Estado. No es un anhelo que surge de la esperanza utópica en que la crisis conduzca los acontecimientos en ese sentido. Los próximos ataques a las condiciones de vida y de trabajo de millones de personas que traerá aparejados esta crisis sanitaria, deberán imponerlos sobre un pueblo trabajador y una juventud que viene de protagonizar importantes procesos de lucha –previos a la pandemia–, como las persistentes movilizaciones que resistieron a la feroz represión del gobierno neoliberal de Piñera en Chile, los duros enfrentamientos del pueblo pobre de Bolivia contra las fuerzas golpistas de Añez, las protestas en Catalunya y Hong Kong por el derecho a la autodeterminación; o la prolongada lucha de los chalecos amarillos franceses contra la precarización de la vida que, por más de un año, ocuparon las calles de París y otras ciudades, luego vaciadas por la contundente huelga general del transporte y de otros sectores que paralizaron Francia, contra la reforma de las pensiones impulsada por el gobierno de Macron. Y, también, un movimiento de mujeres que, en todo el mundo, viene movilizándose masivamente, en los años recientes.

Además, las masas trabajadoras ya están dando muestras de resistencia a la vuelta a los negocios “como siempre”. Huelgas en las grandes fábricas automotrices y de la industria aeronáutica exigiendo licencias pagas, paros de la juventud precarizada de la distribución a domicilio exigiendo equipos de protección para realizar su trabajo, protestas simbólicas de las enfermeras italianas y organización de las bases en la sanidad neoyorquina, protestas en redes sociales de trabajadoras y trabajadores de cadenas de comidas rápidas. La clase trabajadora no estará dispuesta a aceptar, pasivamente, los próximos ataques que se vienen y se están cocinando en el hervor de la crisis sanitaria actual. Y hoy comprobamos, en algunas voces de las enfermeras y de las trabajadoras y trabajadores que están arriesgando sus vidas en “la primera línea” para sostener el mundo, que la crisis está abonando el terreno para el surgimiento de nuevas formas de pensar.

Si aspiramos a una sociedad reconciliada, en la que la reproducción y la producción se desarrollen armoniosamente con la naturaleza; una sociedad liberada de todas las formas de explotación y opresión que hoy apremian a las inmensas mayorías, no basta con esperar que, al calor de la crisis presente o la que le seguirá inmediatamente, emerja una futura insurrección global espontánea. Es necesario prepararla desde ahora. Sin la intervención de quienes militamos por un feminismo anticapitalista y socialista, en esta lucha política, proponiendonos desarrollar estos combates presentes en una perspectiva revolucionaria, seremos impotentes frente a los próximos enfrentamientos más duros de la lucha de clases, que se avecinan.

El feminismo anticapitalista no puede limitarse a constatar que las mujeres trabajadoras, por primera vez en la historia, son casi la mitad de la clase asalariada. Tampoco puede restringirse a denunciar que las mujeres son víctimas de las peores condiciones de trabajo, salarios y violencia patriarcal. Porque las mujeres son también las que hoy están en “la primera línea”, las que los pueblos del mundo aplauden desde las ventanas y llaman “héroes”. Esas trabajadoras están empezando a decir, a sus compañeras y compañeros, que necesitan unir sus fuerzas para vencer. Es hora, entonces, de que el feminismo anticapitalista tome en sus manos la tarea de impulsar activamente la organización de estos sectores, con un programa independiente, que abra la perspectiva de derrotar al capitalismo e imponer un nuevo orden socialista, donde abunden el pan y también las rosas.



[1Arruzza, Bhattacharya y Fraser, Manifiesto de un Feminismo para el 99%, Barcelona, Herder, 2019, p.87.

[2Esta contradicción entre vida y ganancias se expone crudamente en esta crisis sanitaria que, por primera vez, sacude a los países más ricos y desarrollados del mundo, devolviéndole a los centros imperialistas las imágenes dantescas que solían ser exclusividad de los países dependientes, sometidos a la expoliación de sus recursos naturales y a la superexplotación de su fuerza de trabajo por las transnacionales europeas y norteamericanas.

[3Según el informe “Remuneración Económica y Satisfacción Profesional”, elaborado por Medscape en 2019, desde 2009 los profesionales de la salud del Estado español cobran alrededor de 1.400 euros menos, al año, que antes de la crisis económica que estalló en 2008. Además, se señala que “los médicos de Atención Primaria ganan un 14 % menos que los especialistas y las mujeres, en ambos casos, soportan una brecha que equivale al 19 %”. En “Seis dudas y siete gráficas sobre gasto sanitario en España” se explica que, en 2016, incumpliendo las normativas europeas, 1 de cada 3 trabajadores de la sanidad pública española tenía un contrato temporal y 1 de cada 3 de esos contratos duraba menos de una semana. Entre 2009 y 2014 se perdieron 12.180 puestos de trabajo en la Sanidad Pública. Y mientras la media europea es de 5 camas por cada mil habitantes, España cuenta con 3, desde que se implementaron los planes de austeridad que siguieron a la crisis mundial de hace más de una década. Los recortes en Sanidad no equivalen a los puntos porcentuales que cayó la economía, sino que fue notablemente mayor a la caída del PIB, especialmente en las áreas de Atención Primaria y Salud Pública, que se consideran los niveles asistenciales siempre más desprotegidos y que más podrían aportar en épocas de crisis. Con excepción de 2009, cuando el gasto en Salud Pública repunta por la compra masiva de vacunas para atender la epidemia de gripe A, la caída del presupuesto es en picada.

[4L’appello di 400 lavoratori della sanità: ci stiamo ammalando a migliaia, non possiamo scioperare, il 25 marzo fallo tu #scioperaperme, Unione Sindacale di Base, 22/03/2020.

[5Desde el 1.º de marzo, China ha exportado cerca de 4.000 millones de mascarillas y casi 40 millones de trajes de protección, a medio centenar de países.







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