Sociedad

CANDIDATO EN CAMPAÑA

Facundo Manes y su reduccionismo biologicista

Juan Duarte

Docente del CBC de la UBA. TW: @elzahir2006 IG: @juanmaduarte

Martes 14 de octubre de 2014 | Edición del día

Foto: sinmordaza.com

En estos días Facundo Manes volvió a ser noticia. Después de saltar a las primeras planas a partir de dirigir el equipo que operó a Cristina Kirchner de un hematoma subdural el año pasado, y de coquetear con la candidatura a gobernador por la UCR (FA UNEN), parece que ahora jugará en la CABA junto con Martín Lousteau. También se rumorea que Scioli le habría ofrecido el ministerio de Salud en un eventual gobierno del ex monotauta.

Se trata de una figura particular dentro de los planteles políticos burgueses, ya que si bien es un “mediático”, encuentra su legitimidad no en el fútbol o en el espectáculo, sino en la ciencia: en la neurología y las “neurociencias” para ser más precisos. Participa de instituciones neurocientíficas mundiales, preside la Fundación Favaloro y , desde allí, es columnista asiduo en Clarín, La Nación y Noticias.

¿Cuáles son las ideas del doctor Manes? Para conocerlas podemos echar una mirada a su libro Usar el cerebro. Conocer nuestra mente para vivir mejor (Planeta), desde hace meses en los primeros puestos de los best sellers autóctonos. (acá puede encontrar el lector una reseña completa del libro.)

Conviene señalar que la figura del “neurocientífico” que encarna el posible candidato de FA UNEN, es parte de una tendencia mundial impulsada por los gobiernos y capitales imperialistas, la cual, más allá de los innegables avances científicos en los que se apoya, parte de intereses económicos (complejo neurogenético-industrial, industria farmacéutica, sistema privado de salud, aseguradoras, etc.) y de control social. En 2013, la UE destinó un billón de euros para el “proyecto cerebro humano”, y Obama destinó tres billones de dólares para el proyecto BRAIN (cerebro en inglés).

Ideológicamente, esta corriente retoma las aspiraciones del viejo determinismo biológico, que apunta ahora a localizar toda conducta humana –desde el amor romántico hasta la orientación política y el juicio moral– en regiones del cerebro visualizadas por imágenes de resonancia magnética funcional, y a su vez moldeadas por fuerzas genéticas y evolutivas, reduciendo la persona a la pura biología. Como señala en esta entrevista el neurocientífico Steven Rose, “En una economía neoliberal globalizada la tecnociencia ha devenido mercantilizada, y juega un rol central en la mercantilización de casi cada aspecto de nuestra vida cotidiana, incluyendo información acerca de nuestro cuerpo y nuestra genética”.

Psicológicamente, sus explicaciones combinan el localizacionismo cerebral con la psicología cognitiva del procesamiento de la información. El localizacionismo retoma una tradición de medición de capacidades mentales de larga data, que ha encontrado expresiones tristemente célebres como la frenología del siglo XIX (retratada genialmente por Tarantino en Django Sin Cadenas). Y las terapias que esboza tienden a una suerte de nuevo conductismo que tiende a ligar todo un abanico de enfermedades sociales y personales al mal funcionamiento cerebral. La patologización con criterios estadísticos, y el negocio de los psicofármacos son dos fenómenos completan el combo.

Yendo ahora al libro, éste constituye básicamente una estrategia de marketing de la neurociencia y sus “subdisciplinas” (como la “neuroeconomía”). De entrada, Manes parte de la evolución para explicar el cerebro humano. Pero para hacerlo recae en la hipótesis del aumento del tamaño cerebral como clave evolutiva filogenética del pasaje del mono al hombre. Se trata de una hipótesis basada en prejuicios sociales y políticos de clase, con base en el idealismo platónico, pero que ha sido refutada desde hace décadas por la evidencia fósil.

A partir de allí el autor desarrolla una visión sobre diferentes fenómenos sociales. Por ejemplo, las diferencias de género. Para Manes existen diferencias en la anatomía cerebral entre hombre y mujer que sugieren que el la anatomía sexual determina la manera en que funciona el cerebro. Existiría un “cerebro femenino” y uno “masculino”, por lo que ciertas funciones cognitivas y la manera de procesar la emoción serían innatas. La respuesta última estaría dada por la evolución biológica (¡pobre Darwin!): “En tiempos remotos, los hombres cazaban y las mujeres juntaban los alimentos cerca de la caza y cuidaban a los niños. Las áreas del cerebro pueden haber sido moduladas para permitir a cada sexo llevar a cabo su trabajo”.

La religión también podría explicarse ahora: algunos estudios en neurociencias explicarían la universalidad de la religión “como sugerencia de que algunas estructuras básicas en el cerebro necesitan de Dios”, y otros, planteando que “la religiosidad es un artefacto de la evolución”. El gran debate sería “si el cerebro humano está programado para tener fe, o si es una habilidad mental que el cerebro desarrolló a través de la cultura”, y la clave estaría en la tecnología de neuroimágenes y los test cognitivos. Es que, aunque nunca resolveremos el gran dilema de “si nuestras conexiones en el cerebro crean a Dios o si Dios crea nuestras conexiones cerebrales”, “las personas creyentes viven más y mejor”. Francisco puede quedarse tranquilo de que va a contar con un aliado en Manes.

Finalmente, un enfoque biopolítico recorre el libro, ubicando a la neurociencia como complemento para políticas de Estado. Por ejemplo, Manes encara la epidemia mundial de Alzheimer, tomando a los planes nacionales de los gobiernos de Sarkozy y Obama como referencia. Y también encara la cuestión de la “felicidad”, planteando que “los avances científicos […] deben crear las condiciones para la felicidad”. ¿Sus referencias?

El concepto de “felicidad nacional bruta” y las mediciones de felicidad encargadas a los economistas Stieglitz y Amartya Sen por los gobiernos conservadores de Sarkozy y Cameron (primer ministro conservador de Inglaterra).

En definitiva, el reduccionismo biologicista a la ofensiva, una ideología reaccionaria funcional a legitimar cierto orden social, que ha sido recibida fervientemente por Mariano Grondona. La figura del candidato Manes constituye uno de los casos en que las políticas burguesas se visten con un traje ideológico a medida.







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