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Red Internacional

Polémica.Entre la demagogia y los debates de fondo: ¿qué hacer con la casta política y sus privilegios?

La foto del festejo en Olivos en el momento más duro de la pandemia potenció el debate acerca de las enormes prebendas de las que goza el personal político que administra el Estado capitalista.

Eduardo Castilla@castillaeduardo

Martes 17 de agosto | 22:29

El hombre abre la puerta a desgano. Mira a la encuestadora con cara de pocos amigos. “¿Para qué te voy a decir a quien voté después de todo lo que nos cagó?”, estalla. Las palabras brotan enseguida: chorros, mafiosos, chamuyeros. La escena ocurre en Garín, Buenos Aires. Podría tener lugar en cualquier rincón del país.

La crisis política y social golpea a millones. Tras cuatro años de desastre macrista, el ajuste frentetodista acrecienta el malestar con las grandes coaliciones políticas patronales. El negocio de la grieta, repetido en cada discurso de campaña, se torna menos rentable.

Malestar y frustración encuentran registro en cada encuesta publicada o por publicar. Cuando faltan solo 26 días para pararse ante las urnas, la coyuntura política abre escenarios en los que puede colar la apatía o, por el contrario, fortalecerse y emerger terceras fuerzas, algo que también registra más de un sondeo.

Sobre esa bronca intenta surfear la demagogia derechista de Milei, vociferando que va a “sacar a los políticos con patadas en el culo”. Su relato “anti-sistema” intenta vehiculizar el descontento con los grandes partidos en un sentido aún más reaccionario.

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Sin embargo, sus gritos contra la casta política ocultan algo esencial: los privilegios de los que gozan altos funcionarios, legisladores, jueces y fiscales, entre otros, son inseparables de sus lazos estructurales con el poder económico capitalista.

Solo la izquierda obrera y socialista pone al desnudo esa relación y diseña un programa para enfrentarla, como parte de un combate para que la decepción y el desencanto no terminen alimentando energúmenos aún más retrógrados.

De privilegios y brindis

Mucho antes de festejar clandestinamente cumpleaños, a fines de 2019, Alberto Fernández decía que “hay una prédica de que hay una condición de privilegio en la política que no existe."

Sin embargo, si no acudimos al término privilegio ¿Cómo caratulamos la posibilidad de reunirse a celebrar en la Quinta de Olivos, en el momento más duro de la pandemia, infringiendo las normas que se imponían a decenas de millones de personas? Normas que obligaban al encierro y al hambre a millones de trabajadores informales. Que empoderaban a las fuerzas represivas, alentando el gatillo fácil y la violencia institucional. Que dieron aval a la Bonaerense para actuar impunemente contra Facundo Castro.

El descontento contra la casta política se alimenta copiosamente de la distancia sideral que existe entre el vivir de los “representantes” y el de los “representados”. Se nutre de esos abusos de poder que, por sistemáticos y recurrentes, dejan temprano de ser simplemente errores.

Esos privilegios no son privativos del peronismo. La casta política unifica y amalgama peronistas, kirchneristas, radicales, macristas y demás tribus. Esa distancia sideral entre la vida de las grandes mayorías y la que garantiza el acceso al poder político tiene un lado llanamente económico: sueldos y dietas que multiplican por diez o por veinte el salario mínimo; vehículos oficiales a disposición; pasajes gratuitos en avión y colectivos; cargos vitalicios o cuasi intocables, sometidos a la sola fiscalización de sus pares, entre otros etcéteras.

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Los usos de la bronca

Javier Milei grita. No puede ser de otro modo. “Hay que derrumbar el modelo defendido por la casta política…primero estamos los que nos rompemos el orto laburando, no la casta política”.

Los graznidos del candidato libertario cumplen una función ideológica: ocultar la relación entre casta política y poder económico. Acompañando la demagogia de campaña, la operación despolitiza cualquier debate.

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Detrás de la crítica hay una concepción que merece explicitarse. En el “mundo ideal” (sí, dijo eso) de Milei “no existe el Estado, porque no comparto la existencia de la agresión generalizada. No comparto que me roben”.

El robo, para el histriónico derechista, se produce mediante el cobro de impuestos. Un sistema que, en su mirada, aporta a un Estado elefantiásico que gasta más allá de sus recursos. De allí que la plataforma de Avanza Libertadora (¿o Libertad?) proponga que la administración estatal se concentre “en sus funciones básicas e indelegables, tales como: seguridad, justicia, diplomacia, defensa exterior; debe además financiar y, cuando no exista alternativa privada, gestionar, la educación y la salud”.

Para el candidato derechista no parece existir ese gigantesco gasto estatal que constituyen los pagos de la deuda pública. Poco importa que, desde la dictadura en adelante, se hallan abonado más de USD 600 mil millones y, aun así, la deuda actual se ubique por encima de USD 300 mil millones.

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Pensando casi a ras del piso, Milei parece considerar “casta política” a quienes se oponen al brutal ajuste que él y sus socios políticos exigen. De allí que llegue al absurdo de ubicar, en lo que llama “marxismo cultural”, a un amplio arco que va desde el Frente de Izquierda hasta, prácticamente, Larreta y Vidal.

En su demagogia derechista, Milei denuncia a la casta política por considerarla insuficientemente subordinada a los intereses del gran capital. Su propuesta es el vaciamiento de la política en interés de las ganancias capitalistas. La rabia que destila en cada discurso busca entablar un diálogo con les descontentes (sí, con “e”, inclusivo) para convertir su bronca en parte de un sentido común más reaccionario. Uno que funcione como baluarte para nuevos y mayores ataques contra los intereses de las mayorías trabajadoras.

¿Rescatando a la política?

Milei encarna la versión dura de aquel relato meritocrático que el macrismo pretendió vender en su llegada al poder político: el de una “gestión eficiente” que, de la mano de CEOs exitosos, venía a reemplazar a una política cara e ineficiente.

Frente a esa derecha tecnocrática y despolitizante, el progresismo declama una pelea la recuperación de la política. Intelectuales, periodistas y dirigentes reiteran la defensa de los partidos, los acuerdos y las instituciones. Sin embargo, ese rescate sufre un nivel de empobrecimiento similar al de su contracara derechista. Navegando en el mundo de las buenas intenciones, reclama gestos, discursos y modales allí donde las carencias son materiales.

¿Qué pasión pueden despertar fuerzas políticas que vendieron el relato de reparaciones históricas solo para seguir hundiendo a millones en la pobreza? ¿Qué épica pueden convocar macristas o peronistas cuando su horizonte se reduce a administrar un país con pobreza estructural? ¿En nombre de qué proyecto transformador se puede resucitar la política si se impone el respeto al poder capitalista como norma de la gestión estatal?

Los cuatro años de debacle cambiemita no fueron reparados por el Frente de Todos. Por el contrario, las decisiones políticas que se tomaron (¡ahí sí actuó la política!) durante la pandemia fueron funcionales a seguir garantizando los intereses del gran capital. La gestión albertista, a pesar de las palabras fuertes, tiene entre sus ganadores a quienes lo hicieron en casi todos los ciclos políticos: grandes bancos, patronales del campo y especuladores internacionales.

Mal que le pese al progresismo, el rechazo a la política y los políticos no nace solo de la propaganda de los grandes medios y en los discursos rabiosos de la derecha. Se nutre -y muchísimo- de esas usinas. Pero, en gran medida, tiene un origen en la víscera más sensible del ser humano: el bolsillo. Una víscera que hoy, bajo el Gobierno de Alberto y Cristina Kirchner, se encuentra más que resentida.

De castas y poderes

Desde que tiene representación parlamentaria -a nivel nacional y en las provincias-, el PTS-Frente de Izquierda Unidad insistió en debatir un proyecto para que todo legislador o funcionario político gane como un trabajador. Ignorando la propuesta, macristas, peronistas y kirchneristas confluyeron en un programa común: los privilegios de casta son intocables.

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Que sea la izquierda anticapitalista y socialista la que plantea ese programa -como parte de un conjunto integral y profundo de medidas- no resulta casual. Los privilegios de la casta política son inescindibles de los intereses sociales y económicos a los que sirve.

El alto funcionariado político que administra el Estado y encabeza los poderes Legislativo y Judicial, se halla estrechamente ligado a los intereses de las clases dominantes. Sus altísimos ingresos -comparados con la mayoría trabajadora- le garantizan un cómodo nivel de vida. Las formidables trabas para su remoción establecen una estructura que perfecciona lealtades o mecanismos de lobby permanente.

El combate contra la casta política y sus privilegios no se agota en el terreno de las medidas políticas. Resulta imposible que así sea. La pelea por imponer -por ejemplo- que funcionarios y legisladores cobren como un trabajador y sean revocables, debe enlazarse con la lucha contra el poder de un Estado que, en su esencia, sirve a los intereses de la clase capitalista. Una maquinaria burocrática aceitada para perpetuar la dominación social y política del gran empresariado.

Este horizonte implica una pelea de conjunto, que apunte a la transformación revolucionaria de la sociedad, en la perspectiva de un Gobierno de los trabajadores y el pueblo. Una dinámica así solo puede ser garantizada por medio de la lucha y organización de la clase trabajadora y las mayorías populares.




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