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Red Internacional

Hoy conmemoramos el 85° aniversario de Alejandra Pizarnik, tal vez la poeta argentina más importante del Siglo XX y una de las voces más importantes en la Latinoamérica del siglo pasado, voz que aún resuena en este nuevo siglo y cada vez con más importancia.

Fernando GarzónEstudiante de Filosofía UBA y Artes Audiovisuales

Jueves 29 de abril | 10:53

Nacida un 29 de abril del año 1936 en la localidad de Avellaneda, hija de los inmigrantes polacos Elías Pizarnik y Rejlza Bromiker de Pizarnik que venían escapando del nazismo en Europa, con una hermana dos años mayor también nacida en Argentina, Myriam Pizarnik, Alejandra creció en una casa del sur del conurbano bonaerense donde se hablaba idish, polaco y ruso, también, naturalmente, el castellano que sus padres tuvieron que aprender a la fuerza. Alejandra concurría a la Escuela N°7 de Avellaneda, además de ir a contra turno a la escuela judía Zalman Reizien a aprender sobre dicha tradición.

Alejandra crecería como una adolescente envuelta en literatura, con ansias de estudiar en la antigua Facultad de Filosofía y Letras y también de inscribirse en la facultad de periodismo. Rápidamente dejaría ambas carreras, pues lo suyo no era una vida productiva tal cual la entendemos hoy en día, sino que se trataría de una vida marcada por la poesía y el deseo de “hacer del cuerpo un poema”. A sus 19 años publicaría, bajo el título de Flora Alejandra, su primera obra: La tierra más ajena (1955), la que le valió rápidamente el reconocimiento dentro del círculo de poetas, escritores y escritoras de la vanguardia surrealista argentina (Olga Orozco, Bajarlía, Yahni, Thénon, Juarroz, Lange, Girondo). Con el auspicio de estos escritores y escritoras y el de Raúl Aguirre, publicaría al año siguiente su segundo poemario La última inocencia (1956) y luego Las aventuras perdidas (1958), ya bajo el título de Alejandra Pizarnik. Este es un cambio crucial para comprender su historia, dado que bajo el seno familiar ella era Flora Alejandra, pero una vez fuera de la jaula ella tomaría su segundo nombre para el resto de su vida. Así, pasaría a presentarse en sociedad como Alejandra Pizarnik, una joven poeta cercana al círculo de surrealistas mayores que la tendrían como bandera, una joven escritora que actuaba en cada presentación social, creando así un personaje gracioso sobre ella misma, el origen del tan famoso “personaje alejandrino”, siendo la infante y mimada del grupo de poetas y también en su seno familiar. Este personaje de niña-adolescente nunca la permitió crecer del todo, dado que se tenía que valer obligadamente de la ayuda de su madre o de sus amigas hasta para las cosas más nimias.

Pizarnik junto a Olga Orozco (París, 1962).

Dos años más tarde de publicado su tercer poemario, Alejandra se embarca rumbo a París, donde pasará 4 años de su vida. Allí vivirá con su tío, luego trabajará en lo que será la Editorial Gallimard, vivirá sola y, lo más importante, se rodeará de figuras de importancia literaria tales como Cortázar, su esposa Aurora, Octavio Paz, Starobinski, de Mandiargues, etc. Su quehacer poético no quedo atrás, sino que fue acrecentándose. En 1962 publica uno de sus poemarios más famosos, Árbol de Diana, el que es prologado por Octavio Paz. Este es un poemario distinto a los anteriores, se tratan de 38 poemas breves, casi aforísticos, con una resonancia de poemas en prosa que luego relucirá en su obra tardía. Hay versos muy conocidos de este libro, tales como el Poema 11: “explicar con palabras de este mundo/que partió de mí un barco llevándome” o el Poema 23: “una mirada desde la alcantarilla/puede ser una visión del mundo; la rebelión consiste en mirar una rosa/hasta pulverizarse los ojos”. En este período parisino también logra conocer y entrevistar a Simone De Beavuoir y Margarite Duras, dos escritoras y referentes del movimiento feminista de aquel entonces.

Para 1964 regresa a Buenos Aires, y tras la muerte de su padre su madre le compra el tan conocido departamento de la Calle Montevideo al 980 en Capital Federal. Este departamento será su hogar hasta el final de sus días, reunión de encuentro con amigos y amigas. Al año siguiente publica su cuarto poemario, Los trabajos y las noches (1965), el que cuenta con 18 poemas de amor memorables y hermosos, entre los que encontramos versos tales como “Tú eliges el lugar de la herida/en donde hablamos nuestro silencio. /Tú haces de mi vida/esta ceremonia demasiado pura” o “Recibe este rostro mío, mudo, mendigo./Recibe este amor que te pudo./Recibe lo que hay en mí que eres tú”.

Por este entonces es que conocerá a Silvina Ocampo y Bioy Casares, teniendo con la primera un fuerte amorío fantasioso, platónico, del que se da cuenta en la correspondencia que mantuvo con ella: “Quisiera que estuvieras desnuda, a mi lado, leyendo tus poemas en voz viva. Sylvette mon amour, pronto te escribiré. Sylv; yo sé que es esta carta. Pero te tengo confianza mística. Además la muerte tan cercana a mí (tan lozana!) me oprime (…) Sylvette, no es una calentura, es un reconocimiento infinito de que sos maravillosa, genial y adorable. Haceme un lugarcito en vos, no te molestaré”. Pero si este amor fue concretado o solo una fantasía amorosa propia de Alejandra, no lo sabremos.

Llegando al año 1968 vuelve a publicar un poemario, Extracción de la piedra de locura, donde su voz cambia respecto de los trabajos y versos anteriores. Ahora afloran la escritura fragmentaria y la escritura en prosa poética, la muerte juega un papel más importante en sus escritos, cosa que también veremos en El infierno musical (1971), su último poemario publicado un año antes de su muerte. Evelyn Galiazo, investigadora de la obra pizarnikiana en la Biblioteca Nacional, escribe al respecto de Alejandra y su cercanía con la muerte en sus últimos textos “Pero además de ser un centro de significación capital la muerte es también el pathos trágico de su vida. Pizarnik intenta suicidarse en más de una oportunidad. A la muerte Pizarnik la convoca y la conjura, la corteja y la busca fascinada y temerosa. Es objeto de terror y de deseo. Polo de atracción y de miedo opera como auténtica energía que ordena y dirige su vida. Relacionado con la cuestión del “exilio existencial” (sentimiento de no pertenencia a este mundo). En los escritos del 65 al 67 la muerte adquiere tangibilidad, deja de ser una presencia difusa o abstracta para convertirse en un personaje tremendo que se vincula con ciertos ritos sexuales”.

También en sus últimos años Alejandra incursiona en otros tipos de escritura, como el caso de Los poseídos (o perturbados) entre lilas, su única obra teatral, la que tiene como fuente directa Final de partida de Samuel Becket. Vemos una escritura vampírica, tal como sucedió en 1966 con el caso de su ensayo poético La condesa sangrienta, el que toma base el ensayo de Valentine Penrose sobre la vida y macabra obra de la condesa Erzebet Bhátory. También encontramos su obra La bucanera de Pernambuco o Hilda la polígrafa, un texto repleto de humor y obscenidad, la que cuenta con juegos de palabras y referencias grotescas o sexuales.

Ya en el año 1972, luego de una fallida terapia con el doctor Enrique Pichón Riviere, varios intentos de suicidio, internaciones en el Hospital Pirovano (donde escribe el poema póstumo Sala de psicopatología) y su separación de Martha Moia, su última amante, Alejandra se quita la vida en la madrugada del 25 de septiembre, suicidándose con cincuenta pastillas de Seconal sódico. El trágico final de la poeta, conjunto a la construcción del ya mencionado personaje alejandrino alrededor de autores tales como Lautreamont o Rimbaud, la han hecho quedar en la historia como una poeta “maldita”. Hemos de recordarla a sabiendas de que su obra no se reduce a su suicidio y el mito del malditismo, sino que tiene una riqueza y una abundancia que aún hoy se continúan explorando, no solo en Argentina, sino también en el resto de América Latina, Francia e incluso Estados Unidos (donde se encuentra el archivo Pizarnik, en la Universidad de Princenton).

Pizarnik, política y feminismo

Pizarnik, a diferencia de escritores amigos suyos como Cortázar o Paz, no tuvo militancia política de ningún tipo. Ni en sus escritos ni en su vida. Tal vez por el miedo que le inspiró de niña el régimen nazi, pues este fue el culpable de asesinar a la mayoría de la familia paterna y materna en Europa mientras sus padres lograban exiliarse en Argentina. El fantasma del nazismo estuvo presente en toda su infancia, los campos de concentración, la política totalitaria del régimen alemán, la Shoa, afectaron a esa joven judía que nunca tuvo interés alguno en la política. Leemos en sus Diarios respecto al marxismo: “Leo la Historia del surrealismo. Al llegar al capítulo dedicado al marxismo y a la situación social, económica, etc., de nuestra época, cierro violentamente el libro y lo guardo. Me horrorizo de mi falta de interés. ¡No puedo remediarlo! ¡Denme al Hombre, no a las masas!”. Pero no solo no le importaba la política internacional, sino que incluso la política y los acontecimientos nacionales no eran de su incumbencia. Al explotar la Revolución Libertadora en 1955 ella escribe, también en su diario, lo siguiente: “Anoche soñé que estallaba una revolución. Despierto y mi madre me dice que hay serios disturbios políticos. Pienso en mi sueño (¿premonitorio?). No he leído los periódicos desde la última hecatombe fechada en 16 de junio. Tampoco he querido oír los comentarios de mis compañeros”. Mientras afuera se derrocaba a Perón y se lo empujaba al exilio, Alejandra tenía sus propios problemas personales por lo que no le interesaba saber que sucedía fuera de sus fantasías poéticas.

Si bien Alejandra no fue cercana al movimiento feminista en Francia o Argentina, siempre estuvo a favor de la legalidad del aborto. Ella, que había realizado uno en 1963 en París, decía en una entrevista del año 1971:

“Reportero: ¿Cree que la sociedad actual necesita una reforma y que redundará en beneficio de la mujer?

AP: No creo que la sociedad actual necesite una reforma. Creo que necesita un cambio radical, y es en ese sentido que pueden redundar beneficios para la mujer.

Reportero: ¿Cree necesaria la educación sexual?

AP: Por cierto, puesto que lo sexual es arduo.

Reportero: ¿Cree que las leyes que rigen el control de la natalidad y el aborto deben estar en manos de la Iglesia y de los hombres que gobiernan o bien en el de las mujeres que, a pesar de ser las protagonistas del problema, no han tenido ni voz ni voto en algo que les concierne vitalmente?

AP: Esta pregunta hace referencia a un estado de cosas absurdo, Cada uno es dueño de su propio cuerpo, cada uno lo contra como quiere y como puede. Es el demonio de las bajas prohibiciones quien, amparándose en mentiras morales, ha puesto en manos gubernamentales o eclesiásticas las leyes que rigen el aborto. Esas leyes son inmorales, dueñas de una crueldad inaudita. Cabe agregar, a modo de ilustración, la sugerencia de Freud de que aquel que inventara el anticonceptivo perfecto o infalible sería tan importante para la humanidad como Jesucristo”.

Con este reportaje damos cuenta de cómo Pizarnik era una adelantada a su época en una Argentina que recién consiguió la legalización del aborto en 2020, casi cincuenta años después de esta misma entrevista. Tal vez Pizarnik no haya sido una activista política o feminista, pero sí tenía claro el cambio del rol de la mujer en una sociedad patriarcal como en la que ella había crecido. Recordemos que Pizarnik gozaba de una sexualidad bastante ardua, bisexual para las relaciones de paso pero lesbiana para sus amoríos y fantasías, por lo que creció en un ambiente de represión importante.

Fuentes:

  •   A. Pizarnik, Poesía completa, Lumen, Barcelona, 2017.
  •   A. Pizarnik, Prosa completa, Lumen, Barcelona, 2017.
  •   A. Pizarnik, Diarios, Lumen, Buenos Aires, 2016.
  •   A. Pizarnik, Nueva correspondencia (1955-1972), Lumen, Barcelona, 2017.
  •   C. Piña, Alejandra Pizarnik, Planeta, Buenos Aires, 1992.


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