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Red Internacional

Desde adentro."En la cárcel, pateamos la puerta cuando sacamos una compañera casi muerta y también cuando sale en libertad”

En esta entrevista continuamos con el debate sobre el sistema carcelario, abriendo los muros de la cárcel para escuchar a una persona privada de su libertad y la situación que atraviesan los miles que habitan las cárceles de nuestro país.

Lunes 6 de septiembre | 18:24

La voz de las mujeres tras los muros en primera persona.

Llevo detenida dos años y seis meses antes trabajaba en un barrio con un programa para mujeres que eran víctimas de violencia de género. El objetivo del programa era fomentar la educación en los lugares más necesitados, impulsar a que estas mujeres terminen el secundario y así crear un grupo de logística para seguir estudiando, seguir luchando para que el estado nos brinde una solución.

Muchas veces concurríamos con nuestros hijos. Lo que buscábamos era solucionar cualquier situación que ocurriera ya que no estábamos amparadas por nadie. Vivimos situaciones de violencia extrema, incluso enterarnos del asesinato de muchas compañeras que se habían acercado a pedir nuestra ayuda. Queríamos tratar de encontrar esas posibilidades que siempre nos fueron negadas. Éramos un grupo de mujeres laburantes, trabajadoras".

Durante mucho tiempo golpee las puertas en el juzgado, me canse de denunciar, de pedir órdenes de restricción, nadie nunca me escuchó, y yo siendo una persona que trabajaba en el territorio con mujeres por violencia de género, padecí muchísimas cosas, atravesamos diferentes situaciones que se me hace difícil poder transmitirlas.. A raíz de eso termine en este lugar. Termine apresada, y sentí que comenzaba una nueva lucha. Mi nuevo perfil ya no era el de una militante de barrio que buscaba transformar la sociedad. Fue un golpe muy duro para mí, no quiero imaginar lo que fue para mis hijos, no puedo imaginar lo que debe ser su dolor. Mis hijos quedaron solos. Siempre trate de levantarme y salir a la calle, aunque tuviera un ojo morado.

La violencia institucional que se sufre en la cárcel es terrible, te destruyen por fuera y por dentro. Imagínate, me arrebataron todo por lo que luchaba, lo que amaba en mi vida y termine en este lugar donde ni siquiera recibo un tratamiento psicológico y continúo sufriendo violencia. He vivido duras experiencias: que con las esposas me aprieten las manos hasta que me queden moradas, me han dejado sin agua por días, en un buzón frío, oscuro, donde ni siquiera entra el aire. Nos tiran la comida peor de lo que se la darían a un animal, te viven verdugueando, te dejan días sin bañarte, sin comer. Incluso no podemos acceder a sanidad, es todo una locura!.. He sacado compañeras casi muertas en mantas, ¿Y cual es la solución? El daño psicológico que se le hace a una persona acá es impresionante.

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Acá adentro es una tortura diariamente. Para aquellas que no naturalizamos lo que sucede, se nos complica aún más. Todos los días es una lucha desde que pones los pies en el piso y te levantas. Es una lucha contra el servicio penitenciario, Se ríen, nunca te brindan ayuda, por más que afuera se diga que prevalece la seguridad del interno. Toda la violencia es contra el interno en realidad. Buscan crear un perfil sobre nosotras, como que somos personas agresivas, violentas, peligrosas, y así ejercen siempre su poder y su jerarquía, al estar armadas hacen abuso de autoridad, por eso nos marginan… Y siendo mujeres! No se ponen del lado de su par! Nunca nos miran con empatía de género.

Es todo muy doloroso, muy triste, a veces no se puede poner en palabras, una cosa es contarlo y otra muy distinta es vivirlo, a veces no sabemos ni como seguimos de pie, muchas seguimos, otras han quedado en el camino. Siempre tratamos de motivarnos para continuar en la lucha, sabemos que tenemos derechos, sabemos que somos seres humanos que por más que estemos en este muro, nosotras podemos reclamar desde acá adentro. Reclamar por nuestros hijos, por nuestra sanidad, por vivir mejor.

Cuidamos a nuestros hijos a través de un teléfono. Por video llamada, o por llamada… las que podemos. Hay compañeras que no tienen comunicación con sus hijos porque no saben a dónde están, no saben quién los tiene. No pueden cuidarlos… a veces ni siquiera pueden encontrarlos, porque no tenemos las herramientas para hacerlo, el Estado tampoco nos brinda una solución. Y si entre compañeras no nos organizamos, no nos preocupamos y ocupamos. Nadie nos da una solución, nadie dice nada.

Nos imponen el miedo. La puerta la pateamos cuando sacamos una compañera casi muerta y también la pateamos cuando una se va en libertad, hacemos una misma acción con un fin diferente. Pero lamentablemente no recibimos ayuda de nadie, es un impacto volver a salir a la sociedad después de tanto tiempo encerrada. Es como un laberinto, tenés que buscar el camino para llegar a la salida, afianzar tus vínculos para recuperar todo lo perdido.

Hoy puedo contarlo. Yo no lo quiero naturalizar. Quiero romper con este sistema.

Ante semejante relato, cabría preguntarse quiénes son las personas que habitan las cárceles, esos verdaderos campos de concentración, que según la ideología de la clase dominante, están para castigar el delito cometido y reeducar a quien permanece allí para luego reinsertarse en la sociedad. Nada mas lejos de la realidad cuando más del 57% son personas que han cometido delitos contra la propiedad. Los famosos “ladrones de gallinas” en su mayoría sin condena permanecen en las condiciones que se relatan más arriba.

Deberíamos preguntarnos como estudiantes y futuros profesionales del derecho, cuál el origen de todo esto. Acaso no es el propio sistema capitalista que empuja a la pobreza, la indigencia el hambre, el desempleo a millones de personas mujeres, hombres y niñez , que por necesidad se ven empujados a buscar sustento dentro de lo que el mismo sistema considera “ilegal”. A ellos el escarmiento de la justicia para ricos se hace sentir con total fuerza, denegándoles excarcelaciones, manteniéndolos dentro de los penales sin condena, con tratos que violan cualquier norma referida a los derechos humanos. Mientras tanto los delitos cometidos por los ladrones de guantes blancos, el poder político y sus amigos gozan de la mirada benévola y complaciente de esa misma justicia de clase.

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Los ricos pueden ocupar tierras para construir fabulosos countries como en Nordelta, destruyendo el ecosistema, o pueden desalojar sin piedad a mujeres y niños que ocupan tierras como pasó en Guernica que a punta de pistola y topadores miles de familias fueron desalojadas de la ocupación por un negocio inmobiliario millonario.
Durante estos años de gobierno del Frente de Todos fueron muchas las represiones a las que asistimos comandadas en la provincia de Buenos Aires por el Ministro de Seguridad Berni, ese que defendió incluso que balearan a Chano con la excusa que el personal policial no tiene autorizado el uso de las pistolas Taser. Así el supuesto progresismo se debate entre balas y gases o taser, todos métodos de tortura y represión.

El Ministro de Justicia y Derechos de la provincia de Buenos Aires Julio Alak pregona cursos de derechos humanos para las fuerzas de seguridad mientras la Ministra de las Mujeres, Géneros y Diversidad de la Nación, Elizabeth Gómez Alcorta, plantea que a la justicia le falta una mirada de género. Cuánto cinismo de la clase política al servicio de los intereses de los poderosos, ante la terrible situación por la que atraviesan las personas privadas de su libertad.

Según datos de la Correpi, en los penales provinciales y federales se alojan al menos más de 100 mil personas, donde más de la mitad no están condenadas, siendo víctimas del uso de la prisión preventiva como pena anticipada contra los más vulnerables, lo que constituye una clara violación a los derechos humanos. Por esta razón desde la agrupación La Izquierda en Derecho entendemos que es una utopía reaccionaria plantearse mejorar las cárceles, ya que las mismas son uno de las tantas instituciones del estado capitalista para garantizar su dominio sobre el conjunto de los explotados y oprimidos.

Pero al mismo tiempo no podemos dejar de denunciar y pelear para que, quienes allí habitan, el Estado les garantice salud, acceso a la educación, alimentación acorde a las necesidades nutricionales, atención pediátrica y psicológica para los menores que permanecen con sus madres en situación de encierro. Esos y todos los derechos elementales a los que el Estado gobierne quien gobierne les han negado sistemáticamente.




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