Juventud

El último punk veinticinqueño

La izquierda Diario comparte el emocionante poema escrito por un amigo de "el Lechuga". Así lo llamaban los "Lucky Punk" a Santiago Maldonado. Ayer fue leído ante las más de 400 personas que pararon en Sociales de la UBA exigiendo su aparición con vida.

Viernes 8 de septiembre | Edición del día

Ph. Gastón Barboza

En el año 2008 teníamos una banda que se llamaba Lucky Punk, no sé si eramos buenos, pero hacíamos cosas malas y eso lo volvía bueno. Hacíamos temas que nuestro pueblo rechazaba: Dos Minutos, Superuva, Embajada Boliviana; Ricky Espinosa era nuestro mural. Lo divertido era eso, hacer música que el pueblo rechazaba pero de alguna u otra manera siempre las pibas mas lindas de nuestra generación terminaban dejando salir de sus labios color carmesí, un susurro, un deseo: nunca seré policía. Por eso sus padres nos odiaban pero sin embargo pagaban el sonido cuando nos llamaban de cumpleaños y nos emborrachábamos y quizás ni tocábamos. Es más punki estar acá tirados mirando el cielo, decíamos como podíamos, mientras todos los viejos miraban desde adentro, detrás de un vidrio grueso, como buscábamos una estrella en el cielo o en el suelo un agujero para vomitar. Teníamos una bandera grande, el símbolo rojo de los cigarrillos Lucky Strike, que era la mierda que fumábamos en ese momento, ahora fumamos de todo, fumamos balanzas, fumamos escalones, fumamos sueños, fumamos miedos, fumamos gente, fumamos policías, pero nuestro verdadero cáncer es la carne del humo. Teníamos una bandera grande como Lucky Strike, pero Lucky Punk.

Teníamos quince años pero setecientas abejas encerradas en un solo frasco y lo agitábamos fuertemente y escuchábamos el zumbido enloquecedor salir desde los amplificadores, teníamos cada tanto una fecha importante y sólo un fan que nos seguía a todos lados, menos a los cumpleaños donde había gente de mierda, porque la mierda él la usaba estampada en su remera en un dibujo de un sorete bailando con una cresta punk. Llegaba en su skate a la sala ensayo, ¿Puedo quedarme a escuchar un rato? Nos decía y nunca entraba, siempre se quedaba del otro lado de la ventana mientras nosotros tocábamos en la cocina y hacíamos que los ensayos sean recitales porque alguien disfrutaba el escucharnos. Obviamente Lechuga, te podés quedar todo lo que quieras pero devolvenos la bandera que te llevaste de la plaza el otro día, le decíamos y él se reía. Usaba su campera negra con unas argollas en sus hombros y le colgaban preservativos porque él iba en su skate haciendo la campaña contra el sida. Todavía no tenía el pelo largo. Todavía no tenía barba. Todavía no se dibujaba su rostro en la pared.

El lechuga saltaba para todos lados cuando Lucky Punk hacía sus canciones favoritas, nos excitaban más sus pogos solitarios que los labios de las chicas que a un costado no se animaban a mirar para otro lado y ver cuán confundidos estaban sus padres que nos trataban a todos de drogadictos y les puedo jurar por el lechuga que no lo éramos… todavía… porque todavía no conocíamos la mierda del pueblo, la mierda de nuestras escuelas, la mierda de lo que era ser joven y que todos te traten de niño, porque en un pueblo pequeño, de niño pasás directo a viejo. Y lo peligroso no son las drogas sino los viejos. Recuerdo las sonrisas del lechuga en nuestros ensayos seguramente planeando cómo iba a robarnos nuestra bandera, de vez en cuando una birra, alguna que otra anécdotas o verlo hacer trucos en su skate, se caía siempre pero lo bueno era que se levantaba fácilmente, era muy elástico pero seguramente, era todo un plan para persuadirnos porque lo que él en verdad quería era nuestra bandera.

Todavía usaba botas y no era artesano pero hacía con sus manos los poemas que más denunciaban lo que todavía nosotros no podíamos ver porque estábamos ciegos y todavía nunca había viajado por la autopista en su skate hasta las montañas. Sus botas eran fuertes y se la aguantaban contra todo tipo de terrenos, pateaba todo el día ya sea con su skate o pogueando Lucky Punk. Hasta que en un día pasaron nueve años de pesadillas, lo tiraron mientras patinaba en mi memoria y no se pudo levantar en la realidad. No porque le faltaran fuerzas, sino porque ellos eran más y las armas eran distintas, a pesar de que las botas que él usaba eran parecidas a las de gendarmería, lo que las diferenciaban eran las suelas y la manera de pisar. El lechuga andaba descalzo cuando lo agarraron, más descalzo que nunca pero corrió por su libertad. La libertad que nunca perdió ni va a perder en mi cabeza. Porque todavía no eras una alerta nacional, no eras un acto de las agrupaciones políticas, ni eras un incendio anarquista en el congreso, no eras una noticia en todos los televisores de las casas, en todas las radios de los autos, en todos los carteles de la calle, en todos los espejos rotos… sino un pibe más de veinticinco de mayo, donde todos los días te esperan, porque todavía hay tiempo para recapacitar.

Todavía no sabías nadar y ahora te buscan en el agua deseando no pisar tu cabeza. La bandera quedatela si querés, Lucky Punk se fue a la mierda pero ahora Flema toca por vos, sin Ricky Espinosa y sin vos. La bandera te la regalamos pero volvé porque todavía no eras Santiago Maldonado, sino solamente el Lechuga y con eso ya era demasiado. Y Lo que más me duele es que me gustaría escribirte una canción pero ya no sé tocar entonces ya no queda nada de nosotros.








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