Géneros y Sexualidades

DERECHO AL ABORTO

El terrorismo antiderechos del diario La Nación

En su editorial del domingo 4 de marzo, el diario La Nación bombardea propaganda contra los derechos de las mujeres. ¿Una previa del debate por el derecho al aborto en el Congreso?

Celeste Murillo

@rompe_teclas

Lunes 5 de marzo | 10:34

El diario La Nación desató su verborragia contra un derecho elemental negado a la mitad de la población por su género: decidir sobre el propio cuerpo. Sin embargo, lo más pérfido es que buscan bloquear con argumentos oscurantistas la única medida que podría frenar el femicidio silencioso de los abortos clandestinos.

En su columna editorial del domingo 4 de marzo, el diario La Nación no se ahorró ningún argumento reaccionario para desplegar su campaña contra los derechos de las mujeres. El debate instalado por el movimiento de mujeres, y puesto en juego por el gobierno de Cambiemos en función de sus intereses políticos, promete semanas y meses agitados.

El mismo domingo, el columnista Joaquín Morales Solá blanqueó la sospecha de que, más allá del color político, a lo que más le teme el palacio es a la calle. “Muchos diputados, señaló, se inquietaron por la reciente marcha de mujeres en el Congreso que reclamaban una ley sobre el aborto”. Y La Nación también, a lo que más le teme es a las mujeres que protestan cada vez más ruidosamente por lo que el diario considera una “falacia”, la libertad para disponer de su cuerpo.

La Nación afirma que ningún derecho puede considerarse superior a la vida. Sin embargo, olvida convenientemente la vida de las mujeres que se extinguen por la complicidad estatal, el cinismo del clero y la hipocresía de las clases dominantes. El derecho a la vida se transforma en un discurso reaccionario contra la libertad de las mujeres, pero no cuenta cuando se definen políticas de salud pública para evitar muertes evitables o cuando se deja sin recursos a trabajadoras embarazadas, como sucede con las enfermeras despedidas del Hospital Posadas.

La discusión aborto sí o aborto no que intenta instalar el editorialista de La Nación es absolutamente falsa. El aborto existe y se practica en la clandestinidad. La discusión verdadera es si van a existir leyes y políticas públicas que eviten que se mueran mujeres, mayoritariamente pobres, por abortos clandestinos; si se va a aplicar la Ley de Educación Sexual Integral (hoy pedida hipócritamente por la Iglesia católica, que la obstaculizó durante décadas); y si se van a distribuir de forma gratuita métodos anticonceptivos.

Las tumbas

El editorial usa los argumentos más burdos, dignos de las campañas autodenominadas provida contra los derechos reproductivos. “Resulta por demás extraño y macabro que se pretenda asimilar el seno materno, lugar de nacimiento de la vida por antonomasia, a una tumba de cementerio”. Lo que no inmuta a La Nación es que demasiadas mujeres (aunque disputen la cifra, nunca comprobables por tratarse de una práctica clandestina) tengan como destino la tumba por una intervención médica, técnicamente sencilla, en condiciones insalubres.

Palabras como latidos, bebés, dolor, tristeza son todas puestas en juego para golpear la sensibilidad pero no interesan a los editorialistas los motivos, problemas y condiciones en las que las personas que ponen el cuerpo (literalmente) deciden si continúan o no con un embarazo no deseado. Para las mujeres, la única posibilidad es aceptar la decisión de curas, diputados y editorialistas.

La pluma de La Nación insiste en que existe una “abrumadora evidencia científica de la que hoy disponemos que sostiene que la vida se inicia al momento de la concepción”. Leemos con asombro que al llegar al final el editorialista no expone una sola de esas evidencias abrumadoras, pero insiste en que ya no se puede discutir sobre algo que “la ciencia y la tecnología han demostrado acabadamente y sin lugar a dudas”.

A falta de argumentos, sobran los lugares comunes de la derecha religiosa. No faltan las imágenes falsas que buscan sensibilizar como la de “niños en sus primeros estadios de vida resistiéndose al ataque de unas pinzas en maniobra abortista”. En 2018, utilizar la imagen de un supuesto niño (que en realidad se trata de un cigoto, embrión o feto según el momento de la gestación) resistiendo las pinzas es solo un golpe de efecto malintencionado.

La Organización Mundial de la Salud reconoce que el Misprostol es uno de los métodos más recomendados y seguros para interrumpir un embarazo de forma voluntaria. Los abortos quirúrgicos alimentan un mercado privado y clandestino, donde las mujeres de clase media y alta acceden a ciertas condiciones de seguridad mientras las pobres están condenadas a prácticas inseguras.

Al editorialista no le importa la cultura del descarte, que nada tiene que envidiarle a la analogía poco feliz de “la aspiradora” del legislador bonaerense de Unidad Ciudadana Marcos Di Palma, cuando se pronunció contra el derecho al aborto. El editorialista, que se llena la boca de “ayudas generosas” del Estado a la “madre embarazada”, le teme –como el diputado preocupado por el Pañuelazo– a lo que llama la “desnaturalizada libertad” de las que reclaman sus derechos.

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El debate sobre el aborto legal llegó al Congreso por la persistencia del reclamo del movimiento de mujeres. El martes 6 de marzo, la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito presentará por séptima vez su proyecto de ley. Dentro del recinto, hay voces a favor y en contra. Fuera del recinto, reclaman las mujeres que no aceptan el destino (¿o la condena?) que tienen para ellas curas, políticos y editorialistas.

Lo único cierto que leemos en las líneas editoriales de La Nación es que “no hay libertad sin vida”. Y hace mucho tiempo que las mujeres ponemos en riesgo la vida a cambio de una libertad mínima, condicionada y restringida en las sociedades capitalistas: la libertad sobre el cuerpo. Ya no podemos esperar más. No hay tiempo para debates eternos porque la vida de las mujeres está en juego. El aborto debe ser legal, seguro y gratuito. La ley se votará en el Congreso pero la pelea la ganaremos en las calles, como siempre.








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