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ANÁLISIS

El retiro de las tropas en Siria precipita la renuncia de James Mattis

La decisión de Trump que ordenó la retirada de las tropas estadounidenses en Siria tendrá impacto regional y global. El secretario de Defensa estadounidense renunció tras la noticia. Quienes son los ganadores y perdedores.

Jueves 20 de diciembre de 2018 | 18:31

El 18 de diciembre el presidente Donald Trump anunció por twitter el retiro de los 2000 efectivos norteamericanos desplegados en Siria. Dijo sencillamante que Estados Unidos ya habría derrotado al Estado Islámico (ISIS) y que esa era la única razón por la cual había militares en el terreno bajo su presidencia. Luego de este anuncio, el presidente siguió ampliando. Dijo que el retiro de Siria fue una de sus promesas de campaña (lo cual es verdad) y que Estados Unidos estaba haciendo el trabajo que le correspondía a Rusia, Irán y Siria, a los que llamó los “enemigos locales del ISIS”. Imposible no recordar la fallida “Misión cumplida” de George W. Bush en la guerra de Irak.

Algunos analistas lo consideran intempestivo pero predecible y leen esta decisión de Trump en sintonía con la estrategia de seguridad nacional, que reorienta las prioridades de Estados Unidos hacia el resurgimiento del conflicto entre grandes potencias (empezando por China y Rusia) y desplaza la lucha contra el terrorismo a un segundo plano. Mientras que otros lo interpretan como una táctica distraccionista del presidente para correr el foco del “Rusiagate” y de otros escándalos, como el affaire Stormy Danniels.

Para otros, esta reafirmación del “decisionismo” presidencial, a través del cual Trump ejerce su voluntad bonapartista y crea el espejismo de que es el amo del mundo, estaría al servicio de alejar el espectro de “pato rengo” que acecha desde la pérdida de control de la Cámara de Representantes luego de las elecciones de medio término.

Las hipótesis son varias, incluyendo quienes esperan que el presidente retroceda, pero el anuncio por sí mismo ya ha tenido efectos tanto en la política doméstica como en el complejo panorama geopolítico del Medio Oriente.

Empecemos por el plano interno. La decisión de Trump volvió a dejar en evidencia las disputas en la administración republicana y en la cúpula del poder estatal. Varios funcionarios quedaron en falsa escuadra. No solo los que militan en el ala moderada sino también los súper halcones, como el asesor de seguridad nacional, John Bolton, que hace apenas dos meses había asegurado que Estados Unidos no se retiraría de Siria mientras Irán y Rusia tuvieran la capacidad de ser los árbitros de la posguerra.

Casi al mismo tiempo en que el presidente declaraba la victoria sobre el Estado Islámico, el Pentágono afirmaba que una cosa era haber expulsado al ISIS del territorio que ocupaba y otra muy distinta haberlo derrota. De hecho estima que aún hay entre 14.500 combatientes en suelo sirio. Otros cálculos menos optimistas elevan esa cifra al doble.

La decisión de Trump precipitó la renuncia de su secretario de Defensa, James Mattis, a quien muchos consideraban la última barrera para imponer algo de coherencia al pragmatismo trumpiano. La cúpula del Pentagono se había negado a secundar la decisión sobre las tropas en Siria, a pesar de los pedidos de Trump, y dejó en claro que el retiro sería interpretado casi sin matices como una rendición de Estados Unidos –y más en general de Occidente- ante la influencia de Rusia e Irán en Siria. Y en esto coincide con el ala “realista” del establishment republicano y demócrata. Con la renuncia de Mattis, que siguió el mismo camino de salida de John Kelly, se puede considerar como clausurada la etapa de los “generales” en puestos clave de la administración Trump, y lo que se viene es otra reconfiguración del esquema de poder de la Casa Blanca.

Las consecuencias geopolíticas de este giro en la posición norteamericana en Siria son múltiples y se verán en el tiempo, cuando quede claro el significado definitivo de este acto político. Los aliados de la OTAN tomaron la decisión de Trump como otra provocación (y van…) y rechazaron esta decisión unilateral de Estados Unidos que los deja en soledad enfrentando el espectro del terrorismo islámico.

Como es usual en estos casos, el análisis arroja ganadores y perdedores: en el grupo de los ganadores sin dudas están Rusia, Irán (y el régimen de Assad que es su vasallo) y también Turquía aunque haya combatido en una de las trincheras opuestas de la guerra civil.

El caso de Rusia e Irán no necesita demasiada elaboración. Han tomado el retiro como un reconocimiento de su triunfo y, por lo tanto, de su derecho a establecer los términos de la salida de la guerra. Veremos si esta es una lectura demasiado literal.

En cuanto a Turquía, el rumor que suena más fuerte es que el retiro es un resultado directo de un acuerdo alcanzado entre Trump y el presidente turco R. Erdogan durante una conversación telefónica el pasado viernes. La clave del acuerdo es el problema kurdo. Como se sabe, Turquía ha librado una guerra doble en Siria. Contra el régimen de Assad, apoyando al bando opositor, incluidas fracciones reaccionarias del fundamentalismo islámico. Y contra las milicias kurdas (YPG) ligadas al Partido de Trabajadores del Kurdistán (PKK) y aliadas tácticas de Estados Unidos en su batalla contra el Estado Islámico. Erdogan viene amenazando con invadir el territorio kurdo en Siria, lo que podía hacer realidad la pesadilla de un encontronazos entre las tropas turcas y las fuerzas norteamericanas en el terreno.

Las relaciones entre Estados Unidos y Turquía, que es miembro pleno de la OTAN, se vienen deteriorando, en particular desde el intento de golpe fallido contra Erdogan de julio de 2016. En ese momento, el presidente turco denunció que los militares insurrectos tenían una cierta cobertura de Washington.

Las contradicciones relativas llevaron a que Estados Unidos y Turquía intervinieran en bandos distintos en la guerra civil en Siria, lo que profundizó la grieta entre ambos. Pero esto puede estar cambiando. Y el único signo no es el retiro de la presencia militar norteamericana en suelo sirio. Casi en simultáneo, el Departamento de Estado informó la venta a Turquía de misiles Patriot (un negocio de 3500 millones de dólares) lo que evitó que Ankara concretara la compra de un armamento similar a Rusia.

Trump tiene razones estratégicas y también motivaciones geopolíticas más inmediatas para recomponer la alianza con Turquía, entre ellas, relajar la presión sobre el príncipe Salman de Arabia Saudita que tanto el gobierno turco como la CIA señalan como el principal responsable del asesinato del peridiosta Jamal Kashoggi, ultimado y desmembrado en el consulado saudita en Estambul.

Entre los posibles perdedores está el Estado de Israel, que ve con preocupación el avance iraní hacia sus fronteras, aunque el gobierno del ultra derechista B. Netanyahu está evaluando la estrategia de conjunto de Trump que tiene como objetivo central redoblar el sometimiento de Irán. Por eso está en una actitud de esperar y ver.

Los perdedores absolutos son las milicias kurdas que pusieron el cuerpo en la batalla contra el Estado Islámico y fueron los únicos aliados tácticos de Estados Unidos en el terreno y ahora han quedado a la intemperie. Los kurdos enfrentan la amenaza probable de que resurja el Estado Islámico. Sin embargo, el peligro más concreto viene de Turquía, y es que Erdogan tome el retiro norteamericano como luz verde para lanzar una ofensiva militar decisiva contra el kurdistán sirio.

Ante este panorama no se descarta que las milicias kurdas retomen la negociación con el régimen de Assad que a cambio de cierta convivencia podría recuperar el control de la región de Rojava.

La historia parece repetirse. No es la primera vez que una dirección nacionalista del movimiento kurdo confía en Estados Unidos y termina liquidando la justa lucha por la autodeterminación nacional, actuando como un peón en el ajedrez de los intereses imperialistas. Es lo que sucedió en Irak en la primera guerra del Golfo. Y es lo que sucede ahora en Siria, donde el entusiasmo inicial por la derrota del Estado Islámico en Kobani a manos de las milicias kurdas y el establecimiento de un incipiente autogobierno kurdo democrático, terminó en la decepción de la colaboración con el imperialismo norteamericano. Como muestra la brutal guerra civil siria, el costo de estas lecciones para los explotados y oprimidos es altísimo.







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