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Red Internacional

Opinión. El realismo capitalista de Braun, Magnetto y la AEA

Los empresarios y los ataques al socialismo. Vivir del relato y de las esperanzas. El poder económico, el poder social de la clase obrera y la lucha de clases.

Eduardo Castilla@castillaeduardo

Viernes 10 de junio | 21:02
Fotos AEA: Matías Baglietto.

El mundo se empeña en darle la razón a las ideas socialistas y revolucionarias. Esta semana, el Financial Times -que, apostamos, nunca expresó simpatías por el trotskismo- señala que “los próximos meses serán miserables para las economías europeas. Los ingresos se reducirán, es muy probable que se produzca una recesión y las tasas de interés deben aumentar, lo que se suma a las presiones sobre los hogares y las familias. Será difícil. Pero ese es el ajuste que toda economía europea debe hacer a medida que nos alejamos de la energía rusa barata, pero en última instancia peligrosa”.

Con cada hora que transcurre, la decadencia del capitalismo se presenta más nítida, más descarnada. La guerra en Ucrania, con sus consecuencias, cae como un tsunami sobre las masas trabajadoras de todo el mundo. El hambre y la pobreza no reconocen fronteras. La acumulación de riqueza en pocas manos tampoco: los multimillonarios surgen en China y en EE.UU. El capitalismo, guste o no, no va más.

Los discursos que poblaron el encuentro de la Asociación Empresaria Argentina (AEA) deben leerse, también, bajo esa lente. Federico Braun no solo decidió hacer chistes a costa del hambre popular. También elogió al capitalismo en desmedro del supuesto socialismo que marcaría al Gobierno nacional. Burrada como pocas, tiene una funcionalidad esencial: fundamentar el sistema que enriquece a su familia hace décadas. No fue el único en hacerlo, agreguemos. A su turno, Héctor Magnetto -CEO y uno de los dueños del Grupo Clarín- reafirmó la necesidad de que Argentina sea "una democracia capitalista confiable”. Haciendo a un lado a la casta política de libertarios, macristas o peronistas, los grandes empresarios defienden abiertamente su sistema.

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Hace poco y por recomendación de una amiga, leí a Mark Fisher. Tan ácido como escéptico -un escepticismo que seguramente lo empujó a la dramática decisión del suicidio- hace algunos años publicó Realismo capitalista. Tan corto como intenso, el libro describe lo que considera una aceptación casi absoluta del capitalismo. Como reseñó críticamente otra amiga, Ariane Díaz, “para Fisher el realismo capitalista no es ideología, propaganda o configuración cultural, ni siquiera una posición política favorable al neoliberalismo, sino su lisa y llana naturalización”.

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El crítico escribía allí, entre otras cosas, “puede que la tesis de Fukuyama de que la historia ha llegado a su clímax con el capitalismo liberal haya sido muy criticada, pero asimismo se la sigue aceptando, aunque sea en el nivel del inconsciente cultural”.

En aquel entonces -2009- el mundo asistía al derrumbe de Lehman Brothers y a la crisis del mercado de viviendas subprime. El Estado capitalista de los países centrales, hasta entonces ferviente vocero de las desregulaciones neoliberales, caía en la cuenta del caos al que conducían las leyes (nada “naturales”) del mercado. Funcionando como garante permanente de la propiedad privada capitalista, gobiernos de todo tipo y color corrían en ayuda de los grandes bancos.

Los 13 años transcurridos han funcionado como un experimento concentrado de la decadencia capitalista. Hagamos un listado arbitrario y breve: crisis migratorias y derechas xenófobas; enormes rebeliones populares en el mundo árabe (2010-2012), Francia (2016, 2018, 2019), Colombia, Ecuador y Chile (2019); masivo movimiento de Black Lives Matter (2020); ascenso y fracaso de las izquierdas que se propusieron una gestión reformista del capital (Syriza y Podemos, entre otras); una pandemia nacida de las entrañas de la destrucción capitalista de la naturaleza; una guerra que empuja al mundo a nuevas hambrunas y decadencias; un monstruoso y permanente ascenso de la desigualdad.

En el orden capitalista reina el caos. El realismo capitalista que postularon los dueños del poder económico local no se sostiene sobre el optimismo. Es, como resumió Fernando Rosso, una exteriorización de miedos e inseguridades.

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El discurso patronal es, podríamos decir, una suerte de “melancolía de derecha” -parafraseando muy libremente a Enzo Traverso-, nostálgico de los tiempos en que el neoliberalismo parecía imbatible. Un relato con una función político-ideológica clara: reafirmar lo “natural” de ese sistema social en tiempos donde ascienden los cuestionamientos.

No dejemos a nuestra memoria libre de un recuerdo. Hace pocas semanas, en el arranque del EuroLat2022, CFK defendía al capitalismo como el “sistema más eficiente y eficaz para la producción de bienes y servicios”. Realismo capitalista nac&pop. Suponiendo que quede algo de esa sustancia tras las recurrentes fotos junto a representantes del poder imperial.

El relato y la esperanza

Un momento de rebeldía impostada no se le niega a nadie. Alberto Fernández lo tuvo este jueves, a metros de Joe Biden. Desplegando una retórica contra las exclusiones de Cuba, Nicaragua y Venezuela, el presidente argentino se animó al desafío verbal contra la política de EE.UU. El discurso habla más de las debilidades de la administración Demócrata que de la osadía del Gobierno argentino.

La gestión de Alberto Fernández, Cristina Kirchner y Martín Guzmán acaba de lograr la aprobación de la primera revisión del acuerdo firmado con el FMI. Realizado en función de pagar la deuda ilegal acordada por el macrismo, ese pacto supone una suerte de cogobierno por parte del organismo internacional -en cuyo seno tiene mayoría EE.UU.- por la próxima década. Antiimperialismo o anticolonialismo no es lo que sobra en el Frente de Todos.

Volvamos al norte. Joe Biden no goza de buenos tiempos. La organización de la Cumbre de las Américas no le deparó aún grandes resultados. Criticado por derecha y por izquierda, terminó en un vacío de palabras que, por el momento, no parece conducir a ningún lado. La Alianza para la Prosperidad Económica en las Américas es, hasta ahora, un hilo de frases hechas. Al mandatario norteamericano no parece sobrarle nada. El Financial Times acaba de recomendarle que aumente su grado de ambición y ofrezca más “zanahorias además de blandir un gran garrote”.

Derecho contra derecho

Hace ya tiempo, en las páginas de El Capital, Karl Marx graficaba la guerra civil entre la clase capitalista y la clase trabajadora por la duración de la jornada laboral. Escribía “nos encontramos, pues, ante una antinomia, entre dos derechos encontrados, sancionados y acuñados ambos por la ley que rige el cambio de mercancías. Entre derechos iguales y contrarios, decide la fuerza”.

Salgamos un momento de la esfera de la producción. La máxima tiene carácter global: vivimos en una sociedad marcada por los antagonismos de clase. El martes pasado los empresarios agrupados en AEA ensayaron una defensa pública de su derecho a incrementar ganancias y riqueza sin contratiempos. Ni control de precios, ni protección de derechos laborales, ni nuevos impuestos. En ese tópico fue ubicada la moderada renta inesperada, que parece caminar impotente a su sepultura en el empate parlamentario.

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La historia testimonia la decisión consciente de defender ese derecho por la fuerza de las armas. Lo saben Federico Braun, Héctor Magnetto y Luis Pagani, cuya riqueza hunde sus raíces, en parte, en los plomizos años (en todo sentido) de la última dictadura genocida.

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Del otro lado, la enorme fuerza social de la clase trabajadora sufre los (enormes) contratiempos de su dirección “oficial”: la burocracia sindical peronista. Amarrados a las distintas alas del Frente de Todos, los hombres de la CGT y las CTA ofrecen palabras tibias y promesas de acciones. Por enésima vez en el año vuelven a hablar de movilización. Sin embargo, entre enunciados y acciones se interpone una galaxia. Duras peleas como las del Sutna o las del movimiento de desocupados independiente reciben cordiales comunicados, no medidas de lucha eficientes. Se impone seguir la dura pelea por imponerles romper la tregua y convocar a discutir y preparar un paro nacional y un plan de lucha, herramientas necesarias para enfrentar la aguda crisis social que sufren millones.

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Esa perspectiva aparece como necesaria frente a la prepotencia capitalista. El gran empresariado, reunido en AEA o en otras cámaras, prepara su plan de guerra hacia 2023. Desplegar el poder de la clase obrera funciona como reaseguro frente a esa ofensiva, que está en curso desde ahora.

La fuerza social de la clase trabajadora radica en su carácter de clase productora de la sociedad. No hay aviones que funciones sin pilotos o controladores aéreos; hospitales sin enfermeras y médicos; escuelas sin docentes y personas auxiliar; fábricas sin trabajadores y trabajadoras; trenes sin maquinistas o señaleros. La riqueza capitalista se erige sobre la permanente expropiación impaga de parte de esa labor. Pero, como sentenció aquel viejo obrero anarquista en las magistrales páginas de Eduardo Galeano, “al mundo lo hicieron los albañiles".

Hace falta liberar la potencialidad social de las y los albañiles, verdaderas y verdaderas creadoras de la riqueza social existente. Esa fuerza social puede abrir el camino a una nueva sociedad socialista, hacia la liquidación de toda opresión y explotación. Una nueva sociedad donde la decadencia del capitalismo actual será solo un pobre recuerdo.




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