Cultura

OPINIÓN

El presidente desnudo

Así, de un modo tan simple y claro, la famosa fábula del rey desnudo lo fue esta vez de un presidente.

Jueves 14 de julio de 2016 | Edición del día

Qué suerte que estuvo el rey de España en los actos del bicentenario de la independencia argentina. No importa si es emérito, si es retirado o si es ex; es rey de España y con eso nos basta. Porque es notoria la manera enjundiosa, gustosa y a la vez insistente, con que los conservadores, que hoy nos gobiernan, hablan el lenguaje republicano. La palabra misma, república, no se les cae de la boca, y la pronuncian infaltablemente con una cierta delectación bilabial. Les viene bárbaro: como anillo al dedo. Les sirve para invocar la santidad de los derechos formales, mientras arrasan y pisotean el suelo de los derechos reales; les sirve para declamar sus habituales elogios del orden, ocultando lo que atropellan en función del mantenimiento de ese orden; les sirve para enfatizar el principio de representación, mitigando con esa excusa toda forma de manifestación social directa, el fantasma (el suyo, claro) de las presencias reales.

Conciben a la república como un orden natural, fingiendo desconocer (aunque en el caso puntual del presidente Macri, puede ser que desconozca) su historia y sus fundamentos sociales. La convocan porque les resulta propicia para repetir su letanía new age sobre la tolerancia y la convivencia armónica, y se hacen los que no tienen idea (aunque en el caso del presidente Macri, puede ser que no tenga idea) de las luchas que hubo que dar, de la sangre que en verdad corrió, para lograr que los ideales republicanos imperaran. Ni la revolución francesa, en su momento, ni la revolución independentista argentina, algunos años después, consistieron exactamente en un mero aprender a estar juntos ni respondieron exactamente a un mero atreverse a soñar.

Esas tonteras las emitió nuestro primer mandatario, como es de público conocimiento. Pero allí estaba el rey de España. Que con su sola y penosa presencia, por su puro estar ahí y ser un Borbón, actuó de contraste a esas futilezas y permitió recordar una sencilla verdad: la verdad de que, si existen repúblicas, es porque hubo una larga lucha política y militar contra las monarquías. De esa verdad, que es tan obvia, emanó otra, que no lo es menos: que nuestro presidente, conservador cabal, no pudo asociar un proceso de transformación histórica con otra cosa que con un sentimiento de mortificación personal, al que él, a falta de una palabra mejor, dio en denominar angustia. Y así, de un modo tan simple y claro, la famosa fábula del rey desnudo lo fue esta vez de un presidente.







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