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Red Internacional

Historia.El peronismo, las clases medias y las elecciones

17 de Octubre. Peronismo y clases medias, otra clave del escenario político electoral.

Viernes 15 de octubre de 2021 | 00:00

Octubre viene cargado de simbolismo. A la fecha fundacional del peronismo se suma un escenario electoral atravesado de dudas y pocas certezas. La crisis política que atravesó al oficialismo luego de la derrota de las PASO abrió debates hacia dónde se dirige la coalición peronista, sus posibles metamorfosis, sus raíces obreras y plebeyas, dejando tal vez en segundo plano a los sectores medios -la tan citada clase media-, otra clave del escenario político electoral.

El historiador Ezequiel Adamovsky ha rastreado en la formación de la clase media argentina un clivaje central de sus orígenes, vinculado al surgimiento del peronismo. En Historia de la clase media argentina señala que el 17 de octubre de 1945 hizo visibles divisiones y diferencias sociales previas y las politizó de una manera peculiar, contribuyendo al nacimiento de una poderosa identidad de “clase media” hostil al carácter popular del peronismo. Vale recordar que casi una década después, como ocurrió a mediados de los ‘60, un sector de ella fue revisando su antiperonismo original sumándose a la rebeldía y resistencia que marcó aquella época. Sin embargo, a mitad de los años ‘70, cuando se fue configurando una situación aguda de la lucha de clases, en la que la clase obrera no pudo imponer su propia salida revolucionaria por responsabilidad del peronismo, una fracción importante de la clase media terminó avalando el golpe de 1976. Es que al calor de los giros más significativos en la historia del país, esa identidad adoptó diversas expresiones que moldearon a su interior distintas aglomeraciones y alineamientos políticos.

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La última dictadura cívico militar, y la reconfiguración de la estructura económica que promovió, no solo fue el inicio de procesos de transformación de la fisonomía de la clase obrera “fordista” sino que provocó alteraciones en el conjunto de los sectores sociales del país. Se fue profundizando, especialmente desde fines de los ochenta, en cámara lenta pero sostenida, una mayor heterogeneidad entre los sectores medios esquemáticamente referenciados en dos polos. De un lado, los sectores altos con espíritu gerencial, vinculados a las finanzas, los servicios y a la gestión de las grandes multinacionales; del otro, un extendido sector de pequeños propietarios, comerciantes y profesionales autónomos que hoy aparecen más apegados a los llamados “nuevos pobres”, si consideramos que sus ocupaciones también se hicieron progresivamente más precarias e informales.

Como hemos planteado en otros artículos, esta variedad sociológica y el lugar intermedio que ocupan en la sociedad dan cuenta de sus oscilaciones y su ambigüedad política, conservadora o progresista, “condenada” a la influencia y los liderazgos de las clases fundamentales de la sociedad capitalista. Así, durante el menemismo el imaginario de clase media adquirió una nueva versatilidad que incluyó a sectores de trabajadores que se autopercibían como parte de los sectores medios, en función de sus ingresos y nuevos parámetros de consumo mixturados a shoppings y barrios privados. El idilio de esta clase media moldeada por el neoliberalismo noventista colapsó casi una década después, cuando las cifras de la desocupación batieron récords y el 1 a 1 de la Convertibilidad daba muestras de su agotamiento, alineándose, entonces, detrás de la Alianza y haciendo de la corrupción la principal bandera de su anti-peronismo en clave menemista.

Entrando en el peronismo reciente, la experiencia del kirchnerismo en los sectores medios urbanos ocupó con distintos resultados un lugar protagónico, que incluyó medidas de carácter gestual en el terreno de lo simbólico, cultural y democrático para los sectores progresistas y otras de consistencia reivindicativa y económica que alcanzaron también a los sectores más conservadores y acomodados, al menos hasta la crisis del campo (2008). Pero pensado de conjunto, como estrategia de largo plazo luego de la experiencia menemista, el kirchnerismo buscó construir y reconstruir, con mayor o menor éxito, capital político entre estos sectores.

Es que para el conjunto de la clase dominante, más allá de sus fragmentaciones políticas, es fundamental reafirmar esa identidad aspiracional característica de la clase media, recreando la idea de una sociedad abierta con posibilidades de movilidad social ascendente, sea con mayor o menor participación del Estado, en la que el progreso personal se consagra por el esfuerzo individual y, transmitir a través de ella, por esa y otras vías, esos valores al conjunto de los trabajadores y sectores populares. En ese sentido la clase media constituye un “factor de poder” para la política burguesa, que busca ganarla haciéndola vocera de esos intereses. No sorprende que las campañas electorales se transformen en un momentum para polarizar alrededor de algunos de esos valores identitarios. Por ese camino van las recientes declaraciones de Lilita Carrió, líder de la Coalición Cívica, afirmando que el “asistencialismo del Frente de Todos impide el crecimiento de la clase media”; o de figuras de la nueva derecha como Luis Espert atacando los planes sociales y haciéndose eco de la carga impositiva que pagan miles de comerciantes endeudados o en bancarrota, para concluir que “hay que achicar el Estado”. Discursos de corte clasista y racista contra la política de ayuda estatal a los sectores más vulnerables, complemento de su apoyo a las prácticas represivas contra la protesta social. Los proyectos sobre las indemnizaciones de Martin Lousteau o las propuestas de Milei, como señala Fernando Rosso, también pueden leerse como los primeros pasos de una campaña de largo aliento de los dueños del país, para crear un clima favorable a una nueva reforma laboral, presentada de tal modo que abone al sentido común de que los costos laborales son la causa de la crisis de muchos comerciantes y pequeñas empresas.

Por el lado del oficialismo, si Manzur enturbió una épica que enamora, en plena negociación con el FMI y su ajuste presupuestario, los recursos parecen escasos para contener el respaldo entre los sectores medios urbanos y progresistas. Antes y después de las PASO varios anuncios fueron destinados a moderar la situación de estos grupos (créditos hipotecarios, financiamiento para los monotributistas y la modificación del Impuesto a las Ganancias, entre otros) pero sin viento de cola e índices de pobreza que alcanzan al 40,6% de la población, la pérdida de derechos considerados vitales como el acceso a la vivienda, la educación o salariales, las expectativas de mejorar sus condiciones sociales y materiales resultan al menos poco convincentes y pueden traducirse, más temprano que tarde, en demandas políticas.

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La última gran crisis de 2001 encontró a un sector mayoritario de la clase media movilizada junto a los desocupados en lo que se conoció como la alianza de “piquete y cacerola”. La clase trabajadora organizada no participó activamente con sus propios métodos por la acción de la burocracia sindical, lo que facilitó que aquellas jornadas revolucionarias fueran canalizadas a través de las elecciones. El peronismo, en su variante sindical y política, fue responsable de ese desvío. Esa alianza es justamente la que la clase obrera, que mueve con su trabajo los engranajes de la economía, necesita disputarle a la burguesía para liderar a los sectores medios también arruinados, convencerlos de que es capaz de ofrecerles una salida independiente, en la que sean los empresarios y capitalistas los que carguen con su crisis.




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