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Red Internacional

OPINIÓN POLÍTICA.El origen del populismo K: sobre Abelardo Ramos y Laclau

El 23 de enero se cumplieron 100 años del nacimiento de Jorge Abelardo Ramos, quien fuera el mentor ideológico de la corriente llamada “izquierda nacional”. Su legado es refritado por dirigentes del progresismo para justificar la subordinación al gobierno del Frente de Todos.

Facundo AguirreIG: @hardever // Twitter: @facuaguirre1917

Miércoles 27 de enero | 00:30

En Argentina está arraigada la idea de que el peronismo constituye la cabeza de un campo nacional y popular enfrentado a la derecha y la oligarquía. Esto es patrocinado por ciertos sectores populistas de izquierda y el progresismo.

Este tipo de ideología es un refrito de los postulados de la “izquierda nacional” y su mentor Jorge Abelardo Ramos. No se trata de una chicana. El principal pensador “teórico” del kirchnerismo, Ernesto Laclau, fue un alumno de Ramos y el mismo así lo reconoce: “Jorge Abelardo Ramos fue, en mi opinión, el pensador político argentino de mayor envergadura que el país haya producido en la segunda mitad del siglo XX”, en P12.

Según el creador de la idea del populismo como un “significante vacío”, el aporte de Ramos fue que: “su pensamiento avanzó a través del revisionismo histórico en una comprensión de la historia argentina en la cual la noción de los actores colectivos se modificó de una manera fundamental”. Se puede apreciar la herencia de la “izquierda nacional” en el pensamiento de Laclau. El fallecido ideólogo del populismo rechazó del marxismo la idea de lucha por la hegemonia obrera y la construcción de un partido revolucionario. En cambio asumió la noción abstracta de pueblo y la construcción de formas burguesas de representación del conflicto, como una de las claves de su apología del kirchnerismo.

Precisamente el “Colorado” Ramos hizo una reescritura de la historia nacional resignificando los postulados del revisionismo histórico, que hasta entonces era una escuela profundamente conservadora y reaccionaria, planteando una lectura de la misma como campo de batalla entre líderes populares y élites oligárquicas, del cual el peronismo y el antiperonismo era su conclusión antagónica definitiva. La lucha de caudillos reemplazaba a la lucha de clases.

Laclau sintetiza bien a Ramos al sostener que su pensamiento era que: “la revolución nacional se había iniciado bajo banderas burguesas con el peronismo, y esos límites habían conducido a la derrota histórica de 1955, y hoy había que retomar el curso revolucionario y llevarlo hacia la victoria bajo banderas socialistas”. Según la “izquierda nacional”: “El Peronismo fue creado por la irrupción de la clase obrera en los asuntos públicos en 1945, y fue organizado y controlado por un grupo de jefes del ejército de tendencia nacional, a cuyo frente se encontraba el coronel Perón. Nunca se propuso establecer ni el fascismo ni el socialismo, sino desarrollar el capitalismo nacional contra la pretensión imperialista de inmovilizar a la Argentina como factoría agraria”, escribía el propio Ramos. O a decir de Jorge Enea Spilimbergo, otro referente de esta corriente: “La clara progresividad del peronismo no emergía de su carácter proletario-socialista sino de su naturaleza nacional-democrática ("burguesa", por lo tanto) en un país semicolonial”.

Manejando esta concepción Ramos y la “izquierda nacional” sostenían que “En un país semicolonial, como era y es la Argentina, parte de una América Latina dividida y saqueada, solo es posible marchar hacia delante reuniendo en la lucha a un vasto Frente Nacional que aspire a la soberanía política, a la independencia económica, a la justicia social y a la unidad latinoamericana”.

La revolución nacional que no fue

Para el campismo de la “izquierda nacional” la clase obrera y sus partidos, tenían que abandonar toda pretensión de independencia de clase y de lucha por la hegemonía sobre el pueblo pobre contra la burguesía nacional; y acompañar el supuesto proyecto nacionalista de las patronales criollas. Anulaban así, no solo a la clase obrera como dirección del pueblo pobre, sino toda posibilidad de hacer realidad las demamdas democratico-burguesas como motor de la movilización revolucionaria. Puestos a explicar en qué consistió dicha revolución, los partidarios de la “izquierda nacional” deben reconocer que, como escribió Spilimbergo: “la limitación nacional-burguesa que sufrió el proceso revolucionario, impidió que la oligarquía fuera expropiada como clase. Dueña de sus campos y de sus estancias, conservó intacto el poder económico-político.

La nacionalización de la tierra hubiera liquidado una clase totalmente superflua, acelerando de ese modo el proceso de acomodación industrial. Al mismo tiempo, era indispensable esa medida para romper la espina dorsal, la base concreta del frente reaccionario. Pero esta tarea, que pone fin a la forma más parasitaria de propiedad privada, trascendía los objetivos de un régimen cuyo propósito declarado era operar reajustes en el capitalismo argentino, sin alterar en ningún caso su estructura fundamental”. O como dijo Ramos de Perón “Es un revolucionario burgués. Enfrentó a la vieja estructura política de los terratenientes sin tocar su base social”.

Es decir no existió ninguna revolución. En este sentido, las concesiones que otorgo al movimiento obrero fueron utilizadas por el nacionalismo burgués, no para utilizar esa fuerza y romper con las estructuras garantes de la dependencia y el atraso, expropiando la propiedad terrateniente, sino para mantener en pie el capitalismo de rasgos semicoloniales y el poder político de la burguesía. Es decir que la subordinación política que pregonaban desde la “izquierda nacional” no sirvió para poner en pie un movimiento de clase que sobrepasara al peronismo, sino que ayudo a la domesticación y cooptación de las organizaciones obreras, que Perón utilizaba como base de sustentación para negociar con el imperialismo.

La historia dicto su sentencia. En 1955 el peronismo capituló sin lucha frente al golpe pro-imperialista. Los sindicatos burocratizados no fueron una trinchera de lucha contra el golpe, sino que sus direcciones se desbandaron desorganizando a la clase obrera. En 1973 el peronismo retorna al poder, no ya para concluir la “revolución nacional” sino para combatir la insurgencia obrera del Cordobazo de mano de la Triple A y la burocracia de los sindicatos, para, en 1975, llevar adelante un plan de ajuste de estilo liberal, antecedente del plan Martínez de Hoz que llevaran adelante los genocidas.

La subordinación política de la izquierda peronista hará que los trabajadores no puedan derrocar a Isabel Perón y articular una alternativa para frenar a los genocidas en la lucha de clases. En los ‘90, el menemismo será la avanzada del imperialismo, la burocracia sindical será cómplice del saqueo nacional y la destrucción de los derechos laborales. En la década kirchnerista la cooptación de los movimientos sociales salvo al régimen político jaqueado por la rebelión popular del 2001. Preparo así el terreno para que una burguesía que la "levantaba en pala" como reivindicable CFK, encumbrara a la derecha proimperialista en el poder mientras el peronismo apoyaba y el kirchnerismo, junto a la burocracia sindical, desarticulada toda resistencia.

El campismo malmenorista

El campismo “nacional y popular” formateado por las lecturas de Laclau, razona de la siguiente manera: el macrismo es el mal mayor que responde directamente al imperialismo, Alberto Fernández, CFK y el Frente de Todos, son un mal menor que hacen lo que puede para amortiguar el impacto del ajuste contra el pueblo, negociando una mejor relación con el FMI. Este pensamiento renuncia de entrada a dos aspectos, rechazar cualquier ajuste contra el pueblo y enfrentar al capital financiero y el imperialismo. Es un campismo malmenorista que se auto-justifica en nombre de lo acotado de las relaciones de fuerza y acepta resignadamente migajas. No empujan un populismo que articule demandas, sino uno que administra la miseria y la sumisión nacional.

Suelen despotricar contra Galperín y Mercado Libre, pero no se les ocurre plantear su expropiación; hablan de la maldición de la oligarquía, pero se callan la boca cuando el gobierno cede a los reclamos de la Sociedad Rural y el agronegocio como sucedió con las discusiones sobre las cuotas de la exportación de maíz o Vicentin. Denuncia la estafa de la deuda externa, pero sus representantes votan los acuerdos con los buitres y los presupuestos de ajuste. Ya no se trata de defender una “revolución nacional” contra el imperialismo y la oligarquía, sino de reformar el país burgués atado al régimen del FMI.

En conclusión, la teoría de los campos neutraliza a la clase obrera y el pueblo pobre para imponer una salida de fondo contra el imperialismo, la oligarquía y los grandes empresarios. Hay que luchar por una izquierda anticapitalista y antiimperialista que sostenga en alto la bandera la independencia política de los trabajadores y el pueblo pobre.




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