Cultura

TRIBUNA ABIERTA

El ocaso de Olmedo: réquiem final del payaso

Irreverente y disparatado, Olmedo desestructuró por completo la tv argentina en los ´80. Su humor improvisado y transgresor, aunque también machista, lo llevó a la cúspide del estrellato. Segunda parte de este homenaje crítico al bufón del pueblo. Don’t Touch Botón.

Jueves 19 de marzo de 2020 | 00:00

He sido un títere, un pobre, un pirata, un poeta, un peón y un rey…
Estuve arriba, abajo, y adentro y afuera…y se una cosa:
Cada vez que he caído de cara al suelo me levanté y seguí en carrera
Así es la vida. Y no puedo negarlo: pensé en renunciar cariño
(Pero mi corazón no quiso) Y si no creyera que vale la pena
Me subiría a un pájaro gigante y saldría volando de acá
”. That’s Life Frank Sinatra

¿Como llegó el payaso a la última morada? Él, que había sido el rey de la noche, el bromista que se subía arriba de las mesas de los restaurantes a alegrar a todos con sus morisquetas. Muchos se acordaban de la anterior, cuando el irreverente fingió su propia muerte en el 76 y todos lo creyeron y lloraron. Por eso muchos decidieron pensar que era otra de sus travesuras y apagaron la tele o la radio ese 5 de marzo. Pero volvamos a esos ochenta con la Fiebre Olmédica.

No Toca Botón y la Olmedomanía

A comienzos de los ochenta el humor de bragueta a lo Benny Hill era furor en todo el mundo. Alberto arma su troupe con “las chicas Olmedo” (así eran llamadas por los medios de comunicación), rodeado de otros actores de menor vuelo, a excepción de Javier Portales, un cómico de experiencia y mucho recorrido que siempre le daba pie al rosarino para iniciar sus eternas improvisaciones. Florencia Peña, quien junto a Francella llevo a cabo un ciclo de sketches muy parecido al último del rosarino, comentó algo al respecto hace unos años: “Le reconozco un gran valor y un gran talento, pero también reconozco que hubiera estado obligado a aggiornarse, definitivamente. Olmedo, poniendo a la mujer en el lugar de objeto sexual constante no hubiera tenido cabida en el humor de hoy”.

Olmedo utilizaba mucho el lunfardo, esa especie de “idioma nacional argentino” o idioma del pueblo. De allí su estrechez de fronteras en popularidad fuera del país, a diferencia de por ejemplo Los tres chiflados o El Chavo, con un humor más universal. ¿Por qué Olmedo fue el más popular de todos los cómicos en Argentina entonces? Tal vez por su complicidad con el público. ¿Por qué el pueblo lo amo tanto a él y no a otro? Había algo en ese ADN argento impregnado en los huesos. Ese ADN que mostraba lo más rancio del ser humano en muchas ocasiones. Que tipo extraño Olmedo.

Una bata de baño, una vincha a lo Jimmy Connors y unas gafas y peluca a lo John Lennon le alcanzaron para personificar al chanta estafador. Olmedo sacaba agua de las piedras a pesar de libretos muy malos.
Una bata de baño, una vincha a lo Jimmy Connors y unas gafas y peluca a lo John Lennon le alcanzaron para personificar al chanta estafador. Olmedo sacaba agua de las piedras a pesar de libretos muy malos.

Más allá de un humor machista, sexista y reiterativo, No Toca Botón mostró un antes y un después en la televisión argentina, fundamentalmente en las últimas dos temporadas. Por el nivel de improvisación y locuras que salían al aire, como el día que Olmedo se desnudó en pleno sketch de Borges y Álvarez, algo que para la época era inaudito, provocativo y transgresor para las “clases cultas”. Popularizó los famosos “chivos televisivos” hoy llamados PNT, a los que mencionaba con gracia en medio de cada grabación. Olmedo solía escaparse de guiones berretas con su impronta y desenfado. El rosarino por pura prepotencia actoral generaba una situación. Desbordes típicos saliendo del paso con una improvisación. Una galería de personajes que quedaron anclados en el tiempo, pero que a pesar de libretos reiterativos mostraban toda la creación, rapidez y habilidad mental del cómico rosarino para generar situaciones en cada momento. Olmedo se reía de todo y de todos como dice el tema “Instant-Taneas” de Fito Páez.

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Rogelio Roldán era un empleado totalmente explotado por su jefe, un gerente alemán que ni siquiera le permitía salir del trabajo para ver a sus hijos un ratito… ¿ficción o realidad? El Manosanta, un Pai umbanda que se aprovechaba de toda la gente que lo iba a buscar desesperadamente por algo. Olmedo buceando en el Libro de Los Clasificados daba en la tecla para la composición de su personaje estrella (al día de hoy siguen existiendo esta clase de estafadores). El Nene, un adolescente eterno que vivía de sus padres. El Dictador de Costa Pobre, un tirano de un país tercermundista y bananero con una “amante” que soñaba con vivir en Miami y unos ministros adeptos y tan corruptos e inoperantes como él. ¡Mucho de realidad en todos! Borges (Olmedo) y Álvarez (Portales, cuyo verdadero apellido era Álvarez) concluían sentados en un sofá de la redacción de un diario, contando anécdotas, situaciones vividas del día a día (una especie de Café del Bar) donde se decía cualquier disparate. Olmedo era un rockero punk que pululaba como estos en los tachos de basura. Mostraba lo más bajo del ser humano y las carencias de cada situación.

A veces antes de grabar el director está explicando la situación y yo muchas veces digo no puedo más, dejame 5 minutos, y estamos con las luces prendidas, los actores reunidos […] y a veces no aguanto y me duermo, y cuando me toca, enseguida me despabilo, me lo explica y lo hago. Pero eso es cuando se prende la luz roja de la cámara… ahí viene el misterio, es como que pasa un duende o pasa el señor y me convierte en otra persona”. Olmedo en su última entrevista televisiva, diciembre de 1987.

Fito Paez cuenta una anécdota muy parecida al respecto: “Subimos al camarín y allí estaba con su botellita de vino […] Me impacto su ascetismo ´¿cómo te va?´ Muy respetuoso. Bajamos, nos sentamos, se abre el telón y baja un loco. Era otra persona, 5 minutos antes había estado con un hombre que podría haber sido el segundo del Papa Francisco. Y este era Charly”.

En la República Bananera el poder era hereditario. Su banda presidencial decía “tus amigos” dejando en claro las complicidades en el mérito de su trayectoria política. Vestido con traje militar color malva, cuyo prócer era su abuelo, su busto había sido cubierto con un peluquín de bananas.
En la República Bananera el poder era hereditario. Su banda presidencial decía “tus amigos” dejando en claro las complicidades en el mérito de su trayectoria política. Vestido con traje militar color malva, cuyo prócer era su abuelo, su busto había sido cubierto con un peluquín de bananas.

Volvemos a Soriano una vez más. “Una noche del otoño pasado, luego de separarse de su mujer, me llamó a las tres y media de la mañana, sin disculparse. Le parecía natural la hora, como me lo parece a mí. Aquella madrugada me dijo que le había ido bien en Mar del Plata, que había ‘ganado unos pesitos’ y quería interpretar al cónsul de ´A sus plantas rendido un león´. Estaba dispuesto a producir la película, a hacer algo digno, ‘a pasar a otra cosa’. Le dije que ya había una coproducción en marcha y que habíamos pensado en él para hacer a Faustino Bertoldi, pero no me creyó. Le resultaba imposible imaginarse al lado de italianos y franceses de cartel internacional. Al fin de cuentas él venía de provincias llamaba ‘pueblo’ a Rosario) y creía que era sólo un cómico de legua, un saltimbanqui de ocasión”. El rosarino estaba dispuesto a que lo esfuercen como actor y mostrar todas sus dotes. También había proyectado un Quijote para chicos con su inseparable Sancho Panza de Porcel como compañero. Se estaba cansando de hacer siempre lo mismo. En el año 60 estuvo muy cerca de llevar a cabo una biopic de Discépolo, pero no pudo ser por los contratiempos del mundo del espectáculo. Olmedo quedó encasillado allí para siempre como si su destino de cómico ocasional estuviera marcado.

Teníamos un plan que era hacer una obra. Había leído la obra, se la había contado a él”. Ese relato es de Ricardo Darín, que en la foto se encuentra con Olmedo, un aficionado al tenis. El rosarino tenía muchos proyectos en el aire, pero la mayoría sin concretar debido a la intensidad con la que vivía.

Entre 1986 y 1987 se produjo la Olmedomanía luego de batir todos los récords históricos teatrales con su obra El Negro no puede y parar prácticamente el país todos los viernes a la noche con su No Toca Botón. Al momento de su muerte era el artista más popular de la Argentina. Sin embargo, el negro sufría por amor casi hasta desintegrarse.

“Viendo a Garrick -actor de la Inglaterra, el pueblo al aplaudirlo le decía: Eres el más gracioso de la tierra, y más feliz… y el cómico reía. Víctimas del esplín, los altos lores en sus noches más negras y pesadas iban a ver al rey de los actores, y cambiaban su esplín en carcajadas. Una vez, ante un médico famoso, llegóse un hombre de mirar sombrío: sufro -le dijo- un mal tan espantoso como esta palidez del rostro mío. Nada me causa encanto ni atractivo; no me importan mi nombre ni mi suerte; en un eterno esplín muriendo vivo, y es mi única pasión la de la muerte”. Ese paciente era el payaso.
Olmedo era nuestro Garrick.

Revista Siete días
Revista Siete días

Llevaba consigo la pulsión de muerte de la que hablaba Freud, la autodestrucción propia que traía aparejadas la angustia, la depresión y la soledad como confirmaban sus fueros íntimos en sus últimos meses. La autodestrucción también incluía noches de excesos, drogas, alcohol y días enteros sin dormir. Eran los últimos pasos del bufo.

Envejecía jugando, quizá porque de chico nunca lo hizo ya que tenía que trabajar de día e ir a la escuela por las noches en jornadas agotadoras para un niño. Tenía el humor callejero en sus venas, una fuerza natural de improvisación, picardía y gestos desbordantes. Lo suyo era el contacto físico, la piel y la intuición que había mamado en el circo. Su humor era netamente visual, un autodidacta total. Murió como vivió, corriendo límites y jugando a lo Jimmy Connors al fleje, como diría Casas, escritor e hijo del secretario personal del negro. Fue la última pirueta del equilibrista rosarino. El bufo yacía frente al mar inmenso, en ese asfalto que tantas veces pateo de noche mientras casi todos dormían. Llevaba puestas sus botas favoritas de media caña, unos jeans gastados como su propia vida y en cuero, porque la piel le ardía intensamente. Qué carajo importaba esa bolsita rosa. Muriendo vivió como Garrick. La morfina inyectada en ese corazón caliente que solía latir a mil no alcanzó. El corazón de Doña Matilde, su madre, tampoco lo soporto.

Se multiplican las anécdotas de su alma solidaria con sus compañeros y compañeras fuera del set, a pesar de que nunca quiso militar por los actores y actrices. Que tipo extraño Olmedo. ¿Quién fue realmente este flaco desgarbado que hizo reír a generaciones enteras? ¿Pudo haber sido un actor con otro vuelo? ¿Su humor se hubiese adaptado a los tiempos que corren? Martín Caparrós dijo alguna vez que a Ernesto Guevara lo salvó la muerte. Realmente si a alguien lo salvó la muerte, ese sin lugar a dudas, fue a Alberto Olmedo.







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