Política Estado Español

A TRES MESES DEL 20D

El nuevo reformismo presenta su proyecto de restauración del Régimen del ‘78

El proyecto de “cambio” de Podemos e IU-UP se desnuda como una de las vías para la restauración del régimen político de la mano del PSOE. Las principales demandas democráticas y sociales se dejan a un lado. La desmovilización social se presenta como uno de sus grandes obstáculos para evitar otra restauración que los deje fuera. Solo la intervención independiente de los trabajadores y sectores populares podrá evitar una Transición 2.0 en clave conservadora o progresista.

Santiago Lupe

@SantiagoLupeBCN

Jueves 7 de abril de 2016 | Edición del día

Del no nos representan a la restauración del PSOE como socio preferente

Uno de los elementos más dinámicos de la crisis de régimen abierta con el 15M fue la “crisis de representación”. Las dos principales herramientas políticas del Régimen del 78 perdían aceleradamente su legitimidad. Lo que Tariq Ali ha llamado el “extremo centro”. Un bloque formado por un partido conservador -en este caso heredero orgánico de la clase política franquista- y otro de centro-izquierda -un PSOE devenido en social-liberal desde los gobiernos de Felipe González-. El “no nos representan” del 15M se coreaba a la vez que el “PSOE y PP, la misma mierda es”.

La pata “izquierda” del Régimen del 78 fue la que primero y de una forma más profunda lo sufrió. El PP resistió al principio, pero los cuatro años de gobierno Rajoy y lo escandaloso de su cartera de corrupción, lo han hundido también.

Este hundimiento del “centro” tuvo el 20D dos expresiones electorales. En el lado derecho del tablero podemos decir que “todo queda en casa”. En otras palabras, lo que perdió el PP lo retuvo Cs, un nuevo partido de la derecha liberal aupado por el establisment y algunos grandes medios de comunicación. En el lado izquierdo hemos visto la emergencia con fuerza de Podemos y sus confluencias que, sumando el millón de votos que conservó IU-UP, superaron al partido de Pedro Sánchez.

El resultado expresó por lo tanto una corriente de izquierdización importante y masiva. Más allá del “giro al centro” en el programa y el discurso, el voto a Podemos e IU-UP expresó electoralmente el rechazo a la casta bipartidista y a las políticas que descargan el peso de la crisis sobre los sectores populares. Con más o menos ilusiones, estos seis millones de votos tienen la expectativa de que este “terremoto electoral” podrían abrir el camino para desfondar el Régimen del 78 y sus diversos agente.

Sin embargo, en estos más de tres meses de negociaciones, los movimientos dados por los dirigentes de ambas formaciones han dejado claro que sus intenciones distan de objetivos tan ambiciosos.

Con la apuesta por el PSOE como socio preferente y natural, Podemos ha recuperado la dicotomía derecha-izquierda de la que tanto renegó desde su nacimiento. No porque ahora apele a recuperar la identidad, el ideario y la tradición de la izquierda entendida como las organizaciones políticas y sociales de la clase trabajadora. La recupera en el sentido que se rechazaba con el “no nos representan” del 15M. En aquello que tenía de totalmente rechazable desde un punto de vista de izquierda. Devolviéndole la legitimidad perdida a un partido de “izquierdas” que defiende las mismas políticas en lo esencial que la “derecha”. Lo necesario ahora, nos dicen, es la unión con la “izquierda” del Régimen (los gatos blancos del cuento de ratones que le gustaba explicar a Iglesias) para evitar un gobierno de la “derecha” (los gatos negros).

Un “compromiso histórico” que va tomando forma, una bien gatopardista

En la primera ronda de contactos con Felipe VI, Pablo Iglesias, rodeado de sus principales colaboradores, lanzó -en contra de lo dicho y repetido en la campaña electoral- su propuesta de un “gobierno del cambio” en común con el PSOE e IU. Dos semanas más tarde era Alberto Garzón quien aparecía como el “campeón” de esta apuesta, logrando sentar en una mesa cuatripartita a Podemos, Compromis, el PSOE y la misma IU-UP.

La propuesta ha permitido ir dando una forma más concreta al nuevo “compromiso histórico” que vienen planteando los dirigentes de Podemos. Se trata de un concepto hijo del estalinismo italiano de posguerra -y retomado por el PCE en la Transición española- que defiende un pacto con las élites del régimen en crisis para llevar adelante una restauración del Estado estable y duradera. En ese proceso se pueden favorecer cambios políticos y sociales, pero con un techo muy bajo. Lo esencial es reconstruir la legitimidad de los gobernantes para seguir gobernando.

En caso del Estado español este techo quedó fijado en 1978 y los dirigentes de Podemos ya han dejado claro que no lo cuestionarán: Corona, unidad territorial -pues incluso su propuesta de referéndum para Catalunya no pasa de un carácter consultivo- y continuidad del aparato del Estado. Es decir, de todas las “castas”, las que Podemos ya no nombra -la política- y las que nunca nombró -sindical, judicial, policial, universitaria...-. A este “techo” hay que añadir en lo social las líneas rojas que se proponen respetar, como el pago de la deuda o el cumplimiento de los “compromisos” con la Troika.

La debilidad de lo “nuevo” para ser aceptado como socio por lo “viejo”

Sin embargo esta hoja de ruta, por más que resulte un gran fraude a las grandes aspiraciones democráticas y sociales, es todavía demasiado “radical” para el propio Régimen y sus agentes. O mejor dicho, no éstos encuentran razones de fondo para tener que aceptar un nuevo consenso como el que proponen Iglesias y Garzón.

Iñigo Errejón se refería hace unas semanas a este panorama como un “empate catastrófico”, en el que “lo nuevo” aún no tiene fuerza para imponerse y “lo viejo” tampoco la suficiente como para seguir sobreviviéndose a sí mismo. Un nuevo “abuso” de Errejón de una categoría de Grasmci, pero que puede servir al menos como metáfora para entender hacia donde se orientan los dirigentes de “lo nuevo”.

La negociaciones entre el PSOE y Podemos, IU y las confluencias, pusieron en escensa la gran disposicón de “lo nuevo” para forjar un pacto que renovase al del 78. Las demandas democráticas estructurales ya habían sido unas aparcadas antes del 20D -como la cuestión de la Corona, la disolución del Senado, la Audiencia Nacional...- y otras iban camino de ello -como el referéndum catalán que Garzón ya se adelantó a decir que no podía ser obstáculo para el acuerdo-. Sobre el programa social más de lo mismo. Podemos nunca aspiró a aplicar un programa anti-capitalista, eso es cierto, pero es que hasta demandas como la restructuración de la deuda o una negativa tajante a aplicar los 10.000 millones extras de recortes que pide Bruselas, han estado por fuera de la mesa cuatripartita. El modelo “Tsipras” era el inspirador de Iglesias y Garzón, es decir hacer reformas hasta donde la Troika deje.

Sin embargo ¿Qué ha pasado? ¿Porqué “lo viejo” no se aviene a recoger el guante de “lo nuevo”? ¿De donde viene esa “ingratitud”? Al final el PSOE ha optado por un pacto con Ciudadanos, un engendro del IBEX35 y el grupo Prisa para facilitar una restauración del régimen en clave conservadora. El acuerdo firmado entre ambos partidos es una combinación de reformas políticas cosméticas y tibias promesas de reformas sociales condicionadas a mantener las políticas de ajuste por un lado, y mantenimiento de lo esencial de la “obra” de Rajoy (reforma laboral, ley mordaza, LOMCE...), profundización en los ataques (sobre todo por medio del abaratamiento del despido, copagos...) y cierre en banda en cuestiones centrales como la catalana.

Con lo que no contaban Iglesias y Errejón es que el “empate” para que pudiera ser sentido como “catastrófico” por “lo viejo”, debería transcender el empate aritmético en las Cortes. Hoy, la desmovilización de los trabajadores, la juventud y los sectores populares, impuesta por la burocracia sindical y promovida por el nuevo reformismo, les viene a jugar en contra. La crisis del Régimen del 78 se ha profundizado “por arriba”, pero a diferencia del 2011-12, “por abajo” los servicios de Toxo, Mendez en primer lugar, y Iglesias, Colau, Errejón, Carmena... la ha dejado lo suficientemente tranquila como para poder permitirse el intento de que la Transición 2.0 parta de las premisas más conservadoras posibles. En Catalunya han sido los Mas y Puigdemont, con la venia del resto del bloque soberanista, los que han cumplido esta labor desmovilizadora, y “mica en mica” allanan el terreno para una integración del “proceso” en la futura “regeneración”, si les dejan claro.

Cuando la pos-política choca con la dura realidad de las fuerzas sociales, o su ausencia

El fracaso de Podemos para lograr un “gobierno de progreso” con el PSOE se explica pues por sus propias debilidades como representante de “lo nuevo” y en cierta “arrogancia” y superficialidad en el exámen de sus referentes históricos. Iglesias y Errejón no ocultan su admiración por el PCE de Santiago Carrillo y su “contribución al restablecimiento de la democracia”. Pero su intento de emulación se hace sobre concepciones de la pos-política que dan más valor al discurso y las estratégicas de comunicación, que a las fuerzas reales de la sociedad.

El PCE basó su hegemonía política en el anti-franquismo en su trabajo en la clandestinidad, en la construcción de las CCOO, las huelgas de los 60 y 70, el movimiento estudiantil, años de cárcel y persecución, el movimiento vecinal... Esa era la fuerza social que dirigía, y que supo utilizar no para imponer una ruptura política y una transformación social, sino para conseguirse un hueco en la mesa de negociación con el gobierno Suárez. De hecho, mientras esto no fue así, el PCE dejó correr la movilización contra el gobierno Arias, eso sí siempre controlada para evitar que se le escapara de su control como le sucedió en no pocas ocasiones. Si los franquistas aceptaron sumar al festín de la Transición a los “comunistas” fue porque eran fundamentales para frenar la calle y sobre todo los centros de trabajo y tajos. Carrillo supo hacerse con una carta valiosísima que poder intercambiar.

Hoy Podemos quiere emular a Carrillo, pero sólo en la segunda parte de su hazaña. Ha pretendido inútilmente sustituir las luchas contra el vertical, las huelgas obreras, el ascenso de luchas de 1976... por minutos de televisión y proyección mediática. La burbuja de la video-política parece que ha estallado. El “empate” a día de hoy es más “catastrófico” para su proyecto de integración tranquila en un nuevo “compromiso histórico”, que para el propio régimen que, mientras esté controlado todo “por abajo”, está buscando los agentes y maneras para una regeneración conservadora.

¿Por qué camino optará? ¿Recurrirá a llamar o impulsar la movilización? Es una hipótesis que no se puede descartar. Ahora bien, su negativa a construirse como un partido orgánico de los sectores que han padecido la crisis, especialmente entre los trabajadores, y su acercamiento a la burocracia sindical, se lo dejan difícil. Sus posibilidades para hacerlo son mucho menores que las del PCE de los 70. Sus capacidades para controlar una movilización que no se desborde también. Y por todo ello, su voluntad de emprender este camino es altamente dudosa. Además, y de esto ya sabe Ada Colau, si la movilización social se re-emprende seguramente choque con las parcelas de gestión institucional en manos de los del “cambio” que replican las políticas de la “casta” y hasta sus discursos anti-huelga.

Los trabajadores y sectores populares son los únicos capaces de “desempatar” en favor de las grandes mayorías sociales

De lo que no cabe duda es que esta segunda Transición no puede seguir teniendo a los trabajadores y sectores populares como convidados de piedra. Millones de ellos votaron a Podemos o IU-UP, y antes a las “candidaturas ciudadanas” en las municipales, con la ilusión de que el nuevo reformismo resolvería gran parte de las demandas democráticas y problemas sociales. La experiencia con estos proyectos políticos no va a ser inmediata, e incluso el fracaso de las negociaciones puede llevar a un zig a la izquierda discursivo (sobre todo si se repiten elecciones), pero ya hay sectores que está sufriendo los límites de los mismos, como los trabajadores de TMB en Barcelona.

Retomar la movilización social, especialmente de la clase trabajadora, es esencial para reactivar la crisis “por abajo” del Régimen del 78 y para poner freno a los nuevos ataques que se avecinan, como los pactados ahora por el PSOE con Cs o las exigencias de Bruselas. La situación de “parálisis” y crisis “por arriba”, es un elemento a favor para que se pueda re-emprender la “crisis por abajo”, por eso llora tanto El Pais, el periódico por excelencia del Régimen del 78. Esta movilización es una condición sine qua non para poder desbaratar los planes de una Transición 2.0 en clave conservadora como la que defienden Sánchez, Rivera y Rajoy.

Pero la otra “versión” de esta mala película tampoco tiene nada que ofrecernos. El nuevo “compromiso histórico” que defiende Podemos, IU y las confluencias, es una emulación senil del pacto entre el PCE con los franquistas y la Corona en 1978. Reeditar un nuevo “consenso” que deje de nuevo en el cajón cuestiones como el fin de la Monarquía, el derecho de autodeterminación o acabar con la casta política, y que en la esencial respete los fundamentos de las políticas económicas y sociales que están descargando la crisis sobre los trabajadores y las mayorías sociales.

Por ello retomar el camino de la organización y movilización de los trabajadores, de la lucha contra la burocracia sindical, de reactivar el movimiento estudiantil, las movilizaciones por el derecho a decidir de las nacionalidades, contra el régimen y la “casta”... debemos aglutinarlo en la perspectiva de la pelea por la apertura de un verdadero proceso constituyente libre y soberano, y no un pacto por arriba entre los dirigentes de “lo nuevo” y “lo viejo”. La lucha por imponer una asamblea constituyente desde la movilización obrera y popular es el mejor antídoto contra los intentos de colarnos una nueva Transición sea en versión “conservadora” o “de progreso”.

Realmente este es el único camino para abortar un nuevo desvío histórico como el que se prepara, y fortalecer en ese proceso las capacidad de lucha y organización de la clase obrera para poder abrir el camino a una salida de fondo a las grandes demandas democráticas y sociales, un gobierno de los trabajadores y los sectores populares.

* Artículo publicado originalmente en la revista Contracorriente







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