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El lucro

En esta oportunidad, Ediciones IPS plantea algunos aspectos de actualidad del Manifiesto comunista.

Viernes 15 de mayo | 21:39

El Manifiesto comunista es una obra que no pierde actualidad; como ha dicho Trotsky, “parece escrito ayer”. Se puede decir también que es una obra que a cada giro de la historia se actualiza. Cada nueva infamia que realiza la burguesía, cada nuevo crimen contra la humanidad y la naturaleza que producen las clases dominantes, manifiestan su vigencia.

En las primeras páginas del libro, sus autores señalan cómo la entronización de la burguesía en el poder ahogó tradiciones, valores sentimentales, costumbres: "bajo las aguas heladas del cálculo egoísta, no dejando subsistir ningún otro lazo, entre un hombre y otro, más que el cruel y frío interés". El motor de un régimen económico basado solo en el lucro, donde el único motivo, objetivo y fin es la mezquina ganancia, el craso beneficio, termina por instaurar un sistema donde se pierde la cualidad de lo humano.

Para montar una fábrica o una empresa, se necesita reunir sumas de dinero para formar un capital inicial; es preciso encontrar proveedores de materias primas, de productos que forman parte de la producción; es necesario acopiar herramientas, máquinas e instrumentos para el trabajo. Y lo más importante, los brazos que van a realizar el trabajo. Es decir, por más que se trate de un proyecto individual, es parte de la sociedad la que es convocada. Y cuando la fábrica comienza a funcionar, el capital que mueve pasa a formar parte del movimiento de capitales.

El patrón busca el apoyo de su gremio o de alguna cámara en la que integrarse. Se ve obligado, como resultado de largas luchas obreras, a incorporar a sus trabajadores y empleados a una obra social que cubra su salud, debe depositar su jubilación, etc., (algo que no siempre hace: hace décadas que hay en el país un 34 % de trabajadores en negro). Todo esto demuestra que una empresa no es una isla, forma parte de un todo. Es algo que dice el Manifiesto de un modo diáfano: "El capital es un producto colectivo; no puede ser puesto en movimiento sino por la actividad conjunta de muchos integrantes de la sociedad y, en última instancia, a través de la actividad conjunta de todos los miembros de la sociedad. El capital no es un poder personal, es un poder social".

Los trabajadores también se agremian, se integran a un amplio sistema social, el de su autodefensa. Y un conflicto o problema que ocurra en la fábrica, repercute en toda la sociedad: los accidentes de trabajo o los conflictos llegan a los medios, movilizan a los sindicatos (y esto, cuando no han sido cooptados por la patronal o por algún partido burgués), repercuten en los ambientes de trabajo.

Es que el desarrollo de la burguesía también hace que se desarrolle el proletariado, la clase trabajadora que vive de la venta de su fuerza de trabajo, los que alimentan, visten, producen todas las mercancías que la humanidad consume, las viviendas que la cobijan. Una clase cuya única herramienta, su fuerza de trabajo, también es considerada como una mercancía por la clase de los explotadores. Una clase sometida, dicen Marx y Engels, “oprimida por la clase burguesa, por el Estado burgués, esclavos de la máquina, esclavos del capataz, y esclavos del patrón de la fábrica”. “Y este despotismo es tanto más mezquino, odioso y exasperante cuanto más abiertamente proclama que no tiene otro fin más que el lucro”.

La burguesía, como clase dominante, impone como ley reguladora las condiciones de existencia de su clase, es decir, sus objetivos y sus métodos, destinados únicamente a la explotación del trabajo humano. Ni el progreso ni la cultura, ni la educación ni la salud son objetivos suyos: si recurre a ellos es solo como medio para reproducir su sistema; en las ocasiones en que le resultan un estorbo, las borra de un plumazo.

El comunismo, en cambio, se ocupa de la comprensión de las condiciones reales de la lucha de clases, de la situación de explotación que vive la sociedad en cada momento. Su objetivo consiste en crear un partido que defienda los intereses de los trabajadores, que los constituya en clase para luchar contra los ataques de la clase dominante, y para, llegado el momento, derrocarlas y conquistar el poder político. Es la propiedad burguesa, el aberrante sistema de rapiña del trabajo humano lo que es preciso abolir. Un sistema basado en el lucro solo saca lo peor del ser humano, se vuelve cada vez más canalla, más expoliador, más destructor de las relaciones sociales, más explotador del trabajo y más destructor de la naturaleza.

Se trata de socializar los medios de producción, las empresas, toda esa organización que vive de la sangre y sudor que arrebatan al trabajador. "En la sociedad actual se trata de una forma de propiedad –dice el texto– que está abolida para las nueve décimas partes de sus integrantes”. Hoy día, por ejemplo, en los EE. UU., un 1 % de los potentados tiene una fortuna mayor que la mayoría restante de la población.

El último 22 de abril, más de 350 organizaciones de 40 países emitieron una proclama internacional en el Día de la Tierra. Los firmantes denuncian las actividades destructivas que se desarrollan a nivel global, ejecutadas por un puñado de trasnacionales y que son política de Estado en Argentina: agronegocio, megaminería y explotación petrolera. ¿Estos datos no actualizan al Manifiesto comunista?

La potencia dominante y las clases dominantes han llegado a un punto en que nada positivo tienen para ofrecer a la humanidad. Su barbarie es tal que ya no pueden seguir desempeñando ese papel, la sociedad tampoco puede seguir ahogada bajo su dominio, “la existencia de la burguesía es, en lo sucesivo, incompatible con la sociedad”.

Leíamos en el Manifiesto que el capital no es un poder personal, es un poder social. Por este motivo entonces, "si el capital es transformado por la revolución social en propiedad colectiva, perteneciente a todos los integrantes de la sociedad, no es una propiedad personal la que se transforma en propiedad social; solo cambia el carácter social de la propiedad".

A continuación compartimos para su lectura un fragmento de El Manifiesto Comunista:

Las concepciones teóricas de los comunistas no se basan en modo alguno en ideas y principios inventados o descubiertos por tal o cual reformador del mundo.

Son la expresión general de las condiciones reales de una lucha de clases existente, de un movimiento histórico que se produce ante nuestros ojos. La abolición de las relaciones de propiedad que existieron hasta ahora no es algo que caracterice particularmente al comunismo.

Todas las relaciones de propiedad han sufrido constantes cambios históricos, continuas transformaciones históricas.

La Revolución francesa, por ejemplo, abolió la propiedad feudal en beneficio de la propiedad burguesa. El rasgo distintivo del comunismo no es la abolición de la propiedad en general, sino la abolición de la propiedad burguesa.

Ahora bien, la propiedad privada en la actualidad, la propiedad burguesa moderna, es la última y la más perfecta expresión del modo de producción y de apropiación basado en antagonismos de clases, en la explotación de la mayoría por una minoría.
En este sentido, los comunistas pueden resumir su teoría en esta sola expresión: abolición de la propiedad privada.

Se nos ha reprochado a los comunistas el querer abolir la propiedad personalmente adquirida, fruto del propio trabajo, esa propiedad que forma la base de toda libertad, actividad e independencia individual.

¡La propiedad adquirida, fruto del trabajo, del esfuerzo personal! ¿Se refieren acaso a la propiedad del pequeñoburgués, del pequeño labrador de la tierra, esa forma de propiedad que ha precedido a la propiedad burguesa? No tenemos que abolirla: el progreso de la industria la ha abolido y sigue aboliéndola a diario.

¿O tal vez se refieren a la propiedad privada burguesa moderna?

¿Acaso el trabajo asalariado, el trabajo del proletario, crea propiedad para este? De ninguna manera. Lo que crea es capital, es decir, la propiedad que explota al trabajo asalariado y que no puede acrecentarse sino a condición de producir nuevo trabajo asalariado con el fin de volver a explotarlo. En su forma actual, la propiedad se mueve en el antagonismo entre el capital y el trabajo asalariado. Examinemos ambos términos de este antagonismo.

Ser capitalista significa asumir no solo una posición puramente personal, sino también una posición social en la producción. El capital es un producto colectivo; no puede ser puesto en movimiento sino por la actividad conjunta de muchos integrantes de la sociedad y, en última instancia, a través de la actividad conjunta de todos los miembros de la sociedad.

El capital no es un poder personal, es un poder social.

Entonces, si el capital se transformó en propiedad colectiva, perteneciente a todos los integrantes de la sociedad, no es una propiedad personal la que se transforma en propiedad social. Solo cambia el carácter social de la propiedad. Esta pierde su carácter de clase. (p. 30-31)

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