Internacional

ANÁLISIS INTERNACIONAL

El imperialismo, el Estado Islámico y la contrarrevolución

Los atentados de París, y ahora los de Bruselas, confirman que el Estado Islámico ha decidido extender el uso del terror desde los suburbios chiítas de Irak o Beirut hasta el corazón de Occidente.

Jueves 24 de marzo de 2016 | Edición del día

Foto: EFE Archivo

Publicamos para todos nuestros lectores este artículo, aparecido originalmente en la revista Estrategia Internacional Nº 29. Debido a su extensión, reproducimos aquí su Introducción y el artículo completo adjunto para descargar en PDF.

Introducción

Los atentados del 13 de noviembre en París confirmaron que el Estado Islámico (EI o ISIS por su sigla en inglés) [1] ha decidido extender el uso del terror desde los suburbios chiitas de Irak o Beirut hasta el corazón de occidente, emulando la táctica de Al Qaeda de golpear de manera espectacular al “enemigo lejano” para fortalecerse contra sus “enemigos cercanos”. Como significante del terrorismo islamista globalizado parece destinado a ocupar por un tiempo el centro de la política mundial.

Desde el comienzo, el EI tuvo un carácter internacional en su composición [2]. Una proporción importante de sus combatientes son reclutados entre jóvenes de las comunidades árabes de países europeos. Pero la exportación de la “jihad” más allá de las fronteras del mundo islámico es una tendencia relativamente novedosa en la operatoria del grupo que hasta los ataques en Francia había tenido como blanco fundamental a musulmanes. La otra novedad es la “autorradicalización” de individuos en occidente, que por simple inspiración en las acciones y las ideas del EI, pueden perpetrar por su cuenta actos terroristas. Este parece haber sido el caso de la matanza en San Bernardino, California.

Si, como sostienen diversos analistas, uno de los objetivos de los atentados en París era provocar la represalia de los gobiernos imperialistas, arrastrándolos aún más profundamente hacia la guerra y a adoptar políticas persecutorias contra los musulmanes, en este aspecto al menos el EI tuvo un éxito relativo, aunque aún no está claro si terminará siendo el comienzo de su decadencia, como lo fue para Al Qaeda el atentado a las Torres Gemelas.

La respuesta inmediata de las potencias occidentales al 13N fue escalar la intervención en Siria e Irak invocando, una vez más, la fallida razón de la “guerra contra el terrorismo”, una trampa de la cual Estados Unidos todavía no puede salir. Esto complica los planes de Obama de poner como norte el “pivote” hacia Asia Pacífico y la contención de China y lo obliga a seguir invirtiendo importantes recursos en guerras impopulares que dejan un balance negativo a la hora de contrapesar costos y beneficios para los intereses estratégicos del imperialismo norteamericano.

Con la incorporación de Francia, Gran Bretaña y Alemania a la “coalición anti ISIS” dirigida por Estados Unidos, a fines de 2015 más de una docena de países estaban bombardeando Siria, con Rusia e Irán en el bando de Bashar al Assad y el resto en el bando opositor, ambos sobredeterminados por el combate contra el Estado Islámico.

Los líderes de las potencias imperialistas comparan al EI con el fascismo para darse alguna altura moral y vender a sus poblaciones otra guerra en el Medio Oriente. También para justificar el giro bonapartista doméstico que sigue como la sombra al cuerpo al rumbo guerrerista: medidas de “seguridad” que aumentan el racismo y la xenofobia contra comunidades árabes, inmigrantes y refugiados y atacan las libertades democráticas. Estas políticas profundizan las condiciones de marginación y explotación que llevaron, por ejemplo, a la revuelta masiva de los jóvenes de las banlieus en Francia en 2005. Y explican en gran medida, que a pesar de su carácter profundamente reaccionario, el Estado Islámico logre reclutar jóvenes en occidente [3].

Pero esta justificación, al igual que los argumentos humanitarios, no resiste la más mínima prueba. Basta con mencionar la alianza estratégica de Estados Unidos con la monarquía de Arabia Saudita, una inspiración para el EI, y con el Estado de Israel, responsable de crímenes de guerra contra el pueblo palestino. O el sostenimiento por parte de Francia de dictaduras afines en África.

Este renovado militarismo aumentará sin dudas el ya oneroso costo que paga la población civil siria aunque, justamente por esto, es difícil que este amplio frente dirigido por Estados Unidos pueda anotarse una victoria decisiva. Es que, en última instancia, la injerencia imperialista y de sus aliados reaccionarios recrea las condiciones en las que surgen las variantes extremas del salafismo. Menos aún parece posible revertir la fuerte tendencia a la fragmentación estatal en Libia, Irak y Siria, incluso si mediara una derrota militar decisiva del EI. Esta fuerza centrífuga muestra que la crisis llega al cuestionamiento a las fronteras nacionales trazadas por Francia y Gran Bretaña para repartirse los dominios del desmembrado Imperio Otomano a fines de la Primera Guerra Mundial, sobre la base de los acuerdos de Sykes Picot [4].

La facilidad con que el Estado Islámico borró la frontera casi centenaria entre Siria e Irak y estableció una nueva entidad proto estatal muestra hasta qué punto ha avanzado este proceso de descomposición.

Diversos factores se han combinado para dar forma a este complejo escenario, entre los que se destacan los intereses en juego de diversas potencias que encontraron un campo de batalla en la guerra civil siria, y las consecuencias políticas de la derrota de la “primavera árabe”.

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Notas a la introducción

1] La denominación del Estado Islámico se ha transformado también en un campo de batalla cargado de sentidos. Al menos hay cuatro formas de llamarlo: Estado Islámico, Estado Islámico de Irak y el Levante (ISIL), Estado Islámico de Irak y Siria (ISIS) o Daesh (en realidad Da’ish, acrónimo árabe de Al Dawla al-Islamyia fil Iraq wa’al Sham). Mientras que el gobierno de Obama prefería llamarlo ISIS, ISIL o Estado Islámico a secas para no concederle el carácter territorial del califato, el presidente francés Hollande impuso el uso de Daesh como denominación oficial. Una de las explicaciones es que tiene una connotación negativa y que en su forma plural (Daw’aish) significa fanáticos.

[2] Según un informe del grupo Soufan, un think tank dedicado a seguridad e inteligencia (www.soufangroup.com), a fines de 2015 había entre 27.000 y 31.000 combatientes extranjeros en las filas del ISIS provenientes de 86 países. Si bien el mayor aporte viene del mundo árabe (Túnez, Arabia Saudita y Jordania) se calcula que hay unos 5.000 europeos combatiendo para el EI en Siria, de los cuales 1.800 son franceses. Un tercio de estos suele retornar a sus países de origen.

[3] Según el antropólogo norteamericano-francés Scott Atran los jóvenes que se unen al ISIS no tienen como principal motivo la religión, sino las condiciones de su vida real: la violencia en el caso de los jóvenes iraquíes, la posibilidad de tomar revancha de la humillación para los jóvenes franceses que no se sienten integrados a pesar de ser segunda o tercera generación. En un artículo señala que de las entrevistas realizadas en las banlieues de París surge “una amplia tolerancia y apoyo al ISIS entre los jóvenes que quieren ser rebeldes con causa, que quieren, desde su punto de vista, defender a los oprimidos”. S. Atran, N. Hamid, “Paris: The war ISIS wants”, New York Review of Books, 16 de noviembre de 2015.







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