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Red Internacional

La victoria de los trabajadores aceiteros le dobló el brazo a las grandes patronales; un gran precedente para toda la clase obrera. Con estas líneas queremos aportar algunas conclusiones que deja el conflicto para pensar las luchas que se vienen.

Sábado 2 de enero | 17:36

Tras 21 días, terminó victoriosa una de las principales huelgas obreras de los últimos años. La clave fue el paro de los recibidores de granos de Urgara y de los aceiteros del SOEA y la Federación, coordinados junto a los piquetes sostenidos por la base obrera que se mantuvieron firmes durante tres semanas en las más de 20 terminales aceiteras y cerealeras.

La firmeza obrera dio sus frutos y las patronales tuvieron que ceder prácticamente en toda la línea. Conquistaron otro 10 % de aumento salarial para 2020, dando un total del 35 % anual, y el pago de un bono anual de $ 70.000 y otro compensatorio por trabajar durante la pandemia de $ 90.000 en cuotas de $ 10.000.

Además se acordó una mejora del 25 % en dos tramos desde enero, con revisión en agosto. No se conquistó el pago de los días caídos por la huelga ni se acordó aún la paritaria de los compañeros de Urgara, que siguen de paro.

El comunicado de la Ciara -la cámara empresaria- al finalizar la huelga tiene música de violines: “se privilegió la paz social como objetivo empresarial, en virtud de las consecuencias económicas para la industria, la comunidad, los mismos trabajadores y la Nación, además de que la Argentina pasó a ser un proveedor poco confiable a nivel internacional”.

Un conflicto testigo para todos los trabajadores

La Ciara agrupa a patronales con gran peso en la economía del país. Manejan puertos privados sin ningún control estatal. Son las empresas que impulsan el alza de los precios de gran parte de de la canasta familiar. Especulan con el precio del dólar y las retenciones y son impulsoras de las devaluaciones que hunde el salario de todos los trabajadores. Buscan imponer como modelo un nuevo “granero del mundo”, basado en el monocultivo de la soja. Y ningún gobierno les ha hecho frente.

Ninguna de estas empresas dejó de trabajar durante la pandemia. Con menos personal por las licencias por covid-19, aumentaron los ritmos de trabajo y amasaron fortunas, literalmente: previo al conflicto, sólo en el mes de noviembre habían ganado U$S 1.734 millones; U$S 18.500 millones en todo 2020.

“A nosotros el Gobierno nos declaró esenciales, pero no para hacer harina y aceite para la gente sino para que estos se llenen de dólares exportando”, sintetizó un laburante en un piquete en Cofco, monopolio del Estado Chino en la localidad santafesina de Timbúes.

Pero desde agosto de 2020 las patronales se negaron a rever las paritarias que ya se encontraban vencidas. Los dueños del país se habían preparado para un conflicto duro, en épocas de baja molienda y de paradas de mantenimiento en varias fábricas.

Reunión tras reunión, conciliación tras conciliación se negaron a hacer ofertas que respondieran a las demandas obreras. Una vez lanzados los primeros paros prefirieron perder U$S 100 millones diarios por cada día de huelga que ceder a los reclamos de los trabajadores.

En la Ciara se agrupan estafadores como Vicentin y fugadores con peso en la Bolsa de Rosario. Detrás de ellos se nuclearon entidades como la Mesa de Enlace, que nuclea a la Sociedad Rural, empresarios del agro, la Bolsa de Comercio y otros grupos patronales.

Contaron también con la complicidad absoluta de los medios opositores, que lanzaron campañas de mentiras contra el reclamo obrero y el silencio de los medios oficialistas. El Gobierno permitió el accionar de las patronales durante cuatro meses, dando así un aval a las empresas desde agosto hasta que la fuerza obrera se impuso.

Con este apoyo se lanzaron a un conflicto claramente político. Además de presionar por medidas impositivas, como la quita aún mayor de retenciones, buscaban derrotar a los aceiteros, atacando su salario y sus condiciones laborales y transmitir un mensaje para toda la clase obrera argentina: que los trabajadores agachen la cabeza y paguen la crisis con paritarias a la baja y resignando conquistas.

Este plan fue derrotado por los obreros aceiteros y el triunfo de su huelga es un triunfo para todos los trabajadores: luchando en unidad se puede ganar.

La fuerza de los fuertes

La primera y principal lección de esta huelga histórica es la fuerza de la unidad obrera. Para doblegar la resistencia patronal, los sindicatos impulsaron un paro coordinado que superó la división de los últimos años. Conflicto tras conflicto, los aceiteros peleaban separados. A veces bajo la conducción de la Federación, otras dirigidos por el SOEA de San Lorenzo, pese a que son los principales gremios de la misma actividad.

Pese a que los primeros paros fueron separados (la federación paró por 24 horas el 1° de diciembre junto a Urgara, el SOEA paró 3, 4 y 5 de diciembre), desde el 9 de diciembre se impuso una enorme huelga unificada entre de todos los sindicatos aceiteros y los recibidores de Urgara que paralizó en forma simultánea todos los puertos de las agroexportadoras, planteando un conflicto muy superior e histórico.

Las patronales del cordón industrial del Gran Rosario concentran el 75 % de las agroexportaciones del país, la principal fuente de divisas. Son los pulpos que manejan la economía nacional. Pero también este cordón reúne la principal concentración obrera del sector: el SOEA declara 4.000 trabajadores en la zona de San Lorenzo, el principal complejo de puertos oleaginosos de toda Latinoamérica.

La huelga, llevada adelante de forma unificada, mostró también el peso estratégico de este sector de la clase obrera. Su acción paralizó uno de los principales motores de ganancia del empresariado argentino. De ahí el interés de la burguesía en derrotarlos y la importancia estratégica del triunfo obrero.

Además de las conquistas salariales y de los derechos conquistados defendidos, deja una gran lección grabada a fuego: coordinación de los sindicatos, paralizando la producción de este sector, garpa. Esta coordinación es un gran primer paso que hay que continuar para encarar cada conflicto venidero, empezando por la situación que atraviesan los trabajadores de Vicentin y los de Dánica de Llavallol.

El rol del Gobierno

El plan patronal contó con un tercer jugador en su cancha. Lejos de la idea de los sindicatos del “2 a 1”, refiriéndose a que las negociaciones eran entre los trabajadores y el Ministerio de Trabajo, por un lado, y las patronales por el otro, el Gobierno de Fernández dejó correr el plan patronal durante cuatro meses. Permitió que apostaran al desgaste de los laburantes durante tres semanas de huelga, sin atender rápidamente el reclamo obrero siendo patronales solventes y permitiendo el descuento de los días de paro, un derecho elemental de los trabajadores.

Si las patronales aceiteras ponían un techo salarial al reclamo de los trabajadores, el Gobierno podía ir a negociar las paritarias del resto de los laburantes a la baja más sencillamente.

Muchos de los trabajadores que apoyaron a Fernández electoralmente frente al desastre macrista vieron este rol durante el conflicto. A diferencia de la rapidez con la que actuó para ceder a los reclamos de Vicentin u otorgando la rebaja en las retenciones, en este caso el rol del Gobierno fue permitir el ataque de las patronales.

La pelea por los derechos de los trabajadores no tiene por aliado al Gobierno, que en estos días llevó adelante un nuevo ajuste a los jubilados y prepara nuevos ataques de la mano del FMI. La defensa de las necesidades de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos.

Las asambleas y la coordinación

El conflicto también puso sobre la mesa, incipientemente, la unidad con otros sectores y la necesidad de desarrollar una coordinación. Terminada la segunda semana de huelga, el Intersindical Marítima anunció un paro de 48 horas por reclamos salariales, sumándose a la medida de los tres gremios aceiteros.

Frente a la intransigencia patronal, las bases del SOEA y delegados independientes tuvieron un importante protagonismo para que las conducciones se decidieran a actuar de manera coordinada.

Una gran lección que deja esta huelga es que estuvo planteada la posibilidad de la coordinación de las bases, aunque las conducciones no fueron más allá con con asambleas comunes intergremiales donde entre todos se pueda decidir.

De esta manera se podría haber aprovechado esta importante experiencia para comenzar a poner en pie una unidad estratégica en este sector, y desde allí ser un ejemplo para otros gremios, donde las bases decidan.

La división que opera entre los sindicatos es una de las claves con la que trabajan los gobiernos para hacer pasar los planes de ajuste: la unidad por arriba fue un paso para lograr acciones coordinadas pero no es suficiente a la hora de pelear por la unidad desde abajo y mostrar una alternativa a la conducción del SOEA de Reguera, quien mantuvo históricamente un sindicato controlado desde arriba y mostró colaboración con las patronales, como en el caso de los accidentes y muertes en Cofco o la crisis en Vicentin.

La CGT, la CTA y los principales sindicatos de la región no tomaron medidas solidarias. Tampoco la corriente sindical de Moyano. Los obreros tercerizados de las plantas, muchos afiliados a Uocra, no fueron involucrados en las medidas, lo que hubiera permitido soldar una unidad mayor. Las conducciones de los gremios en lucha podrían haber hecho un llamado a los sindicatos, impulsando un paro regional que podría haber fortalecido enormemente la pelea aceitera y las luchas en curso.

Desde el inicio, las fuerzas del PTS en el Frente de Izquierda Unidad se volcaron a llevar la solidaridad al conflicto, participando a diario de cada piquete desde las plantas en el norte hasta las del sur y con el apoyo de los principales referentes de la izquierda como Nicolás del Caño, Myriam Bregman y Octavio Crivaro.

Los trabajadores de Hey Latam y las familias que pelean por tierra y vivienda en Magaldi se acercaron a los piquetes buscando confluir en una pelea unitaria. La Izquierda Diario se convirtió en el único medio que apostó a la difusión del conflicto con una cobertura permanente, con la confianza en que si la fuerza obrera se imponía implicaba un gran triunfo para todos los trabajadores.

La exigencia a las centrales sindicales de un paro provincial y acciones nacionales fue parte de las propuestas que aportamos desde el Movimiento de Agrupaciones Clasistas. Un paro provincial podría haber unificado los reclamos de los aceiteros con otros sectores en lucha. Y una movilización hacia el centro político de Rosario, romper el cerco mediático que hicieron canales opositores y también los oficialistas.

Estas medidas, que hubieran permitido profundizar la pelea golpeando como un solo puño junto a otros sectores de la clase obrera que apoyaban la lucha, eran bien vistas por un sector de los trabajadores aceiteros pero nunca pudo ponerse en discusión.

La Federación impulsó un importante acto el 19 de diciembre en la puerta de la planta de Dreyfus de General Lagos, en el que participaron laburantes de otras aceiteras del sur de Rosario. Entre los trabajadores del SOEA no hubo instancias que unifiquen a trabajadores de distintas plantas.

El conflicto planteó la posibilidad de desarrollar la democracia obrera, impulsando asambleas e incluso asambleas de base comunes donde los trabajadores pudieran expresar sus posiciones independientemente de a qué sindicato estuvieran afiliados.

La mejor manera de soldar la unidad era con la realización de asambleas comunes donde los trabajadores discutan y resuelvan las medidas a seguir entre todos y que, de esta forma, se mandaten a los delegados y dirigentes para las negociaciones. La democracia obrera, donde todos discuten y resuelven cuáles son las medidas a seguir, es la mejor manera de construir colectivamente un plan de lucha a la altura.

Así se podría haber expresado que había fuerzas (¡y muchas!) para conquistar también los días caídos y no firmar el acuerdo cuando los trabajadores de Urgara aún no habían obtenido sus reclamos luego de tres semanas peleando en común. Estas definiciones deberían haberlas discutido los trabajadores entre todos.

Por otro lado, no debemos olvidar la fuerza estratégica por su posición en la economía que tiene este sector de trabajadores, que le permite doblegar a las grandes patronales voraces. El impacto del paro es superior en las ganancias capitalistas.

Para otros sectores de la economía, y más aún cuánto más divididos y precarios, la unidad por abajo con asambleas es fundamental para lograr no solo el paro coordinado sino que a su vez posibilite votar acciones, cortes y piquetes coordinados en lugares centrales de la economía, algo que se vuelve vital para derrotar los planes de ajuste.

La fuerza de los aceiteros da un espaldarazo a la clase trabajadora de conjunto, pero resulta esencial reflexionar sobre cómo avanzar en lo que se viene en otros sectores. La unidad y coordinación desde abajo de las filas obreras es indispensable.

El futuro llegó, hace rato

La gran huelga aceitera termina con un triunfo rotundo sobre las pretensiones patronales. Y sobre todo es una gran victoria para todos los trabajadores. Se inicia el 2021 con un triunfo obrero contra un sector de los dueños del país. Sube el piso para discutir las condiciones laborales, los salarios y, sobre todo, cómo hacerle frente a las patronales que quieren atacar las condiciones de trabajo.

Las patronales aceiteras también mostraron sus planes a futuro: se viene un país conducido por el peronismo y administrado por el FMI. Cada peso que se ajuste en salarios, en presupuestos como el de salud o el de educación, cada centavo sacado a los jubilados irá para los accionistas de los fondos buitres que muchas veces son parte de los mismos grupos empresarios. Como BlackRock, el principal acreedor de bonos de la Argentina y accionista de Bunge.

Se vendrán peleas nuevas y un sector de la clase obrera empezó a tensar los músculos. Hay una emergencia de trabajadores precarios como se expresa en Hey Latam, con quienes los obreros colaboraron con su fondo de lucha desde los piquetes en un ejemplo de solidaridad, trabajadores informales que pelean por vivienda como en Guernica y Magaldi que se suman al hartazgo de los trabajadores de la salud.

A la vez, hay ataques concretos en curso, como con los trabajadores del transporte en Rosario y la región donde quieren despedir a un 20 % de los colectiveros y colectiveras. Estas luchas, que las centrales burocráticas dividen y aíslan, es necesario unirlas de manera concreta, en la calle.

Frente a estas luchas, los sindicatos aceiteros podrían haber desarrollado la unidad de las filas obreras y organismos de coordinación con el conjunto de los sectores en lucha, sentando las bases de la unidad y coordinación que estratégicamente necesitamos los trabajadores frente a los ataques en curso.

Por sus peleas y su rol en un sector estratégico de la economía, los aceiteros tienen un importante poder para obtener conquistas como la de estos días. Pero en el país que se viene, no pueden salvarse solos: hay otros sectores sin ese poder de fuego que van a buscar derrotar.

Por eso es estratégico pelear por la coordinación de cada lucha, con independencia del Gobierno que es el principal responsable del ajuste, luchando por la unidad de las filas obreras, particularmente con los más pobres que sufren los principales golpes de la crisis y de los ataques del conjunto de las patronales.

Hay que imponerles a las centrales sindicales que salgan de abajo de la mesa y conquistar un paro nacional para enfrentar los ataques que se vienen en el país del FMI.

Este enorme paro aceitero puede ser un antes y un después para organizar las peleas por una salida obrera a la crisis, contra los grandes empresarios, la derecha que los banca y el Gobierno que se le subordina.




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