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Red Internacional

Con temperaturas extremas, ventilación cruzada y nada caliente para atemperar los cuerpos, las escuelas siguen irradiando calidez ante los horrores de la vida de estudiantes y trabajadores de la educación en medio de una crisis sanitaria, económica y social.

Carla CastelluccioDocente | Agrupación 9 de Abril

Martes 15 de junio | 20:28

La mañana comienza muy fría. Cinco grados y una brisa que cala los huesos, aún dentro del aula. Ventilación cruzada la llaman aquellos que dicen ser paladines de la educación de las infancias y adolescencias. Crueldad le decimos quienes nos exponemos día a día a esta situación: pibes, docentes, auxiliares y todos los que hacemos la educación pública posible.

Cuan complejo es aprender y enseñar tiritando de frío. Si movilizarse es difícil, dada la cantidad de ropa que usamos para conseguir sentir algo menos de frío, pensar y concentrarse es una tarea titánica. Así y todo, lo hacemos. Y lo hacen también esos pibes y pibas que, del mismo modo en sus casas, sufren el frío irremediable de la temporada estival.

Pero hay otro frío peor, aquel que es decidido y direccionado por las faltas de medidas sociales profundas para tener una vida digna. Las y los niños llegan a las escuelas para “aprender” con las panzas vacías, o sea sin ese combustible vital para que la máquina corporal y cerebral funcione en óptimas condiciones. Rostros tristes, agotados, pibes y pibas que, además de tener que tolerar los estragos de la pandemia, cargan con el pesar de sus familias, quienes a pesar de hacer malabares no les alcanza para lo mínimo e indispensable.

Les quitaron el IFE y les dicen “quedate en casa”, mientras quienes gobiernan y promueven las leyes quieren aumentarse los sueldos. Y para colmo, les transmiten “con preocupación”, a pibes y familias que resistan, que ya va a pasar, que es por la pesada herencia o que es por la pandemia, sentados y sentadas en cómodos sillones, calefaccionados y con la panza llena, desde un ministerio o secretaría. Discursivamente les prometieron el oro y el moro, pero en los hechos solo les dieron ajuste, inflación y vulneraron sus derechos más elementales.

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Esta gente que vive en Puerto Madero y van a “trabajar” en sus propios vehículos, son la expresión más poética del frío, la indiferencia y la desidia. Desde la Rosada o desde la jefatura de Gobierno de la Ciudad Autónoma, todo lo que reciben pibes y familias es frío, el frío desinterés por esas mayorías, cuando destilan en sus discursos pomposos, medidas vacías.

Pero a pesar del frío térmico y del frío de la indiferencia de quienes “volvieron mejores”, en las heladas escuelas queda el calor de un vínculo pedagógico que nada puede quebrantar. Y que queremos soldar a fuerza de organización, pelear por todas las demandas de las familias y los trabajadores.

Hoy conocimos un relato muy íntimo sobre ese calor que se vive en las aulas. Pasó en una escuela del barrio de Lugano. Sentado en el fondo había un pibe cabizbajo. La docente se acerca y ve que estaba llorando. “¿Querés contarme que te pasa?”, preguntó la seño con calidez y preocupación. Entre lágrimas y mucha angustia, el estudiante reflejó una situación por demás repetida entre las familias trabajadoras: “Hace una semana murió mi papá. Siempre venía de trabajar llorando porque como Uber no ganaba nada, se contagió de covid y murió. Si antes era difícil vivir con lo que él ganaba, ahora que no tenemos nada…”.

El nudo en la garganta del chico y también en la maestra interrumpió el relato y se fundieron en un abrazo. El protocolo (insuficiente y carente de sentido humanitario), se fue por la borda, nada importó. La calidez en el aula ante el sufrimiento de un pibe de 12 años fue lo que primó.

No alcanza con abrazos cuando la pobreza supera el 40% y siete de cada diez pibes son pobres en la Argentina. No alcanzan las palabras de consuelo cuando la especulación de los grandes laboratorios, avalados por los Gobiernos, priorizan sus ganancias antes que las vidas de las y los trabajadores.

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Sabemos muy bien que la vida de ese padre y de muchas personas más, no las vamos a recuperar con abrazos. Pero la calidez que sentimos en las escuelas a pesar del frío, es el embrión de una alianza superior entre trabajadores de la educación, familias y estudiantes para poner por delante nuestras prioridades y organizarnos para arrancarles a nuestros verdugos todo aquello que necesitamos para tener una vida que merezca ser vivida. Por eso cuando el fuego de esa calidez crezca, tenemos que estar ahí, organizados y dispuestos a ir por todo lo que nos es negado cada día.

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