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Red Internacional

Opinión. El fracaso del relato progresista y el reino de la pequeña política

Un Presupuesto de ajuste y una rosca infinita camino a 2023. La crisis de las coaliciones mayoritarias y el malestar social. El Estado capitalista, garante de los intereses del gran capital. En tiempos de crisis social, la “gran política” solo puede ser socialista.

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Viernes 28 de octubre | 21:00
Foto: @DiputadosAR

Los relatos políticos no están hechos solo de palabras. En su plástica materialidad hay que buscar, también, hechos. El primer peronismo es indisociable de las conquistas logradas por la clase obrera desde 1943. Es, también, inseparable del poder social que esa misma clase conquistó en los lugares de trabajo. Cristalizado en cuerpos de delegados y comisiones internas, permitió al movimiento obrero convertirse en feroz antagonista a la patronal al interior de las empresas. Definido como una Anomalía argentina por Adolfo Gilly, ese poder decisorio fue limitado por el mismo peronismo, que -desde la cúpula del poder- apostó a la estatización y regimentación de las organizaciones sindicales. Fue, también, uno de los primeros objetivos del régimen genocida instaurado en marzo de 1976.

La materialidad del relato kirchnerista siempre fue más endeble. Estuvo atada, indudablemente a las condiciones económicas y sociales de la primera década de este siglo. Se alimentó del ciclo de consumo que crearon múltiples condiciones, tanto nacionales como internacionales. Ese ciclo económico terminó hace tiempo. Es un recuerdo que flota en los discursos políticos de ocasión de todas y cada una de las alas del quebradizo Frente de Todos.

En los días que corren, palabras y realidad material colisionan como electrones. Casi en su totalidad, el oficialismo acaba de votar el Presupuesto 2023, una norma de ajuste diseñada en las oficinas que el FMI tiene en Washington. Pocas cifras dicen todo: jubilados y jubiladas perderán $ 500.000 millones; las universidades sufren una poda del 18 %; Seguridad Social, 4.3 %; Ambiente 9 %, Mujer, Géneros y Diversidades, un 10.2 %. En paralelo, evidenciando lo obvio, lo destinado a pagos de la deuda pública se incrementa en 14 %.

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El malabarismo verbal de diputadas y diputados oficialistas no alcanzó a tapar la cruel realidad. Consciente de ello, gran parte del kirchnerismo eligió el silencio. Dejando atrás el tiempo, las exaltadas denuncias hacia el acuerdo firmado con el FMI quedaron archivadas en el sótano. La capitulación fue franca, entregando los votos necesarios para que el Presupuesto obtuviera media sanción.

Horas más tarde, intentando parchar la herida, Cristina Kirchner lanzó una crítica a la suba autorizada a las prepagas. La vicepresidenta eligió el ambivalente ángulo de cuestionar “al Gobierno” que ella misma integra y que, al mismo tiempo, pareciera no tener en cuenta sus opiniones. Doble discurso, campaña electoral enfocada en 2023. Maniobra evasiva destinada a no hablar de lo actuado ese día por el espacio que ella conduce. Más allá de eso, ratificación del carácter mítico de los discursos que proponían regular al capitalismo desde el Poder Estatal.

La rosca infinita

La pequeña política, decía el revolucionario italiano Antonio Gramsci, es aquella que evita poner en discusión los grandes problemas estructurales de la nación; la que privilegia las “luchas de preeminencia entre las distintas fracciones de una misma clase política” [1]. Traducido a tiempo presente: la rosca.

Desde hace tiempo, la política de las coaliciones mayoritarias atraviesa el tiempo de la pequeña política. Acorazada en los marcos de un empate permanente, sufre las vicisitudes de eso que Fernando Rosso definió como la “hegemonía imposible” y se sostiene hace más de una década [2] en territorio nacional.

La “novela” acerca de la continuidad o no de las PASO transcurre en ese universo limitado. También la multiplicidad de chicanas, cruces y críticas. Se disputa -en el Frente de Todos y Juntos- la preeminencia entre fracciones que comparten, groso modo, un programa económico de ajuste. La votación del Presupuesto solo sacó a la luz esa concordancia global de objetivos. En el caso del oficialismo, esa unidad, lejos de mostrar “solidez” política, evidencia la carencia absoluta de programas alternativos; el categórico fracaso de cualquier relato progresista.

En esa categoría puede también ser anotada la discusión que cruzó la escena mediática alrededor del Impuesto a las Ganancias en el Poder Judicial. Montada como maniobra discursiva, su finalidad central fue tapar la enorme concesión al gran capital que significa el Presupuesto votado. Clásica operación política-discursiva, montada en común por oficialismo y oposición. Atender lo accesorio para no mirar lo esencial.

Esa carencia de programas explica, también, la bronca que recorre las calles. Bronca que se presenta bajo la forma de múltiples luchas y reclamos, muchos de ellos ligados al problema salarial y condiciones laborales. Allí hay que contabilizar reclamos como el de Residentes de la salud(CABA), ferroviarios o la docencia de Provincia de Buenos Aires, entre otros.

Aquella rosca infinita aparece como ajena a la vida de las grandes mayorías populares; como un debate extraño para quienes deben elegir entre comprar el pan o pagar el alquiler. Del malestar consecuente se alimenta la derecha rabiosa de Milei. Derecha que publicita un constante discurso contra la política en general, a la que identifica solo como “casta”. La finalidad ideológica: dejar a la economía libre de todo control. Libertad del gran capital para despedir o precarizar el empleo, sin siquiera sufrir tibios reclamos del Estado.

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Contrario a eso, es necesario recuperar la política como “política de otra clase”, como una herramienta al servicio de la organización activa y consciente de la clase trabajadora, el movimiento de mujeres y la juventud. El reino de la pequeña política solo puede abandonarse a condición de levantar un programa que cuestione la decadencia capitalista del país. Una perspectiva que, consecuentemente, debe tener un carácter socialista.

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El Estado “realmente” presente

El discurso progresista alimentó la idea de un Estado “presente” capaz de controlar el poder del gran capital, al tiempo que oficiar de agente redistribuidor de la riqueza. Pasados tres años del triunfo del Frente de Todos, nada de eso ocurrió.

La verdadera “redistribución” -como denunció este martes el Frente de Izquierda- se operó en favor del gran capital, que incrementó su participación en la llamada “torta” de la riqueza nacional. La clase trabajadora -formal e informal- solo vio caer el poder adquisitivo de su salario y empeorar sus condiciones laborales. Al mismo tiempo, se evidenció la casi completa inacción estatal frente a los “formadores de precios”; el capital especulativo y los grandes fugadores de divisas. El Estado verdaderamente presente confirmó su rol de agente de los intereses estructurales de la clase capitalista. De -como definiera el Manifiesto Comunista- “junta de negocios comunes de la burguesía”.

El discurso macrista, embanderado en el ataque a lo público y estatal, se nutre también de ese fracaso; saca fuerzas de esa duplicidad discursiva entre una promesa reparadora y un mar de decepciones. Surfeando esa frustración, Macri agita medidas de ajuste que solo podrían conducir a nuevas catástrofes sociales.

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No hay un destino que obligue a “elegir” entre diversas modalidades de ajuste. La alternativa a esas variantes no puede construirse, sin embargo, desde el mismo Estado que gestiona los intereses del capital. En condiciones de crisis social y económica, toda política dentro del Estado capitalista es pequeña política; continuidad de las condiciones estructurales que empujan a millones a la pobreza.

En épocas de grandes tensiones sociales la gran política que transforme todo, solo puede nacer y desplegarse desde abajo; desde la actividad creciente, y cada vez más consciente, de las propias masas; desde la potencia subversiva que tiene la clase obrera, con su capacidad social de paralizar el conjunto de la actividad económica y poner veto al control capitalista sobre la sociedad.

Toda gran política debería tener, necesariamente, un carácter socialista. Debería plantearse la necesidad de que la gestión de la actividad económica -movilización revolucionaria mediante- sea asumida democráticamente por la clase trabajadora y el pueblo pobre. Un Gobierno de los trabajadores y el pueblo, que abra el camino a la lucha por una perspectiva socialista, construida desde abajo, que solo puede conquistarse plenamente a escala internacional.


[1Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y el Estado moderno. Nueva Visión. P. 169

[2“Tanto la última administración de Cristina Kirchner como los gobiernos de Mauricio Macri y Alberto Fernández fueron la expresión de una hegemonía imposible. Ninguno logró reunir las condiciones políticas para un cambio cualitativo de las relaciones de fuerza, tampoco la fortuna de las condiciones de la economía internacional acompañó sus gestiones y la crisis se tornó crónica”. La hegemonía imposible. Capital intelectual. P. 23

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